Centenario de un grande del español

Miguel Delibes no solo fue un reconocido escritor y periodista sino que destacó por su defensa del medio ambiente y del mundo rural castellano

No sé en dónde he leído que aunque Miguel Delibes naciera un 17 de octubre de 1920, a la hora de su registro se dieron cuenta de que la fecha que aparecía era la del día 22. Es, en cualquier caso, una anécdota que cogemos al vuelo para rendir desde El Adelantado de Segovia un homenaje a un gran autor y otro tanto escritor de periódico.

No yerra ni equivoca el tiro Luis María Anson cuando lo incluye en la tríada de grandes novelistas en lengua castellana junto con Cervantes y Pérez Galdós. El perfil con el que dibuja a los personajes, la manera en la que fluye el párrafo, lleno de musicalidad y precisión, su calidad rítmica, la riqueza de palabras, su habilidad para introducirlas en el discurso sin que parezca forzado, la variedad de estructuras formales que utiliza a lo largo de su carrera sin sufrir en ningún caso el culetazo que otros experimentaron en sus carnes después de proyectos fallidos, son razones más que suficientes como para sostener su enclave en tan magna y arriesgada tríada.

Hacer un análisis de la obra del escritor castellano es tarea baldía, por haber sido ya lo suficientemente ponderada y reconocida. Delibes demostró que podía ser un autor exquisito desde el punto de vista literario y también gozar de razonables ventas y prestigio popular. Es una idiotez pensar que un autor bueno tiene que ser patrimonio de minorías. Shakespeare fue un escritor muy popular; como Cervantes, que en la segunda parte del Quijote lo reconoce expresamente; lo fue Balzac y Víctor Hugo; y Dickens. El concepto de literatura cambió hace un siglo y pico; se hizo elitista. Delibes se dejó tentar por el experimentalismo y escribió Parábola del náufrago, pero no se le veía cómodo lejos del realismo que tanto le caracterizó, de la creación de personajes únicos como el Nini, el Mochuelo o el Azarías.

Tengo que reconocer, no obstante, que no todas las novelas que he leído del autor me satisfacen por igual. No le encuentro la gracia ni a La sombra del ciprés es alargada ni –perdón- a Señora de rojo sobre fondo gris. Se compensan con creces con El camino, Las ratas, El príncipe destronado, Los santos inocentes o El hereje; y disfruto de común con Viejas historia de Castilla la Vieja o con Tres pájaros de cuenta: libro este que regalé a mi hijo –recién iniciado en las letras- junto a Mi familia y otros animales, de Gerald Durrell, y todavía hoy los veo con complacencia entre sus libros de cabecera, que son aquellos a los que acudimos para templar ánimos o asegurarnos el disfrute.

Como periodistas castellanos también tenemos una deuda impagable con Miguel Delibes. Desde El Norte de Castilla, ese gran periódico vallisoletano que fue y sigue siendo, cobijó una cultura y una manera de vida asociada al campo. Las promovió años antes de que se pusiera en boga la España vaciada; igual hizo defendiendo el medio ambiente y cuestionándose el progreso cuando muchos creían que su actitud no era sino una añagaza más de un escritor de provincias que había elegido con orgullo esa condición. Su discurso de entrada en la Real Academia Española, leído el 26 de mayo de 1975, es una magistral obra literaria y de amor a la naturaleza. Sus palabras siguen siendo actuales 45 años después. Solo que más bellas.