Manolo Matjí.

‘Los Santos Inocentes’ nace de un proyecto anterior que se llamaba ‘También se muere el mar’ que iba a dirigir Mario Camus. Luego aparecieron cosas de ‘También se muere el mar’ en otro guion. Pero estas cosas son así y no puedes ponerte estupendo…

 

-No tiene mucho ego…

– No lo he tenido nunca. Si te hago relación de las historias en que he trabajado y no aparece ni por el forro mi nombre se asustaría. El trabajo, antes que dinero, tiene que proporcionarme placer. Tiene que enseñarme algo. Tiene que ser una vía de conocimiento… El caso es que en aquella época tenía contacto con Mario. Habíamos escrito También se muere el mar, habíamos hecho La máscara negra… Un día me dijo: “¿Has leído Los santos inocentes, que acaba de publicar Delibes?” “No”. “Léelo y dime si te parece que hay una película. Yo creo que sí pero no lo tengo claro”.  Me fui a la librería, compré Los santos inocentes y lo leí. Era una historia muy poderosa. Mario me había contado que cuando vio Ninette y un señor de Murcia en el teatro Recoletos, Landa se paseaba por el proscenio con el sombrerito y las manos en los bolsillos y nunca lo había olvidado. Mario lo pilló inmediatamente, tiene muy buen ojo para eso. Me dijo: “Es un papel muy bueno para Landa”. Entonces leí la novela y ví a Paco el Bajo clarísimamente, pero no ví a Azarías. No sabía quién podía hacer de Azarías. Llamé a Mario para preguntárselo y contestó: “¡Paco Rabal!” Y le dije: “Empezamos mañana”. Lo vi: Paco Rabal lo iba a bordar, pero a mí nunca se me hubiera ocurrido. Son los méritos indiscutibles de Mario. Por eso unos son directores y otros guionistas… Pues bien, por aquel entonces Mario había firmado un contrato con Warner para hacer una película ambientada en Argentina y al mismo tiempo le llamó Julián Mateos y le preguntó que si tenía algo. Mario le contestó que la novela de Delibes le había gustado. Julián leyó la novela y quedó deslumbrado. Nos firmó un contrato. Mario decidió hacer primero El camino de los barcos, que era así como se llamaba el proyecto argentino, y luego Los santos inocentes. Para no perder tiempo, nos llamó a Taco Larreta y a mí, de modo que mientras él hacía el viaje de localización por Argentina, nosotros hacíamos el desglose de la novela. Yo con Taco siempre he trabajado de maravilla. Quizá sea la persona con la que mejor he trabajado. Desmontamos la novela e hicimos una narración lineal, porque Delibes se había aburrido de escribir narraciones lineales y quiso hacer experimentos. La novela son siete personajes y nosotros nos quedamos con cuatro. Mientras Mario estaba en Argentina, Julián, Maribel Martín, Taco y yo fuimos a Valladolid a hablar con Miguel Delibes. Hicimos una comida de esas que duran diez horas… La novela acaba con la muerte de Iván, colgado del árbol, mientras unas palomas pasan sobre la encina. Pero nosotros sabíamos que ese no podía ser el final, porque la historia quedaba inconclusa. Y le pregunté: “¿Esta historia es verdad?” “Todo es verdad”. ¿Y qué pasó con Azarías?” “Lo metieron en el frenopático de Zafra, todavía debe estar allí”. Y Taco y yo nos miramos y vimos que la coda final que necesitaba la película era ésa. Otra cosa que me gusta en la novela es Paco el Bajo a cuatro patas siguiendo el rastro de las perdices abatidas. Y le pregunté: “¿Eso también es verdad?” Y Miguel se rio: “¡Hombre, también hay que dejar un poco volar la imaginación!” “Pero, ¿hay rastreadores que tengan ese olfato?” “No, hombre no. ¡Cómo van a tener ese olfato!”

 

-Es un momento sintomático.

-El discurso de la servidumbre voluntaria está contado maravillosamente ahí: “Yo soy el perro de mi amo y estoy orgulloso de serlo”. ¡Es acojonante! Bueno… Mario volvió, lo leyó y le pareció bien. Pero nos dijo: “Yo creo que la película no se puede contar como si sucediera ahora. Esta historia sucedió en el pasado y habría que contarla desde el pasado”.

 

-¿La habían situado en 1980?

– Sí. La novela no dice cuándo suceden los hechos. Los hechos sucedieron en los últimos años del franquismo pero podrían suceder ahora mismo o en el siglo XVII. Esas relaciones de amo-siervo están todavía ahí… Mario me dijo: “He tenido una idea. Quirce, el hijo de Paco el Bajo, se hace mayor y siempre ha estado enamorado de la señorita Miriam. Y Quirce vuelve a buscar a la señorita…” Es una historia que Mario ha contado mil veces: los pobres se enamoran de las ricas, las pobres se enamoran de los ricos, la brecha y la guerra que no cesa… Y yo me eché a reír: “¡Anda ya!” “Pues ¿cómo?” “Pues vuelve de la mili. Quirce vuelve de la mili, ya es un hombre y va a ver a sus padres”. Y le contamos que cerrábamos con la muerte de Iván contada por Azarías, porque Quirce va a verle al psiquiátrico. Y en ese momento, de repente, la película se armó. Encajó perfectamente. Era una locomotora y ya no había cómo pararla. ¿Cuál es el problema de las películas? El arranque y el final; el principio incluye el final. El que está vivo, muere; el que está solo termina acompañado; el infeliz acaba feliz…

 

– ¿Cómo desarrollaron el guion?

– Nos reuníamos en casa por las mañanas. Había una primera parte, “Los trabajos y los días”, la segunda era la presentación del señorito Iván, y la tercera y la cuarta eran las cacerías. Éramos tres e hicimos tres partes. Metimos unos numeritos en un sombrero, lo agitamos y a cada uno le tocó un número. Mario sacó el 1, Taco el 2 y yo el 3. Mario hizo el punto de vista de Quirce, Taco hizo Nieves y yo escribí los de Paco el Bajo y Azarías. De lo cual me alegré porque a mí me gustan las armas de fuego y prefiero que haya tiros en las películas. Taco se iba a Zahara de los Atunes y Mario y yo nos quedamos en Madrid. Nos dimos un mes para escribir nuestra parte. Mario me llamaba de vez en cuando: “¿Cómo vas?” “No he empezado”. Me daba respeto Delibes y siempre lo paso mal al comenzar. Las veinte primeras páginas son un sufrimiento. Y de pronto, una noche me puse a escribir y lo escribí en una semana. Había hablado con cazadores que me contaron detalles interesantes y lo escribí con facilidad. Claro, que no había que escribir diálogos, porque casi todos estaban en la novela, con ese ritmo maravilloso de Delibes. Decidimos que Quirce fuera al manicomio a visitar a Azarías y que le llevara la cruz de la Niña Chica… Y eso lo escribí en un ratito. La muerte de Iván no me costó nada. No tenía dudas, sabía lo que era aquello. Éste es el final de la novela: “Las piernas del señorito Iván experimentaron unas convulsiones extrañas, unos espasmos electrizados, como si se arrancaran a bailar por su cuenta y su cuerpo penduleó un rato en el vacío, hasta que, al cabo, quedó inmóvil, la barbilla en lo alto del pecho, los ojos desorbitados, los brazos desmayados a lo largo del cuerpo… Mientras Azarías, arriba, mascaba salivilla y reía bobamente al cielo, a la nada… Milana bonita, milana bonita, repetía mecánicamente… Y en ese instante, un apretado bando de zuritas batió el aire rasando la copa de la encina en que se ocultaba”. Éste es el párrafo final… Todavía se me ponen los pelos de punta. Yo estaba escribiendo el final de la película y leía lo del “bando de zuritas”… Ésa es la diferencia entre novela y película. En la novela tiene un sentido trágico. Pero en la película cambia, está lleno de esperanza, porque cuando Quirce sale del manicomio, y va por la calle, levanta la cabeza y los ve… La vida fluye y todo cambia. La última vez que hablé con Mario me preguntó: “¿Ese final es tuyo?”

 

– Qué acogida tuvo?

– La estrenaron en el cine Coliseum un jueves a las cuatro de la tarde. Y el cine estaba lleno. Acabó la proyección y la gente rompió a aplaudir. Pasó lo mismo a las siete. Y, por la noche, en el estreno oficial, lo que pasó lo he vivido esa vez y nunca más. He oído aplausos y lo que quieras, pero lo de la noche del estreno de Los santos inocentes… En el momento en que Azarías cuelga al señorito Iván, el público se puso de pie y rompió a aplaudir y a gritar: “¡Bravo!”, mientras Miguel Delibes se echaba las manos a la cabeza y decía: “No es esto, no es esto”… Eso ni yo ni ninguno de los que hicimos la película lo hemos vuelto a vivir. Tanto es así que cinco meses después pasando en taxi por delante del cine el taxista me dijo: “¿Ha visto usted esta película?”  “Sí” “Qué buena es ¿verdad?” “Sí” “Es que lo que cuenta, es verdad. Esta película cuenta la vida de mis padres”. Fue a Cannes y funcionó como un tiro. Dirck Bogarde, que estaba en el jurado, le dijo a Mario: “Tu película es la mejor. Es la única, lo demás son tonterías”. Pero Jorge Semprún estaba también en el jurado y dijo que la película era otra vez la miseria de la España de siempre… Digo yo que pensaría eso. No estuve allí porque cuando la película fue a Cannes yo estaba en Bétera, pero como soy guionista puedo inventar lo que quiera.