Unas 80 personas participaron en la original cata de Álvaro Moreno y sus socios de A la Volé. / DIEGO GÓMEZ
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Arrancaba el sábado en la provincia. El Solaz del Moros de Anaya albergó una experiencia tan segoviana como ‘la hora del vermú’ con una cata de vinos de Finca Cárdaba (Sacramenia) y un cocido castellano para entonar el cuerpo en una mañana gélida. Entre las tranquilas calles de Anaya, en plena campiña segoviana, se alza Solaz del Moros, un acogedor complejo inspirado en la arquitectura rural de Segovia que se ha sumado por primera vez a los otoños enológicos de la Fundación. Los vinos de Finca Cárdaba, una bodega de Valtiendas que representa familia, amor y tierra, fueron protagonistas en la mañana del sábado, de la mano de Toni Barragán, quien nos ofreció una cata sincera y visceral, tan personal y humana como sus vinos.

El enólogo de Finca Cárdaba atesora más de 20 años de experiencia entre viñas y barricas y su pasión por el terroir y las diferentes variedades de uva son su sello de identidad. Abría la cata un rosado de lágrima con alma de tinto y frescura de blanco, le seguía el más particular de esta cata, un blanco fermentado en barrica de la variedad viognier, que bien podría posicionarse entre los blancos con más personalidad de nuestro país. Finca Cárdaba 12 meses nos traía a la tempranillo en su pleno esplendor, un vino que aún tiene mucho que contar. Tapas de salmón, escabechado de lubina y callos acompañaron a este vino como aperitivo antes de que los asistentes disfrutaran del cocido castellano preparado por Solaz del Moros y que también fue regado con vino de Finca Cárdaba.

Por la tarde, regresábamos a Segovia, en concreto, al centro. Muy cerquita de la Plaza Mayor, se encuentra el Mesón de María, un proyecto de las hermanas Piñeiro, Mabel y Victoria, impregnado de dulzura y buen hacer. Los vinos, en esta ocasión, venían de la Ribera del Duero. Vetusta, una bodega ubicada en Fuentenebro, municipio burgalés de una zona privilegiada para el cultivo de la vid, nos presentaba tres vinos honestos, equilibrados y elegantes. De nuevo, un rosado de lágrima abría el show mostrando esa característica personalidad de los rosados de la ribera, un festival de frutos rojos y acidez marcada. Las notas de este vino fueron la pareja de baile de la ensalada de escabeche de pollo y vinagreta de frambuesa, no podíamos empezar mejor la tarde. Viñas de Fuentenebro se encargó de abrir la puerta a los tintos. Este vino con seis meses en barrica nos traía una fruta fresca muy bien ensamblada con la madera, que parecía estar compinchado con el estupendo pimiento del piquillo relleno de atún y gambas cuya salsa nos dejó a todos anonadados. Una vez más, se caía el tópico de blancos con pescado y tintos con carne… y es que habría mucho que decir sobre este tema.

Rematábamos el evento en el María con una divina tosta de carne asada con salsa chimichurri que acompañó al crianza de vetusta,  que presentaba una fruta negra un poco más madura, regaliz y suaves notas amaderadas con un tanino suave, pero cuya frescura augura un largo recorrido en botella.

“Sólo los peces muertos, siguen la corriente del río”. Con esta frase tan provocadora arrancaba la tercera propuesta del sábado enológico de Caja Rural, posiblemente la más arriesgada de la décima edición.

¿Quieres saber lo que es un vino natural? Pues un vino vivo, que no sigue la corriente del río, un vino que ha sido sometido a la mínima intervención, un vino que pretende embotellar el paisaje, la uva, tal cual, sin tapujos, sin disfraces… Nadie mejor que Álvaro Moreno (y sus socios y amigos de A la Volé) para transmitir la pasión que esconden estos vinos. Álvaro Moreno es un apasionado del champagne, un apasionado de los vinos naturales… es un apasionado, en general. Y esa pasión llegó a todos los que nos dejamos seducir por los vinos naturales. Catamos un verdejo de viñas viejas en rama, elaborado por ellos mismos en Segovia (puro zumo, aun sin rematar la fermentación, pero con una acidez y una entrada golosa muy agradables). Continuamos con Jordi Llorens Blan d´Angera, un blanco sorprendente. El espumoso ancestral de Bodegas Cueva Joy, una apuesta arriesgada y divertida (como su nombre y su etiqueta). Después, un rosado muy fácil de beber y, a la vez, muy complejo en matices (Carlania El Plantarga), tan auténtico como sus elaboradores: Jordi Miró y Sonia Goma-Camps. A continuación, un vino naranja, posiblemente la apuesta más arriesgada de la noche (para muchos, la mejor), Esencia Rural de Sol a Sol Tinaja, un proyecto de Julián Ruiz que no dejó a nadie indiferente. Para terminar, Cosmic Passio, un tinto que juega con las energías. Seis vinos con una historia detrás, provenientes de unos suelos ricos, vivos. Vinos elaborados por personas de verdad que piensan en pequeño y miman su viñedo, que embotellan lo que han mamado. Vinos que respetan el vino y que fueron acompañados por los quesos artesanos de Granja Cantagrullas y los jamones y embutidos ibéricos de Rodríguez Sacristán. Por cierto, gracias Carlos por ser, también, una de esas personas de verdad. Álvaro nos dijo que cuando cruzas la línea de los vinos naturales, no hay vuelta atrás.