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El histórico edificio dejará antes del verano de ser la sede de la comunidad cisterciense después de casi un milenio de historia en la capital segoviana. / M.G

La historia sitúa en el año 919 la fundación de un centro cenobítico bajo la regla de San Benito en un monasterio situado muy cerca de la ribera del Eresma, que en 1156 se incorporó a la orden cisterciens y cuya primera abadesa fue Juana de Cuéllar. Casi diez siglos han pasado desde entonces y el Monasterio de San Vicente el Real forma parte del paisaje y de la historia de una ciudad en la que la comunidad cistercense ha arraigado de forma indeleble.

Pero los tiempos cambian, y si el siglo XII sitúa la creación del monasterio, el siglo XXI será recordado como el de su cierre, que tendrá lugar en el verano de 2022. La falta de vocaciones ha mermado la nómina de religiosas que viven, oran y trabajan en el cenobio, lo que unido a los gastos que supone el mantenimiento de un edificio histórico ha hecho que la Orden Cisterciense de la Común Observancia haya decidido cerrar la abadía y poner fin a casi un milenio de historia de esta congregación en la ciudad.

Sor Presentación tendrá así el triste honor de ser la última abadesa del monasterio, un hecho que causa un “gran disgusto” a la exigua comunidad de cuatro religiosas que la conforman, a las que hay que sumar otra más que reside en la Residencia ‘Mi Casa’ de las Hermanitas de Los Pobres por problemas de salud.

La abadesa no oculta el pesar que la decisión de los superiores mayores de la orden ha supuesto a las religiosas, que han desarrollado íntegramente en Segovia su vocación monástica de clausura. Así, indica que el monasterio “es nuestra casa de tantísimos años”, y su marcha supone un gran quebranto para su actividad, aunque asume con resignación y esperanza esta nueva etapa.

“La cosa es tener una buena disposición para seguir el camino que Dios nos marca – asegura sor Presentación- porque somos conscientes de que tenemos un voto de obediencia y sabemos que nuestros superiores mayores lo han decidido por nuestro bien, porque mantener este edificio es muy costoso y nosotras somos ya muy mayores”.

La buena disposición no degrada el sentimiento de pesar por abandonar un recinto que la abadesa define como “óptimo” para desarrollar una vida de clausura. “Aquí estamos retiradas del mundo y podemos disfrutar de la naturaleza, dominando toda Segovia con la ribera del Eresma, y disponemos de grandes espacios que nos sirven para acercarnos más a Dios nuestro Señor”, señala.

Las religiosas de la orden preparan ya todo para concretar su marcha, que se hará realidad “antes del verano”, según explica Sor Presentación, y que les llevará al Santuario de Nuestra Señora de los Peligros, ubicado muy cerca del Paseo de la Castellana en Madrid, donde la Orden Cisterciense tiene un monasterio que ha sido recientemente habilitado como residencia para las religiosas mayores o con problemas de salud.

El cambio de ubicación será una dura prueba para las religiosas, ya que dejarán el privilegiado entorno del monasterio segoviano por un entorno “donde vamos a estar rodeadas de pisos, unos altos y otros más, sin huerto y con un pequeño jardincito”, pero confían en que la oración y su vocación de servicio les lleve a asumir con buen ánimo la llegada al que será su nuevo hogar.

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La abadesa entregó su pectoral a La Fuencisla antes de su marcha. / OBISPADO

Futuro del edificio

En cuanto al futuro del histórico edificio que ha sido su hogar, la abadesa señala que será la Orden Cisterciense la que decidirá sobre el particular, aunque la intención inicial es la de cederle al Obispado como futura sede para cualquier otra congregación. Sobre este aspecto, expresó su deseo de que la diócesis “encontrara alguna comunidad que quisiera venir aquí”.

La avanzada edad de las religiosas y la ausencia de un relevo vocacional han lastrado definitivamente la permanencia de la comunidad en Segovia, que en los dos últimos años ha perdido a dos religiosas, Sor Vicenta y Sor Faustina, que llevaban 70 y 57 años respectivamente desarrollando su vocación. Ahora, la abadesa es la decana de la congregación a sus 87 años, de los cuales ha dedicado 70 al servicio de la orden, mientras que las edades de sus compañeras bordean o superan los 80 años.

En cuanto a las vocaciones, el monasterio ha contado durante los últimos dos años y medio con una postulante que ha tenido que regresar a su casa para terminar el doctorado, ya que “aquí estamos haciendo los preparativos para marcharnos y no era el lugar más adecuado, pero se marchó muy contenta y segura de su vocación”.

De cara al porvenir, Sor Presentación alza al cielo en oración para pedir que lleguen vocaciones a la vida consagrada tanto para su orden como para el resto de congregaciones, y anima a la juventud a volver la mirada hacia una vida “entregada al Señor y alejada de lo frívolo”.

“Nuestra vida es sencilla y austera, como es la vida monástica, con algunas privaciones, pero que se superan por amor a Dios, porque la verdadera felicidad no está en las cosas terrenas, sino en entregarse a Dios y amar a nuestros hermanos”, asegura la abadesa.

Como símbolo de su vinculación a Segovia, Sor Presentación se trasladó recientemente al santuario de Nuestra Señora de la Fuencisla para entregar en presencia del obispo César Franco y del rector del santuario Ángel Miguel Alonso el pectoral que recibió al ser nombrada abadesa.

Así, señaló que este acto es un símbolo de que “siempre llevaremos a Segovia en el corazón, porque en Segovia siempre quedará la huella del Císter”.

De templo pagano a lugar de culto

Los historiadores sitúan el origen del monasterio en el año 140, donde se ubicaba en el lugar que ahora ocupa el edificio un templo dedicado al dios romano Júpiter. Así lo atestigua una inscripción que figura en la iglesia del monasterio, que explica que el templo desapareció por la caída de un rayo que devastó su estructura, y sobre sus ruinas se levantó la parroquia de San Vicente Martir, que derivó posteriormente en sede de la orden cisterciense.

La vida de las monjas se basa en las prescripciones de la Regla de San Benito Abad, donde bajo el lema ‘ora et labora’ se centra en la oración litúrgica, la ‘lectio divina’ y el trabajo manual.

A lo largo de su dilatada historia, el edificio ha sido objeto de varias reconstrucciones. Entre 1617 y 1619, Pedro de Brizuela dirigió la reedificación del monasterio, y tres siglos más tarde, a finales del siglo XX se llevó a cabo una rehabilitación dirigida por Alicia González Díaz. Fue declarado Bien de Interés Cultural (BIC) en el año 2007.

Sagrado Valle del Eresma