Barquillos, barquilleras y organillos

El organillo “enseña” sus partituras.
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JOSÉ MARÍA MARTÍN SÁNCHEZ

Retazos de historia
El organillo, instrumento musical, fue durante muchos años un “compañero” en nuestras vidas. Quiero decir de las vidas de los que peinamos canas desde hace ya tiempo. La generación que nos precede ha tenido menos contacto con esa música. Tanto, que llegados aquí se puede decir sin temor a equivocarse, que el mundo del organillo se encuentra en caída libre,hasta su desaparición. Y si me equivoco, mejor para quienes disfrutan aún en él.
Si quien comenzó a leer estas líneas me lo permite, y con la finalidad de entender el camino recorrido por el referido instrumento musical destaco tres momentos:

– Inicio de la vida del organillo.
– Camino recorrido por un segoviano en la adquisición de tan peculiar instrumento musical.
– El organillo entre la sociedad segoviana.

Pero, antes de continuar… si a algunos de ustedes se le ocurre preguntarme qué es un organillo, sepan que lo he buscado y esta es su ‘consecuencia’:

– “Órgano pequeño o piano que se hace sonar por medio de un cilindro con púas movido por un manubrio (manivela), y encerrado en un cajón portátil” (lo dice la RAE).
Ampliando un ‘pelín’ más:

– Cada cilindro puede tener registradas, como máximo, entre ocho y diez melodías, una junto a otra. Los de mayor tamaño pueden disponer de tres o más cilindros.

– Las obras están representadas como púas metálicas. La ‘partitura’ se reproduce sin necesidad de conocimientos musicales.

Su origen se sitúa en Inglaterra. Afirman que a finales del siglo XVIII ya lo habían inventado, y que en 1820 ya se utilizaba en las iglesias. A su primer ejemplar pusieron nombre: ‘Piano de Barril’.

– Hacia finales del siglo XIX aparecen los organillos neumáticos que reemplazan el cilindro convencional de 10 melodías por pliegos de cartón perforado, lo que trajo consigo un repertorio mucho más amplio de música popular, anunciando lo que sería una importante tendencia del siglo XX: la música envasada.

En esta España nuestra, donde más se popularizó el instrumento musical de referencia fue en Madrid. Los hermanos Luis y Gerardo Apruzzese llegaron de Italia, su país natal. Se instalaron en Salamanca y desde allí, pocos años después, a la capital del reino donde montaron, en la Costanilla de San Andrés, un local para la fabricación de organillos. La empresa llegó a contar con ocho trabajadores. Posteriores generaciones de la familia mantuvieron el negocio, pues negocio fue, hasta entrado el siglo XX.

Escribir de y sobre organillos y no ponerlo en referencia con Madrid, La Verbena Paloma o el Chotis sería como olvidarse de información vital para mejor entender. Así, como ejemplo:

– El chotis, baile ceñido y lento, nació en Escocia (?). En España se bailó por vez primera en noviembre de 1850 durante la fiesta organizada en el Palacio Real por la reina Isabel II.

Recordar el ayer del popular organillo y las alegres notas que de él se ‘escapaban’ en cualquier celebración festiva, no deja de tener datos de interés: a estos efectos dejar constancia que fue el compositor mejicano Agustín Lara quien puso música al célebre ‘Madrid, Madrid, Madrid’; el granadino Francisco Alonso popularizó ‘Pichi… el chulo que castiga’; de la pluma de Luis Barta nació ‘Rosa de Madrid’…

A finales del pasado siglo, cuando comenzó a retroceder la popularidad del organillo, su alquiler para fiestas tenía un coste de 6,50 pesetas/día, en Madrid.

– En Barcelona, año 1918, fue el italiano Luis Casali quien fabricó uno de los organillos más grandes que se conocen. Tiene 133 centímetros de ancho y 130 de altura. La fábrica permaneció abierta hasta 1935. En estas fechas se encuentra el instrumento en venta.
El organillo cruzó los mares y se instaló, siglo XIX, en países como México, Chile, Uruguay, Argentina, Guatemala… poco después de haber comenzado el siglo XX se dejaba oír en los salones de las mansiones de los adinerados y, sobre todo, en los circos. Se le conocía como ‘organito’. Fue uno de los orígenes de la difusión del tango y de diversión en los lugares de baile público.

Un inesperado coleccionista

Dimos con lo escrito anteriormente un repaso nacional e internacional a la primera vida del organillo. Regresamos del ‘viaje’ para dar publicidad al movimiento que el ‘manubrio’ ha tenido en Segovia. Al respeto dejo constancia:

– No se trata de una recopilación exhaustiva.

– Me he limitado a determinados apuntes, pues, seguro y convencido estoy que existen otros que no aparecen aquí.

El primer paso sobre el tema del que escribo lo di de la mano de un segoviano: César Sanz Mínguez. Él me introdujo en un mundillo que yo desconocía. El gusanillo, a la par que el interés, hicieron que buscara lugares y nombres.

Nuestro paisano, que fue funcionario primero y comerciante-empresario, después, ‘abrazó’ un día la idea de su gusto por la música de organillo, y hoy, después de unos años de ver y adquirir, tiene una colección que, cuando menos, llama la atención. Lean:

— ¿Qué número de organillos tiene en su poder?
— Tengo diez grandes. Hay más, pero son de juguete para niños.

— Conociendo que el peso medio de un organillo es de entre 60 y 100 kilos el local de acogida habrá de ser grande.
— Cierto. Por ello los tengo repartidos en diferentes lugares.

— ¿Dónde y cuándo comienza la afición por adquirir estos instrumentos?
— En mis viajes a Madrid por motivos profesionales. Tenía amigos que, a su vez, tenían relación con personas que eran propietarios de organillos. Me dejaron tocar alguno y me interesé por ellos. Fue en el Mesón del Viejo Madrid, en la Cava Baja. Me gustó tanto que intenté comprarlo. Las adquisiciones comenzaron en 2009. Fue en la localidad toledana de Dos Barrios; el segundo en Sevilla, un año después. Siguieron en Madrid, Burgos, Arévalo…

— ¿Fue fácil su adquisición?
— No. En algunos casos fue imposible. En la mayoría de las ocasiones por el precio. Eran altísimos. Mi interés no podía llegar a hacer locuras. Eso sí, todos los que he comprado ha sido a través de contrato firmado por ambas partes.

— ¿Toda la colección está en buena condiciones de uso?
— Unos van bien y otros no tanto. La verdad es que afinarlos es muy caro. Si sitúa entre 1.500 y 2.000 euros. Más el transporte, que no es fácil.

— ¿Cuál de ellos diría que es la joya de la corona?
— El más grande de todos. Funciona perfectamente. Le cedí al cuadro Lírico ‘Julián Gayarre’, para algunas de sus actuaciones en el Juan Bravo. Y recuerdo a Salva Lucio tocando dos años con uno de mis organillos en el ciclo Folklore en Los Corralillos y llevarlo a la plaza mayor donde tuvo una gran acogida y hubimos de repetir.
También lo cedí para la presentación de la Feria de San Isidro en el Palacio de Congresos de Madrid. Al efecto pedí al organizador redactar un contrato, que se hiciera cargo del transporte y lo cuidara. Me había costado mucho afinarlo.

— ¿Es un mercado más difícil que caro?
— El ‘mercado’ tiene muchas aristas. Están desapareciendo y los precios de los que se venden son muy altos.

— Me figuro que tendrá anécdotas de todos los colores.
— Una muestra. En Majadahonda había una mujer que quería vender uno pequeño. Me entrevisté con ella, acordamos el precio, no podía meterlo en el vehículo porque lo tenía lleno, le dije que le dejaba una señal porque me interesaba y que al día siguiente volvería a por él. Llamé por teléfono para volver a conectar y me pedía 500 euros más, porque le habían hecho otra oferta. La conversación telefónica la escuchó su marido, habló conmigo, me dijo que la palabra era suficiente, que el precio se mantenía y me puso una condición: que le llevara desde Segovia unos paquetes de obleas. Así que le llevé 25, más una bufanda del Madrid y otra del Barcelona. Solucionado.

— De qué lugar regresó con las manos vacías.
— De un pueblo de nuestra provincia. Me llegó la noticia de que querían vender un organillo grande. Fui a verlo. Lo tenían en un local muy viejo y el instrumento estaba para remodelarlo de arriba abajo. Pese a ello le pedí precio. Mi sorpresa fue grande: 18.000 euros. No hubo más negociación. Estoy convencido de que su arreglo, si quisieran hacerlo, constaría tanto como lo que me pidió por él.

— ¿Continuará ampliando la colección?
— No. Fue un momento de ilusión que ya está colmado.

Segovia y las vueltas del ‘manubrio’

En muchos de nuestros pueblos, al igual que se constituían casinos y frontones, los organillos también tuvieron presencia activa. Se bailaba al son de las vueltas del manubrio.
Al respecto, recuerdo haber escuchado un relato, una historia, vivida en Cerezo de Abajo. En el lugar, allá por 1920, se constituyó una asociación, aún vigente, a la que pusieron de nombre de ‘La Perla’. Sus componentes, con la clara idea de animar sus fiestas, recaudaron lo suficiente para comprar un organillo. Después, alquilaron un local multiusos y dieron vida a su idea de diversión de los domingos. Brillante.

El instrumento musical creo, pues afirmarlo no me atrevo, se encuentra en el Ayuntamiento de la localidad, en cuyas dependencias municipales hay una sala a la que el ‘organillo’ da nombre.

En la capital, en aquellas fiestas carnavalescas cuyos desfiles se llevaban a efecto en El Salón, además de la presencia de las bandas de música de la Academia, La Popular, Hospicio… siempre quedaba un espacio libre para bailar al son de la música de organillo.

Años después, ya a mediados del siglo XX (1959), había baile de organillo, sábados y domingos, en La Alameda del Parral de 9 a 12 de la noche. Estaba organizado por la persona que propietaria del servicio de barcas con remos (once), que ‘viajaban’ por las apacibles aguas del Eresma, entre el puente de la Borra y la presa de la Moneda. Doce años permaneció el servicio. Lo pasamos bien. Funcionaba entre los meses de abril a octubre. Justino, que tuvo la idea, y Serapio, que la puso en práctica, fueron los pioneros.

Hubo algún que otro ‘encontronazo’ con los frailes del Parral por causa y motivo del ruido. Pero se solucionaron e incluso con la carpintera del monasterio hubo colaboración.

Por cierto. En los salones del Casino, aquel que se llevó un voraz incendio, había un precioso organillo con cuya música bailaron varias generaciones. Sería, digo yo, pasto de las llamas.

Años después, creo que por la década de los ochenta, una persona muy popular en Segovia, “Madriles”, llevaba la música por la ciudad. Sobre un pequeño carrito montaba el organillo, al tiempo que en cualquier feria o fiesta vendía sus productos. Falleció en 1982.

El baile de organillo se extendió por toda, o casi, la provincia. Por citar algunas localidades: Cuéllar (donde aún se baila en determinadas asociaciones al son de su música), Cobos de Segovia, Pecharroman -hoy prácticamente vacío-, Maderuelo, San Rafael…

Regresamos a la provincia para incorporar a este espacio el pueblo de Matamala. Allí José Berzal, que a su oficio principal de molinero unió sus manos de excelente carpintero, posee un colección importante de organillos. Tienen, como fondo de singularidad, el haber sido todos ellos construidos por él. El trabajo lo realizó en su propio taller y ahora lo expone en ‘El Museo del Molino’, de la localidad.

En otros pueblos de la provincia, Navas de Oro, Navalmanzano y la propia capital hubo afinadores de organillos. Como muestra que eran necesarios sus servicios por el alto número de instrumentos que había en la provincia.

Otra curiosidad más. En el año 1906, editado en la imprenta del Diario de Avisos, publicó el gran José Rodao Hernández un libreto bajo el título “Música de Organillo”. En él aparece toda una colección de coplas: “La primera Cena”, ”El Mentir de los Poetas”, “La Pícara Prensa”, “Valientes y Matones”… Que escritas bajo el “epígrafe” de su genuino extraordinario humor satírico, conforman una delicia en su sola lectura.

¿Recuerdan la imagen de otros tiempos? Barquillos, barquilleras y organillos en un retazo de feliz tarde de domingo por la calle Real.