Si vive usted en las proximidades del Puente de Hierro y quiere ir a un bar, prepárese para andar. Y eso que Segovia es la tercera provincia de España en densidad de locales gastronómicos (7,44 negocios por cada 1.000 habitantes). Tendrán que asumir un paseo, a ritmo alegre, de cuarto de hora para ver un grifo de cerveza, una cafetera o una terraza. Seguramente en la Carretera Villacastín, la vía que conecta este barrio levantado en los 80 con la antigua estación de tren. La hostelería resiste a la crisis y España es un país de bares, pero hay puntos de la ciudad –San José o la zona baja de San Lorenzo son solo otros dos ejemplos- que se están quedando a un lado.

“La cosa está muy pachucha”, subraya la presidenta de la Asociación de Vecinos Santa Teresa-Puente Hierro, Tina Mary Giménez. Pese a los intentos, el bar de la rotonda de La Fuentecilla ha bajado los brazos, pandemia mediante. Unos metros más arriba quedan los restos de El Ventorro, que cerró meses antes de la era Covid. Ese desánimo general lo palia la zona de la Carretera de Villacastín. Solo de momento. “Me han dicho que uno de ellos va a cerrar porque no tienen terraza y no pueden dar abasto con los gastos. No es seguro, pero hay un runrún”. Para estos locales, la espada de Damocles siempre está afilada.

Son lo que Tina llama “bares de barriada”, es decir, locales pequeños que viven de la fidelidad de su parroquia y de la actividad de su entorno más próximo. “Sí, somos gente de bar, pero para funcionar tiene que vender muchos cafés”. El hábito de alternar se mantiene, pero la selección natural de la hostelería termina por concentrar clientes en los bares más fuertes. “Los grandes, de mucho tiempo, de familias… El Gallego o el Sor Cristina llevan toda la vida y han podido pasar estos meses sin miedo a cerrar. Sin embargo, estos pequeños han empezado hace poquito, con un traspaso… Y sin gente, pues no han podido aguantar”.

Los comentarios vecinales evocan una situación “un poco triste” . “Tenemos que irnos más lejos, como es lógico, y además quitan ‘ambientecillo’. Ahora está cerrado y es feo pasar por allí; no hay ese ambiente de barriada, más cercano”. Para un barrio, perder un bar es una suerte de despedida. “Yo no soy muy de bares. Y me supo mal que cerraran el primero. Y luego el segundo. Pasabas con el coche, veías que había ambiente…”. Ahora queda el cartel de la derrota: se traspasa. “Eso es triste para cualquier barrio, pero es que nosotros estamos sin nada”.

La estimación del presidente de la Asociación de Vecinos de San Lorenzo, Félix Maroto, es que la zona baja del barrio ha perdido el 80% de su actividad. En un lugar “que siempre ha funcionado por los bares”, esa zona cercana al puente ha pasado de una decena de bares a tan solo tres: Casa Paco, In Lorencho y Taberna López. El mexicano Patio Azteca echó el cierre hace unos días. Por el camino quedaron El Encierro, el Puente, el María Cristina, el Barrio, San Lorenzo, la churrería, El Roque, Las Nubes o el Aris, con su paradisiaca terraza. “Aunque la plaza tiene algo de vida, ahora mismo la vida en San Lorenzo está en la Vía Roma”.

Un bar es la punta del iceberg de toda la vida que hay detrás. “Antes salía al vermú y pasabas por una pescadería, una carnicería, una panadería, el quiosco… Había muchos comercios que ya no están, y eso es vida que quitas”. También tienen un poder magnético; los parroquianos que antes iban por la zona baja ahora se concentran, por ejemplo, en el Pub Celia.

Maroto habla del envejecimiento demográfico como un motivo nuclear, pero no el único. “San Lorenzo es una zona de paso más que de parada. Es como una circunvalación para ir al Casco Histórico o La Fuencisla”. Lamenta que “la juventud no tiene ningún acicate por la zona para moverse” o la ausencia de parques infantiles. Una de las zonas más bellas de Segovia es también una de las más abandonadas. Por eso la asociación pide promocionar allí rutas turísticas.

El urbanismo explica la realidad de estas zonas, desde las décadas que tienen un buen número de edificios de San José, Santa Eulalia o El Salvador a las viviendas del puente de San Lorenzo. “Los alquileres son caros; y si son baratos, son locales viejos. Por eso la juventud se ha desplazado al alfoz de diez años a esta parte: porque no tenía posibilidades de vivir en el barrio”. Y el consumo necesita la ayuda del urbanismo . “Sales a tomar una cerveza donde vives. Si no, tienes que coger el coche. A nosotros nos gusta mucho nuestro barrio y lo hacemos, pero no debería ser así”.

El alterne de San José es una emigración al Piripi, el principal bar del barrio nuevo, el de la Comunidad de Ciudad y Tierra. Así lo relata la presidenta de la asociación vecinal 1 de Mayo, Teresa Ruano. Quedan el bar Cañas, que se ha mantenido abierto en el grueso de la pandemia, y el bar El Faro, que reabrió hace poco. Otro local emblemático, La Bodeguilla, ha bajado los brazos y en su puerta yace el cartel que anuncia su venta. A unos metros resiste el bar Buena Vista, pero su propietario, Juan Manuel Asenjo, no se muestra optimista: le quedan seis años para jubilarse.

El barrio obrero de Segovia, levantado en los años 50, sufre una lenta agonía. La zona del colegio tenía hace no tanto dos bares; en la plaza, donde ahora hay un gimnasio, era otra zona con movimiento. “San José tenía siete bares bien a gusto, y estoy hablando de diez años para acá. Al final están despareciendo todos”, recuerda Teresa. El ocaso también afecta a la zona de Valdevilla, por más que el Ayuntamiento prepare la construcción de un ascensor que conecte las zonas alta y baja del barrio.

“La gente se va jubilando o falleciendo. No hay mucho jaleo para que los vecinos vayan y, al final, terminan por cerrarlos”, subraya Teresa, que habla del envejecimiento urbanístico y humano. “El 75% de la población sigue siendo muy mayor. Y ya no salen”, resume. Eso se ha traducido en unos sociales muy solitarios. “Antes la gente era mucho de ir al bar, echar la partida o estar un rato de tertulia. Los más jóvenes, también por el tipo de trabajo, salen el fin de semana o se va con los niños al centro. Ya no nos relacionamos tanto; lo que hacíamos antes de salir a la puerta a unos bancos o con unas sillas. Eso yo ya no lo veo en San José. Y creo que en ningún barrio. Es una pena. Es que al final no conoces a tus vecinos. O no los ves”.