Aunque la halles pobre…

Carta del profesor Sergio Calleja

Los seres humanos necesitamos poner nombre a las cosas porque no existe lo que no se nombra. Personalmente me resulta difícil poner nombre a este curso escolar que está a punto de terminar.

Una vez más no podemos decir que haya sido un curso normal. Y ya van tres. Es cierto que la retirada de la mascarilla en el último trimestre, la relajación del metro y medio y la activación de ciertas actividades han alimentado la esperanza y dibujado sonrisas en la comunidad educativa. Sin embargo, el cansancio pesa, la resaca emocional permanece y siento que terminamos un curso en el que finalmente ha explotado lo que llevábamos guardado en algún rincón de nuestro ser y no nos permitíamos mostrar. A lo largo y ancho de estos tres años, sé que muchos profesores, como dice el poeta, hemos escrito los versos más tristes de nuestra carrera profesional.

Como no hay evaluación si no se orienta a la acción, quiero creer que este curso 21-22 es el final de un trienio complicado donde educar ha sido una tarea compleja, ardua y difícil pero que nos ha dejado grandes aprendizajes. Me atrevo a mirar al próximo curso, a pesar de los malabares que tendremos que hacer al convivir dos leyes educativas, como un verdadero comienzo con los siguientes retos:

Educar en el presente. Basta de mirar a los alumnos como ciudadanos del futuro. Educamos a niños, adolescentes y jóvenes del presente. Ellos ya son ciudadanos de este mundo y es en este presente donde tienen que vivir y donde se tienen que situar. Mirarlos así cambiará nuestra forma de situarnos en el aula.

Humanizar la educación. Es urgente apostar por una educación transformadora que solo es posible si tocamos la razón y el corazón. Los profesores nos debemos convertir en ‘artesanos de humanidad’ y en diseñadores de verdaderas experiencias de aprendizaje. Humanizamos con la metodología, con la evaluación, con nuestras palabras, con nuestros gestos, con nuestra mirada…

Provocar. El profesor debe ser provocador y sembrar la duda. Creo en una educación en la que el alumno no asiste a las clases para saber, sino para aprender, no es lo mismo. Solo se aprende dudando y cuestionando. El centro del proceso enseñanza-aprendizaje tiene que ser la pregunta y no la respuesta. Sueño con aulas en las que los alumnos se remuevan en sus pupitres.

Educar en el cuidado. Es el gran reto en educación y la lección que nos deja la pandemia. Educar a nuestros alumnos en su finitud y vulnerabilidad para que sean capaces de abrazar sus noches oscuras. Que desde su debilidad entiendan y aprendan que somos capaces de cuidar, que debemos cuidar al otro y necesitamos ser cuidados. Es el momento de construir entre todos escuelas que cuidan. El alumno debe salir del colegio sintiéndose cuidado y queriendo cuidar al otro.

Ser portadores de sentido. Me preocupa la falta de sentido en la que viven los jóvenes y adolescentes. Demasiado cansados. Demasiado hartos de todo. Demasiado desesperanzados. A lo largo de este curso me he preguntado muchas veces dónde acuden nuestros alumnos a buscar el sentido. He compartido también con ellos esta pregunta. No saben donde acudir. No encuentran esa fuente de sentido. Cada una de nuestras asignaturas deben convertirse en fuentes de sentido para ellos. Que vibren. Que brille su mirada.

Querido compañero, es momento de desconectar pero no nos podemos permitir no mirar al futuro con esperanza. Recuerda que Aunque la halles pobre, Ítaca no te ha engañado. Así, sabio como te has vuelto, con tanta experiencia, entenderás ya qué significan las Ítacas. Reseteemos. Reiniciemos. Felices vacaciones.