Ars combinatoria

CHEMA MADOZ

La exposición “Ars combinatoria” de Chema Madoz está teniendo una amplia aceptación por el público visitante asiduo u ocasional del Museo de Arte Contemporáneo Esteban Vicente de Segovia. Si acaso aún no la ha visto, no lo dude y como un postrer regalo de este tiempo consumista por excelencia, regálese a sí mismo una visita y aproveche los últimos días y disfrute con esta completa exposición que representa fotografías en 70 imágenes de la trayectoria del fotógrafo madrileño, fechadas entre los años 1987 a 2007, todas en blanco y negro y, como siempre, sin título, en una decisión consciente para no influir en la interpretación del espectador. La exposición es una selección muy cuidada de los fondos de La Fábrica, comisariada por Oliva María Rubio, directora artística de La Fábrica, que en colaboración con el Museo ha organizada la exposición.

La exposición actual confirma la voluntad de continuidad del museo a pesar de las dificultades institucionales y económicas. Ha sido un acierto la programación de la exposición de Chema Madoz y un buen aval para dar crédito a la viabilidad del Museo.

La obra de Chema Madoz “está en el museo que debe estar”, decía Oliva María Rubio, para indicar la relación amigable entre las fotografías de Madoz y el entorno limpio y habitable del Museo, un espacio a la medida de la mirada humana y con las dimensiones y escalas oportunas para dialogar con los objetos que Madoz ha reunido y creado a lo largo de sus años.

De sobra sabemos el cuidado extremo y preciso que Madoz pone en las composiciones, enfoques, escalas, iluminaciones de sus objetos imaginarios, para que nuestra mirada les dote de una veracidad creíble e identificable en la permutación de objetos, salto de planos de realidad.

Las fotografías de Madoz tienen la ventaja y el inconveniente de ser casi todas conocidas por su amplia difusión en los más varios soportes y medios de comunicación (24 ilustraciones de las obras de Madoz para revistas, periódicos, suplementos, libros, carteles en la exposición), pero esta experiencia dual nos obliga a ver la exposición con una exigencia de mirada paciente, de ver y rever lo ya visto, sin prisas, sin simplones reconocimientos ni confirmaciones cómodas. No hay que conformarse con ver lo que ya se cree conocer. Merece tal vez la pena ver con insistencia, con familiaridad, para superar las trampas que Madoz propone a nuestros ojos demasiado precipitados por el exceso de imágenes que nos invaden a diario. Solo así seremos capaces de desvelar sus secretos, sus claves, sus enigmas, más allá del aparente juego visual. Las propuestas de Madoz no se agotan en un elemental juego perceptivo, no es una creación gestaltista. Siempre hay pistas suficientes para desvelar la metamorfosis de los objetos que nos sugiere el creador.

La fotografías de Madoz compone sus imágenes no sólo con objetos encontrados, sino también jugando con elementos de la naturaleza. Una vez la idea es concebida en su mente, la ordena y la construye para ser fotografiada -la fotografía es para el artista un registro de la memoria que le permite fijar una idea- dando lugar a la imagen final, a la obra. Chema Madoz se considera un escultor de objetos que opera desde el punto de vista de un fotógrafo. Pero también podríamos considerarlo como un poeta visual o un artista conceptual, ya que su actividad artística parte de un proceso mental e intelectual, como nos comenta Luís Arenas.

Pero no nos engañemos, Madoz parte de objetos y recrea objetos. Y los objetos no son meras cosas. El objeto es lo que ponemos ahí, a veces fuera y otras dentro de nuestra misma mente, proyectando nuestras configuraciones y representaciones. Madoz se sitúa en la tradición fenomenológica, no hay objeto sin sujeto ni viceversa. De ahí que el diálogo con los objetos fotografiados por Madoz nos induce a un cuestionamiento de nuestro mismo yo, a una recomposición de nuestro sujeto sorprendido, incluso extrañado. Por eso son objetos que nos atraen e inquietan, nos retan e implican, nos duplican y replican. Haya o no espejos, los objetos de las fotografías de Madoz nos espejean, son real y etimológicamente especulativos de nuestro sujeto despistado, demasiado distraído y adormecido por la dieta bulímica de imágenes a que nos vemos sometidos. Los objetos de Madoz no solo son trucos ingeniosos, sino realidades que superan la mera virtualidad de un mundo digital. Madoz es artesano, escultor, diseñador, poeta, imaginero, antes que fotógrafo.