Segovia, vista de las Canongías, costado norte.
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JOSÉ CARLOS SANZ BELLOSO / ARQUITECTO URBANISTA

Muchos jardines históricos intramuros de Segovia, generalmente cerrados y privados, se asientan sobre los restos de antiguos jardines medievales. En algunos casos han sufrido grandes transformaciones, pero en otros muchos pervive gran parte de la configuración del lugar y su carácter íntimo, doméstico y secreto, señas de identidad de ese tipo de jardines.

Jardines renacentistas, barrocos, neoclásicos, románticos o contemporáneos aprovecharon las condiciones favorables previas, de implantación, suelo, agua… para poder ser reescritos unos sobre otros, bien de forma continuada en el tiempo o con saltos entre épocas y estilos.

Los espacios primigenios destinados a huertas, hortezuelos, jardines y vergeles se remontan a la refundación de la ciudad, con la repoblación efectuada por Alfonso VI, a partir de finales del siglo XI. Respecto de las pervivencias anteriores nos tendríamos que retrotraer a hace dos mil años, en época romana, aunque este sería otro relato.

Hoy en día no podemos considerar que se hayan mantenido ejemplos claros de jardines medievales, pero podemos buscar ciertos lugares singulares, rincones, huertas y recintos ajardinados que nos pueden remitir momentos y episodios jardineros de la Edad Media, largo y variopinto periodo repleto de procesos y avatares.

Francisco Páez de la Cadena, prestigioso experto teórico y práctico en jardinería histórica, establece dos momentos claros, o categorías, en que se divide la jardinería histórica: la perteneciente a la de los jardines cerrados y la correspondiente a los parques y jardines abiertos, y comúnmente públicos, que aparecen a partir del siglo XIX. Los jardines medievales son el prototipo de la primera categoría y señalamos la notable excepción, que confirma la regla, de las Alamedas del Eresma y otras plantaciones ordenadas segovianas, pioneras en España, desarrolladas por la iniciativa de Felipe II en el siglo XVI.

Antes de empezar a caminar por las calles de Segovia buscando estos jardines, sus restos y vestigios, se ha de recordar que la historia de la jardinería urbana iba indisolublemente unida a determinadas arquitecturas, ya fueran estas construcciones domésticas, casas de hombres notables (Abraham Seinor, tesorero real), de nobles (los Linajes de Segovia), hospitales (de Arias Dávila), palacios (como los Reales de San Martín), monasterios, conventos u otras. También se requiere para comprender el tipo de jardinería medieval específico que se desarrolla en esta ciudad, considerar una serie de particularidades propias y exclusivas de ella que pasamos a describir.

Las condiciones de ubicación geográfica, en la Extremadura castellana, con una altitud sobre el nivel del mar de 1.002 m, su proximidad a la Sierra de Guadarrama, en la vertiente norte, hacen de Segovia una ciudad habitualmente fresca en verano, y fría en invierno, bien ventilada y soleada, y ante todo alzada al cielo.

El peso del tiempo. Partimos de un asentamiento celtibérico (con restos de su cerca y otras improntas) con una población posterior castrense romana, apoyada en un acueducto que se adentra en la ciudad actual unos 1.200 m, con el extremo final en el Alcázar, seguido de un periodo visigodo superado por una ocupación musulmana, con restos de tipologías constructivas en un caserío y trazados mudéjares (con sus huertos y jardincillos asociados), y una ciudad medieval cristiana en la que nos centraremos. Con todo ello se tiene un largo proceso de reedificación, con capas, estratos o pisos, de unos 2.300 años de antigüedad, que en buena medida ha dejado “indultados” muchos espacios libres, sin edificación, desde periodos bien remotos. Estos componen un importante conjunto de islas verdes de origen antiguo que según el gran profesor Antonio Ruiz generaban una prototípica ciudad jardín, y que, sorprendentemente, en parte, aún se mantiene.

Junto con esos huertos, huertas, jardines y vergeles medievales, se sumaron espacios pertenecientes a numerosas manzanas urbanas. Algunas de estas, estaban parcial o totalmente vacantes, o bien parcialmente ocupadas por edificaciones, reservándose solares y corrales para la guarda o estabulación, temporal o continua, de diferentes especies animales (incluso con establos y cochiqueras), pudiendo ir cambiando los usos, según las necesidades, revirtiendo en huertos, huertas o jardines, y viceversa. En ocasiones, se produce la ampliación del tejido residencial densificando algunas manzanas, con viviendas interiores, comunicadas por traspatios, patinejos, patinillos o bien mediante unas vías interiores denominadas corrales.

Como indica también este historiador, se produce, en este enclave, un fenómeno que favorece la conversión de ciertos espacios específicamente medievales, como eran los numerosos corrales (las mencionadas vías estrechas en fondo de saco, y a veces comunicando dos calles opuestas), en huertos y vergeles. Por extensión esto se aplicaba a las corralas, de mayores dimensiones, con sus viviendas comunicadas por galerías interiores. Proceso al que se sumaba otro derivado de las amortizaciones de los caminos de la ronda de la muralla, exteriores o interiores (en tramos extensos de ella), que iban quedando obsoletos y sin uso efectivo. A veces estos se fueron edificados con casas o edificios auxiliares adosados directamente a los lienzos de la cerca, pero también se planificaron huertas bajas adosadas por el exterior, o bien se fue rellenando la ronda por el interior y contra la muralla, generando terrazas altas, muchas con jardines (de arrimo). Estas plataformas se fueron relacionando con el caserío adyacente superior, que las incorpora a las propiedades de los inmuebles enfrentados (casas, palacios, conventos…) que tendrían sus entradas por las calles del casco urbano, y se agrandarían con huertas y jardines posteriores.

Otra de la característica inherente a esta ciudad es su rara configuración geomorfológica, con un núcleo superior de caliza en forma de espigón estrecho y alargado, una gran roca aguzada a poniente, compuesta por estratos y grandes lastras que la fracturan en un sinfín de pequeñas fallas, buzamientos y diaclasas. Lastrones de calizas, de épocas geológicas remotas, que en algunas zonas se solapan o confrontan contra suelos de duros macizos graníticos. Esta característica es crucial de cara al riego de huertos y jardines, pues implica que no se puedan excavar pozos hacia niveles freáticos, por ser estos inexistentes. Toda el agua de lluvia y de escorrentías se evacua por las laderas, a norte y a sur, o se infiltra al interior de la “Roca” en unos profundos dédalos con intrincados canales y cavidades ocultas, sin la posibilidad de retención (acumulación accesible) alguna. Esto implica que los almacenamientos de agua, de lluvia o por concesiones puntuales (mercedes) del Acueducto, se han de realizar por medio de aljibes o cisternas subterráneas artificiales, impermeabilizadas por el interior. Los brocales que vemos en patios, huertas y jardines corresponden a los sistemas mecánicos de extracción de agua desde y sobre estos depósitos ocultos.

Pero no son solo estas las únicas contingencias exclusivas de este enclave, pues en él se han de considerar tres ríos, sí, tres: el arroyo Clamores, actualmente encauzado, el río Eresma, y el ramal principal del acueducto como tercer río, que la atraviesa, de este a o este con un somero declive. Tras discurrir, ya subterráneo, por diversas callejuelas pasa por la plaza de las Arcas, atraviesa la Plaza Mayor y recorriendo la calle de Velarde penetra en el interior del Alcázar. Esto supone contar con un brazo de agua, potable y con un caudal abundante y constante, como aporte vital y sustancial, con posibilidades únicas respecto del abastecimiento humano, para otros usos ligados a sus actividades, y singularmente para asegurar un suministro para el riego de huertos, huertas, vergeles y jardines intramuros. La ciudad poseía además doce pilares o fuentes públicas (por barrios), abastecidas por ramalillos desde aquel, para el aprovisionamiento con caños para agua de boca, para los aguadores y con pilas con flujo sobrante para asegurar innumerables actividades artesanas (incluso curtidos y tintes), algunas pecuarias, y disponer aún de un remanente para el riego de las huertas cercanas.

Por poner unos pocos ejemplos poseían tomas privativas: la Catedral con todas las exigencias del Cabildo, las sinagogas (para sus recintos acuáticos de abluciones, o MIQWAH), y sus jardines asociados), las casas principales, para uso doméstico y riegos individuales, en especial en el barrio de la judería y en el de las Canongías, en casas grandes, y en palacios fortalecidos, con torres, y hasta en el Campillo (actual Monasterio de San Antonio El Real), y en otros edificios singulares, destacando el suministro para todas las necesidades alcazareñas, que no serían pocas.
Las actividades humadas se ubican sobre planos horizontales, o sensiblemente inclinados. Pisos de construcciones, y grandes espacios públicos se conforman sobre superficies sin accidentes ni pendientes apreciables. Se deja a la red viaria, a veces con un trazado muy antiguo, arcaico, el tránsito con pendientes más o menos acusadas, contando que a veces precisa de escalinatas para comunicar diferentes calles o niveles estanciales, públicos o privados. Tanto las construcciones como sus huertas y jardines asociados se alzan sobre plataformas creadas de forma artificial, modificando los desniveles y accidentes rocosos. Largos y sufridos trabajos para desmochar roquedos, picar peñas para desmontar laderas, y labores de relleno para aterrazar y terraplenar, ensanchando las superficies horizontales generadas previamente, o creando otras nuevas.

Estos fenómenos y sistemas de ingeniería civil, de hacer ciudad, desde casi cero, o se ilustran mediante unos croquis alusivos con indicaciones.

En concreto, y respecto de los jardines se plantan en recintos concebidos como grandes jardineras, confinadas por muros de contención, a veces de gran espesor y altura, y en ocasiones con la colaboración de tramos de las murallas. Para obtener esos vacíos de plantación igualmente se hubo de practicar costosos desmontes, y posteriores rellenos, en parte con el material obtenido de los anteriores y otros aportados. Los jardines que hoy vemos dentro de la ciudad no se delimitan por tanto con simples tapias o muros de separación, sino por sólidos muros construidos ex profeso para cumplir con estas misiones. En varios ejemplos alcanzan más de 7 m de altura, y en ocasiones, con menor altura, se desarrollan tramos de hasta 20 o más. El empuje por el interior de las tierras, con las plantas, a veces árboles, con la saturación y humedecimiento por lluvia y riegos de aquellas, implican unos empujes considerables, a tener en cuenta desde un principio. Estos sistemas constructivos, estructurales con las redes de drenajes aparejadas, pertenecen a una larga tradición consolidada y verificada por innumerables pruebas empíricas.

Así se pudo contar con un conjunto de recintos medievales plantados, con constancia documental: con frutales, hortalizas, verduras, flores, emparrados y otros árboles exóticos. Lugares que con sus fuentecillas, albercas o pilas refrescarían el interior de la ciudad en verano, en relación a la ciudad jardín mencionada. Al igual que en la actualidad, constituyendo una «salpicadura» de biotopos afines e interrelacionados.

Lo sorprendente y extraordinario es que muchos de ellos, más o menos transformados y reconocibles, se distinguen paseando por las calles, callejas, algunos corrales (como el del Mudo) y rúas urbanas, aflorando por encima de cercas, vallas y muros, en discretas o exuberantes asomadas.

Con todos los condicionantes geofísicos y climáticos y con todas las dificultades constructivas descritas, se revelan que la necesidad de contar con huertas y jardines dentro de la ciudad amurallada compensaba todo los esfuerzos materiales económicos y humanos concitados e implicados. También es cierto que se fueron haciendo y conformando a lo largo de muchos siglos, con recrecimientos, expansiones, refuerzos y reconstrucciones sucesivas, poco a poco pero incesantemente. Aun así, se ha de contemplar que la tierra de cultivo y la plantación debía ser subida desde las vegas y terrenos fértiles de los arrabales y sus entornos, para ser extendidas y compactadas. Asegurado el riego de antemano, condición sine qua non, y los drenajes pertinentes, se procedería al aprovisionamiento de las diferentes especies vasculares, arbustivas e incluso arbóreas, con su aclimatación previa, semilleros… a su plantación, podas, cuidados…
Empresa que en su conjunto se nos presenta titánica.

Poder disfrutar, aunque sea desde fuera, de estos jardines apenas visibles, casi escondidos, es un alarde jardinero que constata la afición histórica de la población por el jardín o huerta (en la Edad Media a veces ambivalentes, bien como huertas decoradas, bien como jardines comestibles). Muchos se siguieron cuidando hasta el siglo XIX, y otros lo siguen siendo hoy en día.

En este primer paseo se ofrecen unas imágenes, para que en un juego de «orientación-rastreo», se intenten localizar algunos de estos jardines que fueron, seguramente, medievales.