Cadillacs, mescalina y fruta de la pasión

Trogloditas, Danza Invisible y Los Rebeldes embarcaron a Segovia en un viaje a los 80 que llenó la Plaza Mayor de pasajeros

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A seguran los sociólogos y los demógrafos que la ‘generación del 66’ es la que actualmente marca tendencia a la hora de proponer gustos, priorizar políticas o desarrollar objetivos vitales. Los cincuentones -que somos legión- sacamos de vez en cuando del disco duro de nuestra memoria sentimental los recuerdos de pelo largo que nos retrotraen a los años 80 del pasado siglo, donde éramos más felices, seguramente por ser más jóvenes y más inconscientes. En la noche del martes, el penúltimo de los conciertos de las fiestas permitió de nuevo rescatar recuerdos y vivencias de la mano de Los Trogloditas, Danza Invisible y Los Rebeldes. Más de cuatro horas de música en la Plaza Mayor para demostrar aquello de ‘quien tuvo, retuvo’ y, sobre todo, para poner de manifiesto que las buenas bandas y los buenos músicos consiguen permanecer en el tiempo, a veces aupados por las barrigas cerveceras y las canas de aquellos que bailaron y disfrutaron con sus canciones.

El maratón de la memoria llegó a bordo del Cadillac solitario de Los Trogloditas, sin Loquillo pero reivindicando el talento de Sabino Méndez, uno de los músicos esenciales de la historia del rock en español. Sobre el escenario, una banda solvente y profesional que evocó con eficacia los éxitos del grupo y movió más de una cadera ante el gesto estupefacto de los más jóvenes.

Después llegó el turno de Danza Invisible, con un hiperactivo y logorreico Javier Ojeda, aparentemente más preocupado por trasladar sus mensajes al público que por cantar, pero que fue de menos a más para desgranar las canciones de una banda precursora del mejor pop en castellano. Con ganas de agradar, Danza Invisible invitó a corear todos sus grandes éxitos y desempolvó algunas de las buenas canciones de sus inicios.

Y el descoloque llegó al final. Los Rebeldes agitaron definitivamente un concierto que tuvo el mejor colofón con el rock esencial del combo de Carlos Segarra, al que la edad no ha restado un ápice de energía. El hombre que descubrió los efectos de la mescalina a una generación, y que quiso ser una estrella del rock and roll puso lo mejor de si mismo para cerrar ya bien entrada la madrugada un concierto que, a buen seguro, hizo que muchos buscaran al llegar a casa sus viejas cintas de casette y ponerlas en su pletina. Que siga la marcha… si nos dejan.