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Ana Lorenzo, en el salón de su casa durante la entrevista. / M.G.

A apenas unas pocas semanas de cumplir 80 años, Ana Lorenzo mantiene intacto el espíritu combativo y emprendedor que le hizo abrirse paso como mujer en un mundo preferentemente masculino como es el de la empresa, sobre todo en los primeros años de la construcción democrática de España. Desde la privilegiada atalaya de su casa en el recinto amurallado, disfruta de la magnífica perspectiva del Monasterio del Parral, que le sirve para la reflexión y para ordenar recuerdos y vivencias de un tiempo convulso como fue el de la Transición, donde con su esposo, el diputado y médico Carlos Gila González, contribuyó a poner algunos de los ladrillos que cimentan el actual edificio de la democracia española.

No todo fueron días de vino y rosas, y en aquella tarde del 23 de febrero de 1981 la endeble arquitectura del edificio democrático español sufrió una violenta sacudida orquestada por un grupo de militares que buscaban revertir la situación política a través de un golpe de Estado cuyas primeras horas fueron vividas en primera persona por Ana Lorenzo, que asistía a la sesión de investidura del presidente Calvo Sotelo en la tribuna de invitados del Congreso de los Diputados.

“Solíamos quedar un grupo de mujeres de diputados de UCD para asistir a los plenos, porque nos gustaba seguir los debates, y aquel día con más motivo por ser la investidura. Era muy divertido, porque entonces Suárez no tenía la mayoría absoluta y se suscitaban debates muy intensos”, explica Lorenzo.

Pasadas las seis y media de la tarde, justo cuando el diputado Núñez Encabo iba a manifestar su voto nominal, un estruendo de voces y un ruido de cristales rotos sorprendió a diputados y público al tiempo que un grupo de guardias civiles entraban armados en el Congreso.

“Entraron como bestias por la tribuna de invitados y al abrirse la puerta vimos a un hombre en vaqueros y vestido con una sahariana gris y armado que nos conminó a tirarnos al suelo, y yo me hice una pequeña herida en una rodilla – explica Ana Lorenzo-, mientras que abajo en el hemiciclo los guardias hacían lo mismo con los diputados”.

En los primeros momentos, todo hacía pensar que podía tratarse de una acción terrorista de ETA, que en aquella época comenzaba la parte mas dura de los ‘años de plomo’ en su alocada carrera contra el Estado, pero las dudas comenzaron a despejarse cuando muchos reconocieron en la tribuna de oradores al teniente coronel Tejero, que en 1978 junto al capitán Sáenz de Yniestrillas había maquinado una intentona golpista, en el marco de la ‘Operación Galaxia’, por la que fue condenado a seis meses de prisión en un consejo de guerra.

Tras la entrada, Lorenzo relata cómo fueron sucediéndose los hechos, y desde su lugar pudo ver cómo se iban llevando a los principales líderes políticos de la época del hemiciclo a otras dependencias del palacio de la Carrera de San Jerónimo, mientras que Tejero “nos explicaba que no pasaría nada y que vendría una autoridad militar a explicarnos la situación”.

Junto a la esposa del presidente del Congreso, Landelino Lavilla, y las de otros diputados centristas, Ana Lorenzo comenzó a buscar la posibilidad de ponerse en contacto con el exterior para recabar información no solo de lo que estaba sucediendo fuera, sino también sobre el estado de salud de sus familiares.

“En aquella época, todos podíamos pasear por cualquier rincón del Congreso, y en las largas esperas, los guardias civiles nos hacían andar por el pasillo, lo que nos permitió llegar a un pequeño cuartito en el que había un teléfono, y allí estuvimos intentando llamar a nuestros familiares, pero todos los teléfonos estaban comunicando, hasta que nos vió un agente de la Guardia Civil y arrancó el teléfono para mandarnos de nuevo a la tribuna”.

Madrid estaba tomado y Milans del Bosch había sacado los tanques en Valencia

Hubo tiempo para todo. Lorenzo recuerda con una sonrisa la anécdota de la esposa de un diputado extremeño que pedía la posibilidad de poder ir al baño. “Le dijimos que se aguantara y que se lo hiciera allí si era necesario, pero finalmente, un guardia civil le acompañó al aseo. Al volver nos dijo que seguía igual, porque el guardia entró con ella en el cuarto de baño y no pudo hacer nada, y le dije: chica, pues aquí te lo puedes hacer, porque tal y como estamos…”. Las horas pasaban y las únicas noticias que trascendían eran las que , con cuentagotas, iban trasladando los asaltantes para asegurar que “Madrid estaba tomado y Milans del Bosch había sacado los tanques en Valencia”, según el relato de Ana Lorenzo.

“Hubo dos intentos de evacuar a la calle a los invitados que al final no tuvieron resultado, hasta que cerca de la una de la madrugada nos dijeron que podíamos irnos, y nos acompañaron hasta la puerta”, cuenta Ana Lorenzo, que recuerda con estupor la imagen de los insurgentes “sentados en las mesas de los ujieres con botellas de whisky y los pies encima de la mesa” o el último recuerdo antes de salir del Congreso que fue “ver a los guardias civiles deshaciendo las sillas y sillones para sacar el relleno y ponerlo en las mesas, seguramente con la intención de hacerlas arder, lo cual nos resultó francamente inquietante”.

Ya en la calle, comenzaron a recibir las primeras noticias tranquilizadoras. “Un policía armada nos dijo que podíamos coger un taxi o un autobús para ir a nuestras casas, porque Madrid estaba tranquilo, y efectivamente vimos a la gente en el autobús, pero nos recomendó que no fuéramos al Hotel Palace, tal y como pretendíamos, porque había mucho tumulto”.

Una vez ya en casa, la incertidumbre dio paso a una cierta tranquilidad, ya que Ana Lorenzo pudo comprobar que la situación no era tan grave como desde dentro podía parecer. “Me ayudó mucho en ese momento Carlos Herranz, editor de EL ADELANTADO, al que llamé por teléfono y me dijo que la situación estaba tranquila y que permanecía en el periódico y en el Gobierno Civil. Hablaba con él cada cuarto de hora, y me dio mucha tranquilidad”.

El mensaje del Rey Juan Carlos I supuso el inevitable cambio de guión de una situación que a medida que iban pasando las horas se hacía menos sostenible para los golpistas, hasta que a primera hora de la mañana del 24 de febrero, Tejero formalizaba los detalles de su rendición en el ‘pacto del capó’ con el que la algarada golpista quedaba terminada en lo referido al asalto al Congreso de los Diputados.

A primera hora de la tarde, se producía el ansiado reencuentro familiar con su esposo Carlos Gila, que le confesó haber pasado “unas horas muy amargas”. “Desde abajo, antes de marcharnos como invitados, él nos hacía señas para que nos fuéramos, pero nosotros no queríamos irnos hasta saber cómo se iba a desarrollar todo”.

“Carlos me comentó que como médico pudo tener un cierto margen para moverse, porque fue requerido para atender a algunos diputados que habrían sufrido problemas de salud, y especialmente a la diputada socialista Anna Balletbó, que estaba embarazada, y que después fue desalojada por los golpistas”.

Me contaban que ellos estaban en la Librería Herranz —ya desaparecida— y al oír en la radio el estrépito salieron corriendo a casa gritando ‘han matado a mis padres’

A lo largo de las horas, fue recabando datos, y recuerda con tristeza una anécdota protagonizada por sus hijos la tarde del golpe, que les sorprendió mientras compraban material escolar. “Me contaban que ellos estaban en la Librería Herranz —ya desaparecida— y al oír en la radio el estrépito salieron corriendo a casa gritando ‘han matado a mis padres’”.

El 23-F fue el colofón a una época “muy buena para aprender pero muy mala para recordar”, según asegura Ana Lorenzo, que también sufrió la amenaza de ETA en su familia, lo que le obligó a tener escolta policial que le había sido asignada por orden gubernamental y que descubrió de forma inopinada.

“Una vez, al ir a buscar a los niños al colegio, vi a unos señores fuera con una mala pinta terrible, y me preocupé. Llamé entonces al Gobernador Civil Díaz Miguel-Moraleda y me dijo que no me preocupara, que eran policías de paisano y que estaban haciendo labores de escolta y protección ante una posible amenaza de ETA”.

“Pero ese tipo de cosas nunca nos echaron para atrás –asegura- porque siempre he pensado: estos no me pueden. Así me lo inculcó mi padre, que era un gran liberal, y que pese a estar inmerso en el régimen de Franco, siempre apostó por los cambios”.

Al final, la intentona golpista fue abortada y España recuperó el pulso democrático, refrendado con las multitudinarias manifestaciones que días después tuvieron lugar en toda España para expresar el compromiso con el orden constitucional. Cuatro décadas más tarde España ha evolucionado y dispone de un sistema consolidado, aunque en opinión de Ana Lorenzo “los españoles no hemos aprendido nada” de aquellos aciagos hechos.

“Creo que actualmente faltan políticos como los que había antes, que dejaron todos sus trabajos y sus despachos como Carlos Gila o Fernando Abril Martorell y se dedicaron a sacar adelante la democracia por ideales y no por dinero. Ahora de eso no hay, Los jóvenes en los partidos políticos están trabajando como locos para conseguir un puesto y son niños que no saben que cuando se acaba la política no hay nada. La política ha pasado de ser una vocación a ser una profesión”, asegura.

Para Lorenzo, la política ha sido una vocación desde muy joven, cuando acompañaba a su padre en la campaña a procurador en Cortes por el Tercio Familiar, y le ha permitido seguir muy directamente la evolución de la transición acompañando a figuras de la talla de Loyola de Palacio, con la que compartió “muy buenos momentos” y a la que admiraba profundamente.

Pese a ello, le queda la espina clavada de no haber participado más activamente en la vida política ocupando un cargo de responsabilidad. Así, señala que quiso ser concejala en el Ayuntamiento de Segovia, pero tanto Carlos Gila como Modesto Fraile le hicieron desistir ya que “ellos consideraban que siendo la esposa de quien era no estaría bien que fuera concejala”.

Ya retirada de la vida activa, Lorenzo mantiene el interés por la ‘res publica’ y asegura que “si yo fuera hoy concejala hubiera armado un buen cisco por temas como el de la Base Mixta o la Escuela de Enfermería, aunque me hubieran expulsado del partido”; y echando la vista atrás, asegura con humor que “nunca hubiera pensado que iba a vivir un golpe de Estado, pero tampoco pensé que iba a vivir una pandemia y que no me iban a dejar salir de casa”.