Escena de la obra maestra ‘El Apartamento’ de 1960.
Escena de la obra maestra ‘El Apartamento’ de 1960.

Me quedo con mis películas. Las tengo ahí cerca, siempre con ganas de volver a verlas, aún a costa de descubrir nuevo , nuevas películas, y también olvidar el pasado del cine. Es el tiempo, al que no podemos engañar, al que no podemos conquistar. Se trata de quedarse a vivir en una película, estudiarla, volver a verla y volver a verla, o por el contrario pasar fugaz, rápido, rápido por una película, por mil y una películas. Son maneras de ver el cine. Como quedarse a estudiar un árbol o pedalear sin descanso en una bicicleta viendo todo lo que te rodea. No se cual es la manera correcta o incorrecta. Quizá todas las maneras son correctas. Esas películas favoritas, cercanas a mí, frescas como la primera vez que las ví, son sólo ya un puñado de ellas, como unos pocos soldados del batallón. A veces quedan fragmentos, celuloide perdido, un diálogo, una cita, la mirada de un actor o una actriz, o una escena de risa contagiosa, o una melodía de una banda sonora conmovedora. Es la derrota del cinéfilo y al mismo tiempo su triunfo pequeñito.

Fotograma de la película ‘El maquinista de la general' (1926).
Fotograma de la película ‘El maquinista de la general' (1926).

No podrás conmigo, temblor. Al menos de momento, porque nuevamente escribo, otra vez. Y me detengo en el humor, en la comedia, en lanzar tartas a la cara. El humor, a propósito de él, nos señala la siguente acepción el diccionario de la Real Academia: “propensión más o menos duradera a mostrarse alegre y complaciente”. Buen humor, vamos, que es lo que nos interesa. Se trata de espantar el mal humor, y si este es insistente, fijo, no renunciar a la pelea. Pelear hasta el último aliento, buscar ansiosamente la sonrisa, al menos.

¿Por dónde empezar? No hay para mí orden y equilibrio. Sólo notas que escribo a mano, puro desconcierto. ¡De repente lo encuentro! ¡”El regador regado”! Sí, sí, al puro origen, a los hermanos Lumiere, en 1895, en menos de un minuto. Se nos invita, al espectador, a la broma del travieso que pisa la manguera del jardinero. Puede verse fácilmente en la red. Está bien viva esa película de más de cien años de edad.

La comedia bromea ya en los pioneros: “¡Existo!”

El estudioso Carlos Heredero sitúa en la película de 1909, “The curtain pole”, de David Wark Griffith, el origen del “slapstick”: “(…) Allí están ya todas las señas de identidad del “slapstick”: el predominio de la acción física y de los rasgos externos, la exageración y la caricatura, el gusto por la distorsión, el dinamismo y la velocidad (carreras, persecuciones, automóviles sin freno, caídas, peleas atropelladas, etc…) el arte de la pantomima y la gestualidad, la frontalidad de la planificación, las cabriolas de los actores, el desafío a la autoridad e incluso su ridiculización”.

Hemos olvidado el cine mudo. No sé cuanto tiempo hará que no he visto una película muda. Bueno, acabo de ver al regador de los Lumiere, pero era la prehistoria del mudo, el parpadeo del cine.
Es difícil saber cuando empieza para mí la comedia. Bueno, empieza y termina en verano. Y empiezo por el final, termina cuando estamos tantos años después Elena y yo en el minúsculo apartamento junto a la playa, cuando los fuegos de la cocina funcionan de mala manera, cuando llegamos y encontramos la casa llena de polvo por las obras de los vecinos o cuando el grifo de la ducha se vuelve loco y hay que cerrar la llave del agua temiendo una inundación. Vuelves a abrir la llave y vuelve el desmadre del agua. Suena divertido, pero no cuando estás dentro de esa película. Entonces lo cómico se convierte en la seriedad de la realidad.

Fotograma de la película española ‘Plácido'.
Fotograma de la película española ‘Plácido'.

Y esto viene a cuento del recuerdo que el verano despierta en mí, que me lleva a la adolescencia, al Cine Pineda, allí cerca, quizá cerca de cuarenta años atrás. La película es “Esta casa es una ruina”. Pensé qué simpático era el actor, Tom Hanks y no imaginaba que esa simpatía se alargaría por décadas, siempre pensando en la sonrisa y risa del espectador, incluso en la carcajada que me produjo ver como se le cae la escalera al joven Hanks o como se cae la chimenea o como se cae la casa entera, ante la mirada atónita de la maravillosa compañera Shelley Long.
Salí feliz de la proyección del Cine Pineda. Sí, sí, era posible esa felicidad inexplicable, la felicidad del buen humor, de la casa ruina.

Era divertida en el cine la pirueta de aquel tipo, Harold Lloyd, el “rápido”. ¡Fue acomodador! Como yo lo fui. Lloyd es actitud positiva, carisma y sentido del humor, el tesoro. Piruetas incluso habiendo perdido dos de sus dedos.

En mis notas a mano están Buster Keaton y su “maquinista de la General”, el ingenio. Y olvidé a Charlot. ¿Dónde quedó mi recuerdo de las películas suyas que vi de niño? Enterrado por el polvo del tiempo, que lo cubre todo.

Tengo que empeñarme en los Marx, en aquellas películas que vi y he olvidado. Me piden volver a ser vistas, volver a divertirme, a ser un poco un niño otra vez. Aquel servicio de habitaciones disparatado de “El hotel de los líos” o aquella noche en la ópera con ellos, con el camarote, posiblemente la mejor escena cómica de la historia del cine, la escena de los huevos duros, de Groucho ejerciendo de portero del camarote y Harpo haciendo de las suyas ¡incluso dormido!

Pero no todo era satisfacción. También estaba “La fiera de mi niña”, cuyo humor nunca entendí. Seguramente culpa mía. Peor todavía “Arsénico por compasión”. A veces cuestiono cine clásico en el que no me siento cómodo. Pero no sé por qué arte de magia aparece “Medianoche”, de Mitchell Leisen, en mi época de “filmoteco”. Y recupero mi sentido del humor, salgo contento de la pequeña sala. Como con la deliciosa “Ser o no ser” de Lubitsch.

Fotograma de la película ‘El Hotel de los líos de los Hermanos Marx'.
Fotograma de la película ‘El Hotel de los líos de los Hermanos Marx'.

El peligro es la caramelización. Sí, sí, esa palabra, o cine caramelo, o cine piruleta a lo “La La Land”. En general con lo del cine prefiero un buen plato de legumbre, pero quizá uno no se resiste a los dulces. Lo malo es la desagradable sensación de que se pega a los dientes.

En fin, que no me gusta nada “La La Land” o la de más a menos “Mejor imposible”. ¡Tanto azúcar! Azúcar para el postre.

Aparece de repente el mal humor, el de “Bullet train” del infame Brad Pitt. ¡Maldita la gracia! Y maldita la gracia del cansino Tarantino en “Érase una vez en Hollywood”.

Hace siglos que vi “El apartamento”, la mítica película de Jack Lemmon y Shirley MacLaine. Lo cierto es que la he olvidado. He olvidado a Billy Wilder y he olvidado su cine. Véanlo. Yo no sé si tendré ya tiempo. Mis películas, aquellas con las que me quedo, no me dan mucha libertad de movimientos. ¡Y es tanto el cine, tan grande!

Y me detengo, hago un alto en mi divagación cómica, con Don Antonio Machado, porque siempre está bien atenderle, aquí en “Mi bufón”: “El demonio de mis sueños/ ríe con sus labios rojos,/ sus negros y vivos ojos,/ sus dientes finos, pequeños./ Y jovial y picaresco/ se lanza a un baile grotesco,/ haciendo el cuerpo deforme/ y su enorme/ joroba. Es feo y barbudo/ y chiquitín y panzudo./ Yo no sé por qué razón,/ de mi tragedia, bufón,/ te ríes… Mas tú eres vivo/ por tu danzar sin motivo”.

¡Atentos a la risa de los nuestros! ¡Atentos a la risa de nuestros seres queridos! Estrujemos el ingenio para intentar provocar sonrisa, risa y la gran maestra carcajada. Es una maravilla cuando se produce el hallazgo. ¡Es estar vivo! Que no sean risas enlatadas, que vibren en el aire, algo ancestral frente al mal humor.

Invoco al gran Stanley Donen, en una trilogía tesoro que me imagino formada por a cual mejor: “Cantando bajo la lluvia”, “Charada” y “Dos en la carretera”.

Pixar se puso a mamar de Disney, pero sigue regalando joyas a niños y no tan niños como su reciente “Elemental”, para soñar que el fuego y el agua pueden estar juntos, que pueden convivir con buen humor y buen amor.

Los Zucker y Abrahams crearon “Aterriza como puedas”, para hacer felices a tantas personas, y ahí siguieron con la disparatada “Top Secret” y con el serial de “Agárralo como puedas” con Leslie Nielsen.

Chicago es el buen humor, la música y el desenfado de los Blues Brothers en “Granujas a todo ritmo”, en la que los hermanos están en una “misión divina”.

El cine es Los Angeles en “L.A Story”, la historia de amor de ficción, ¿o real?, de Steve Martin y Victoria Tennant. Hay humor de Martin y hay ausencia de cinismo, hay para Martin la necesidad de romanticismo, de cine sentimental, generoso y soñador.

Y nuestro “Plácido” y nuestro Berlanga, con el carromato viajero para la sonrisa y también con el pensamiento de “Bienvenido Mr. Marshall”.

Está Blake Edwards y sus delirios en “El guateque” con el genio Peter Sellers y su mirada de alegría o las aventuras del mujeriego John Ritter en una patochada, “Una cana al aire”, la del preservativo luminoso. Ya por esa escena merece la pena ver el cine de Blake.

Woody Allen es comedia “Don Perignon” en “Día de lluvia en Nueva York”, despreciada, arrinconada entre las máquinas del cine pretencioso y altivo.

Ejerzo el robo y el movimiento brusco para copiar al poeta Alfredo Taján, sobre el humor negro: “(…) Eso es humor negro: broma fúnebre y feroz, sátira augusta y profunda, parodia vil, vanidad incontrolada y maligna y sobre todo, falta de consideración, astracanada que defeca encima de los prejuicios morales más arraigados, “el humor feroz”, según Baudelaire”.
¡Ahí está Monty Python y su circo ambulante! Están listos para tomar el cine al abordaje. Monty Python es osadía, libertad, amistad de aquellos cómicos que unidos supieron crear algo inimaginable para cada uno de ellos individualmente. En las que quizá son sus películas más importantes, “El sentido de la vida” y “La vida de Brian”, hay algo que no tiene parecido en la historia del cine, todo gracias al anclaje de un humor británico inclasificable e irreproducible.

Me gusta encontrarme a Eddy Murphy o Steve Martin, y mejor si combinan entre sí y crean cócteles como por ejemplo el de Bobby “Bowfinger”.

Como me gusta aquello de que no hay que tomarse demasiado en serio a uno mismo. Pura sabiduría. “Tu risa”, nos advierte Neruda: “(…) Ríete de la noche,/ del día, de la luna, ríete de las calles/ torcidas de la isla,/ ríete de este torpe muchacho que te quiere,/ pero cuando yo abro los ojos y los cierro,/ cuando mis pasos van,/ cuando vuelven mis pasos,/ niégame el pan, el aire,/ la luz, la primavera,/ pero tu risa nunca/ porque me moriría”.

¡Que los cineastas de la seriedad se arriesguen! ¡Que Peter Weir filme “Matrimonio de conveniencia o que Stanley Kubrick filme “Teléfono rojo…”!
Quiero tener “Manual de amor” cerca de mi cine, quiero las patochadas de Christian Clavier, al que simplemente verle el rostro en “Los visitantes” o “No molestar” me hace reír. En “No molestar”, el héroe intenta escuchar el disco de jazz que siempre soñó escuchar y que se le aparece de segunda mano. Pero los elementos se volverán contra él. Clavier siempre sonriente y me entra la risa floja aunque él no haga nada.

Quiero reunirme cerca de mi cine con el espectador Miguel Ángel Valdés, alias “Zatoichi”. Me gustaba reunirme con Miguel Ángel, siempre con su diario en el bolsillo como una katana, siempre viniendo al cine y repitiendo película si era necesario, siempre al acecho del nuevo estreno.

Y a veces salía desencajado de la película, de tanto drama y tragedia, de tanto sinsentido, siempre pidiéndome comedias, como si yo fuera el gerente o el programador. Yo le daba la razón y si era necesario intentaba recomendarle películas de otros cines, aunque le quedaran lejanos o aunque no tuviera casa de comidas cerca.

A Miguel Ángel le gustaba decir que el cine no podía ser así, que no todo eran negruras, que aquello no podía ser real, que también pasaban cosas buenas en la vida, que había personas buenas, cuya humanidad no se había destruido.

Sí, Miguel Ángel, yo quiero ser ese espectador, que aprecie un buen drama, un cine serio, pero que se vea sorprentido, tan habitualmente como sea posible, por la comedia, por la alegría, por la sonrisa y la risa. Por la carcajada.