Imagen de la Subida 2010. / Guillermo Herrero
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He pensado en la fiesta de la Subida de la Virgen del Castillo de Bernardos, sobre todo con el recuerdo de los ausentes y las ilusiones truncadas por efecto del coronavirus. Me he dado cuenta de que durante décadas hemos ido cambiando el sentido de su celebración, su carácter y su finalidad. La Subida, aunque seguía siendo especial, era ya una fiesta “ordinaria”, porque quedaba programada, ajustada a unos plazos regulares, cada diez años. Es ahora, en estas circunstancias, cuando esta fiesta cobra todo su significado. Precisamente, la pandemia del coronavirus nos ha vuelto a recordar el motivo que la generó. La fiesta de la Subida de la imagen de la Virgen del Castillo a su ermita, desde la iglesia parroquial donde está habitualmente, tenía en principio un carácter irregular y obedecía a motivos excepcionales. Volvemos pues a los orígenes de la efeméride.

Eso no quiere decir que en sus inicios la fiesta se hiciera de un día para otro. Hay que tener en cuenta otras razones, que también se olvidan a veces, y la principal es el carácter religioso que la impulsa. Su celebración transcurría durante o tras un acontecimiento extraordinario, buscando la intercesión de la Virgen, o en acción de gracias en señal de reconocimiento por sus efectos benéficos. Eso ocurre con otras Subidas, como la de la Virgen de la Fuencisla en Segovia, donde el carácter extraordinario de su celebración ha sido relatado por el deán Tomás Baeza en el siglo XIX. En este caso la imagen se subía a la Catedral cuando sucedía un episodio extraordinario (una epidemia, por ejemplo) para pedir su favor y evitar los males. Después se bajaba cuando el problema se había disipado. Si se hubiera atendido a estas razones, en esta ocasión la imagen de la Fuencisla estaría en la Catedral hace varias semanas.

Como se ha dicho, la Subida en Bernardos se efectuaba en los primeros tiempos sin pautas de regularidad. El porqué de su celebración no se conoce con precisión en algunas de ellas, así que solo se puede enlazar con circunstancias ocurridas en esos años. El primer dato conocido de una fiesta de la Subida es de la de 1814 y el motivo pudo estar relacionado con el fin de la guerra contra Napoleón y la llegada de Fernando VII al trono. La de 1848 coincidió con un periodo de carestías que se vivía en España. Es de destacar la que se realizó en 1866, tras las obras de mejora de la ermita y acondicionamiento del camino de acceso. La de 1892 pudo estar relacionada con las necesidades de muchos vecinos. De hecho, en el cartel del programa figura la suelta de unos novillos que posteriormente se sacrificarían para repartir la carne entre los pobres, así como raciones de pan. La Subida de 1904 también se podría vincular a la nefasta situación que corría Castilla, con malas cosechas y escasez. Y la de 1919 pudo conmemorar la conclusión de la primera guerra mundial, que había tenido lugar a fines del año anterior. Posteriormente se celebró la de 1928, coincidiendo con el bicentenario de la aparición de la imagen, la llamada fiesta de la Coronación, debido al ofrecimiento de una corona que costeó el pueblo para la Virgen.

Fiesta muy conocida porque se publicó un estupendo programa a cargo del Heraldo Segoviano y un libro del historiador y cura párroco Rufino Núñez, que conservan muchas familias en Bernardos. La siguiente es en 1940, tras el fin de la Guerra Civil. A partir de esa fecha se decidió programarla cada diez años. Se eliminaron los motivos extraordinarios, simplemente se tomó por costumbre o por influencia del sistema métrico decimal, el caso es que desde entonces se marcó la fiesta con un ritmo regular.

Antes de esta transformación, el hecho de ser un suceso extraordinario en la población daba lugar a que se realizaran eventos difíciles de encontrar en otras ocasiones. Por ejemplo, fue en 1866 cuando se tiene constancia de la llegada de un fotógrafo al pueblo, que reprodujo por primera vez la imagen de la Virgen y de la ermita. O que en la Subida de 1892 se contratara a Miguel González, el tío Casadero de Cuéllar, considerado el mejor dulzainero que había en Segovia en ese momento y que Agapito Marazuela incluye en su Cancionero. O que en otras subidas hubiera espectáculos de fuegos artificiales y zonas iluminadas en el pueblo, o que se comenzaran a hacer arcos en el trayecto. La gente del pueblo se volcaba y lo consideraba algo extraordinario, que quizás no volviera a ver.

Sea como fuere, la Subida programada para este año entra en la historia como algo excepcional, precisamente porque no se va a realizar siguiendo la norma regular. Y en este sentido, creo que también merece la pena reflexionar sobre la evolución del carácter de la fiesta entre los vecinos y los que estamos vinculados a Bernardos por nacimiento, parentesco o afinidad emocional. Partiendo del reconocimiento de su origen y motivación religiosa, sin olvidar nunca este elemento, la Subida es una fiesta que ha ido generando un fuerte sentimiento de cohesión y convivencia que emana de la confluencia de distintas formas de entender este acontecimiento.
No cabe duda de que muchos aún conservamos el lazo religioso y espiritual con la imagen que ha sido referencia del pueblo y su cultura desde hace ya casi 300 años, pero también otros muchos lo hemos conectado a una visión comunitaria de la fiesta, más allá de la pertenencia a un grupo o a una confesión. El cántico de la Salve, o el sonido del paloteo delante de la imagen, pone la piel de gallina y emociona tanto a personas que tenemos unas creencias religiosas como a los que nos despiertan recuerdos forjados desde la más tierna infancia.

Subir a la ermita, además de los sentimientos individuales que produce, significa admirar un mismo paisaje, oír los mismos sonidos, paladear la misma limonada. Paisajes, sonidos y sabores muy parecidos a los que vivieron nuestras abuelas y bisabuelas, así como sus consortes. Todo ello se ha ido transmitiendo de generación en generación. Todo ello compone la esencia de la memoria colectiva que hace que la fiesta siga siendo un acontecimiento extraordinario. No tanto por ser cada diez años o alargar la bajada una hora más, sino por sentirnos orgullosos de un pueblo cuyo esfuerzo y espíritu de comunidad le permite mantenerse con vida, a pesar de los sucesos que pueden interferir y amenazarlo. Porque, precisamente, la fiesta de la Subida es el símbolo de la respuesta colectiva a tales sucesos.
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(*) Departamento de Economía Aplicada e Historia Económica de la UNED.