María Zambrano en la casa San José. Pogolotti. Cuba. c. 1951.
María Zambrano en la casa San José. Pogolotti. Cuba. c. 1951.

Mi corazón está donde ha nacido” (1). – Antonio Machado

La experiencia del exilio español del 39, pese a ser una perenne herida abierta para quienes la padecieron, fue también un reencuentro con la vida y con la memoria, con aquella –dirá María Zambrano en “Carta sobre el exilio” (1961)– “memoria que rescata” (2) lo perdido y condensa profundas emociones: el tiempo percibido como eterno de la infancia y juventud y aquel sentimiento de plenitud que parecía ser inacabable durante la Segunda República. Al mismo tiempo dicha tragedia entrañó la necesaria mediación con el otro, el hermanamiento entre quienes se hallaban despojados de su lugar de origen, de sus más hondas e íntimas raíces personales, y ansiaban el encuentro con una vida nueva.

En esa encrucijada se reunieron voces y rostros como los del poeta orense Ángel Lázaro y la filósofa malagueña María Zambrano. América es la gran casa que les acoge tras la partida de la “inmensa pesadilla” (3) que es Europa en la primera mitad del siglo XX. El Trópico, y, en especial, Cuba, isla cuya “luz encubre” y cuya “noche revela” (4), se torna para ambos espacio geofísico, además de espacio mítico, sólo posible a través de la escritura. En sus recodos se alumbrará la persona, su afirmación de la libertad, desde la cual construir nuevos sentidos, nuevos horizontes significativos y epistémicos sobre la realidad y sobre el sujeto humano como existente en ella y como cultura.

El texto “Los españoles en América. Amigos de la República Española”, publicado en la revista cubana Nuestra España (La Habana, vol. XII, septiembre de 1940, p. 192), nos permite retroceder hasta aquel agosto de 1940 en que Zambrano y Lázaro, en un seminario formado por una veintena de conferenciantes españoles en La Habana, coincidieron por vez primera. La pensadora intervino con su ponencia “Un momento español: 1898” y el poeta y periodista, por su parte, con “Sangre de España”. El congreso, que llevó por título “Los problemas de la vida española desde 1873”, fue promovido por la Asociación de Amigos de la República Española, organismo que dependía de la Acción Republicana de España en Cuba, y cuya dirección hallábase en esos años a cargo del político y escritor asturiano Álvaro de Albornoz. En él participaron también los españoles exiliados Manuel Altolaguirre, Bernardo Clariana, José Ferrater Mora, entre otros pensadores, escritores y profesores.

Sin duda, el destino político les unió, al unísono el amor al pensamiento y a la poesía. Pero será el aciago sentimiento compartido de vivir “entre dos mundos o entre dos Continentes” (5) –tal y como reveló Zambrano a su amiga cubana Josefina Tarafa–, propio de quien se encuentra fuera de su lugar originario, el que acabe por definir su amistad: “entre dos mundos”, en palabras de la filósofa, o entre “dos riberas”, en el decir de Lázaro. Según el investigador español Dámaso Chicharro en su estudio sobre la relación entre el poeta gallego y los hermanos Machado (“Una relación diferente: Ángel Lázaro entre Manuel Machado y Antonio Machado”, Itinerarios. Revista de estudios lingüísticos, literarios, históricos y antropológicos, vol. 17, Varsovia, 2013, pp. 23-46): “Él sabía muy bien que ese era su destino, el de las dos orillas, por su condición de emigrante perenne de España a América, por su padre español de pura cepa (de Burgo de Osma) y su madre cubana (de Santa Clara) y terminó no sabiendo realmente de dónde era. En América, en Cuba en concreto (donde más vivió), se le consideraba español, y en España, cuando volvió en los años sesenta, se le consideraba un poeta cubano” (Íd., p. 28).

El presente escrito nace de un hallazgo: el Archivo de la Fundación María Zambrano conserva un poema que Lázaro escribió en Cuba en 1951 y que envió por carta ese mismo año a Zambrano. Sus versos, que ponen palabras al vínculo entre dos vidas cruzadas, son aquí el punto de partida para una breve indagación acerca de la condición del ser exiliado:

Qué golondrina tan española
es la escritora María Zambrano;

golondrina, que no águila
ella a sí misma se ha llamado;
golondrina… más, qué horizontes,
qué carmines y qué morados;

qué encendidas piedras de oro,
qué crepúsculos castellanos

nos traen sus vuelos de golondrina
al alero de este tejado

de este balcón de este destierro
a donde hoy tantos nos asomamos…

La golondrina dejó su nido
bajo los arcos segovianos.

En el poema, dedicado íntegramente a la pensadora, se atisba ese estar entre dos realidades, situación definitoria de la vida y obra de Zambrano: entre su amada España, ausente en su aquí y ahora, y la América hispana que la abraza en su difícil y dolorosa existencia presente. Estas palabras recogen, en efecto, su característica condición como ser exiliada, la suya y la del pueblo español; trágica circunstancia que, no obstante, la autora transformará con el tiempo en –diríase con marcado acento barojiano– camino de perfección, a pesar del dolor, a pesar de la nostalgia, a pesar de la injusticia: “Así que estoy entre dos mundos o entre dos Continentes; no soy la única y creo que se trata de una situación de privilegio desde el punto de vista moral e intelectual”. Visión positiva que, más tarde, en su regreso definitivo a España, reconocería: “Hay ciertos viajes de los que sólo a la vuelta se comienza a saber. Para mí, desde esa mirada del regreso, el exilio que me ha tocado vivir es esencial. […] Creo que el exilio es una dimensión esencial de la vida humana, pero al decirlo me quemo los labios, porque yo querría que no volviese a haber exiliados, sino que todos fueran seres humanos y a la par cósmicos, que no se conociera el exilio. Es una contradicción, qué le voy a hacer; amo mi exilio, será porque no lo busqué, porque no fui persiguiéndolo. No, lo acepté; y cuando se acepta algo de corazón, porque sí, cuesta mucho trabajo renunciar a ello” (6).

En la ensoñación descrita el poeta otorga alas a Zambrano. La mujer errante es golondrina, ave que, siempre migrante, acaba volviendo año tras año a su nido. Allí, en su isla caribeña, cercano ya el fin de su destierro americano, la filósofa debió sentirse cada vez más cerca de aquel horizonte, de aquel crepúsculo, de aquellos amados y omnipresentes arcos.

¿Y por qué es Segovia para Ángel Lázaro y no su tierra natal, Vélez-Málaga, o el Madrid de aquella feliz primera juventud anterior a la guerra? Quizá porque sabía o intuía que en la ciudad castellana se le descubrieron a Zambrano “las dos formas de la palabra” (7): la Filosofía y la Poesía, sostén fundamental de su pensamiento desde su primera obra publicada, Horizonte del liberalismo (1930), hasta sus textos finales, y sostén en este forzado exilio, en este “destierro/ a donde hoy tantos nos asomamos…”. Segovia, porque tal vez conocía de viva voz los recuerdos y los anhelos más íntimos de Zambrano, su hondo deseo de retorno. En aquella lejanía, bajo el sol tropical y contemplando el Atlántico, la imaginamos así: conversando con su amigo, buscando con la palabra traer a presencia su ausencia más añorada: la Segovia familiar y de eternas amistades y, con ella, sus calles empedradas, sus campos de amapolas, sus vivos Eresma y Clamores… Y todo ello para volver otra vez a sentir ese “lugar de unidad” –escribirá en España, sueño y verdad (1965)– “en cuyo interior cosas y seres están recogidos sin estar aprisionados; comunicados sin estar encadenados, ni sometidos a ninguna forma de continuidad forzada; donde parece estar cada cosa en sí misma, alojada en un cierto hueco que preserva su ser y lo señala, y que lo comunica al par con todas las demás. Ello es vivir, vivir verdaderamente”8. Segovia, ciudad del misterio revelado por San Juan de la Cruz y ciudad del corazón, de ese pasado ajeno aún al dolor de la historia.


1. Verso tomado del poema titulado “Los sueños dialogados”. Véase: MACHADO, A., Proverbios y cantares, Madrid, Diario El País, 2003, p. 90.

2. ZAMBRANO, M., “Carta sobre el exilio”, Cuadernos del Congreso por la Libertad de la Cultura, núm. 49, París, 1961, p. 69.

3. “Si[n] esa esperanza no resistiría esta inmensa pesadilla”. Carta de María Zambrano a su madre y hermana, del 20 de febrero de 1945, desde La Habana. Serie “Correspondencia 1945”. Archivo de la Fundación María Zambrano.

4. ZAMBRANO, M., “Wifredo Lam”, en La Cuba secreta y otros ensayos, edición e introducción de Jorge Luis Arcos, Madrid, Endymion, 1996, p. 154.

5. Carta de María Zambrano para su amiga cubana Josefina Tarafa, escrita en París el 12 de marzo de 1951. Serie “Correspondencia 1951”. Archivo de la Fundación María Zambrano.

6. ZAMBRANO, M., “Amo mi exilio”, Las palabras del regreso, edición de Mercedes Gómez Blesa, Madrid, Cátedra, 2009, p. 66.

7. De este modo denomina María Zambrano al pensamiento y a la poesía en su libro Filosofía y poesía, escrito en México en el otoño de 1939, ya acabada la guerra de España. La referencia bibliográfica es la siguiente: ZAMBRANO, M., Filosofía y poesía, México, Fondo de Cultura Económica, 1993, p. 13.