De Frutos forma parte de una investigación que aborda la opinión que suscitan los contenidos en las redes. / KAMARERO
De Frutos forma parte de una investigación que aborda la opinión que suscitan los contenidos en las redes. / KAMARERO

No dan tanto miedo como los tanques y misiles. Pero hace años que se convirtieron en un arma de uso habitual. La guerra ya no se libra solo en las calles. Al tiempo que los primeros bombardeos sacudían a una Ucrania horrorizada, lo hacía a su vez un flujo incesante de informaciones falsas que encontraban su altavoz en las redes sociales. Esto es solo un ejemplo de cómo las famosas fake news juegan también su partido.

Hay quienes consideran que hablar de la “verdad” en redes sociales no es tarea fácil. De ahí que estas plataformas sean el eje sobre el que giran un buen número de estudios, como es el caso de ‘Verdad y ética en las redes sociales’, realizado por la profesora titular del área de Comunicación Audiovisual y Publicidad en el Campus María Zambrano de la Universidad de Valladolid, Belinda de Frutos, junto con otra docente del Campus de Segovia, Mari Cruz Alvarado, y de la Universidad de Turín.

Este proyecto de investigación aborda la opinión que suscitan los contenidos que circulan en las redes sociales y la credibilidad y confianza generada. Para ello, tomaron como muestra a estudiantes de Bachillerato, Formación Profesional y Universidad de entre 16 y 26 años de tres ciudades distintas: Segovia, Sevilla y Madrid. Y es que las redes sociales son una ventana al mundo de la que parecen haberse apoderado noticias que alimentan el llamado ‘desorden informativo’.

— ¿La guerra en Ucrania es un claro ejemplo de difusión de noticias falsas en redes? Hay quienes hablan de una ‘guerra de la desinformación’.

Claramente. Bastante tiempo antes de la guerra, Rusia ya ensayaba los ataques a través de las fake news porque sabe que es otra herramienta más de influencia, muy potente e importante. Por eso es fundamental la labor que están haciendo los corresponsales en la guerra, porque nos trasladan lo que está pasando con independencia. Por ejemplo, hay muchas imágenes que no pueden ser verificadas, lo que no quiere decir que sean falsas. Dentro de Rusia están haciendo su propia lectura de lo que ocurre.

— La pandemia es otro ejemplo de tsunami de fake news.

Sí, aunque con matices diferentes. En la pandemia no hay una motivación de que ganen unos frente a otros. Hubo un momento en el que el miedo marcó a prácticamente toda la ciudadanía, que se veía susceptible de ser amenazada. Muchas de las noticias falsas que surgieron tuvieron amplificación y recorrido porque hubo mucho miedo entre la población. Si esto no hubiera ocurrido, podrían haber surgido fake news, pero no hubieran tenido mayor alcance. Quiero creer que detrás de las corrientes negacionistas no había un interés, como es el caso de Rusia.

— ¿En la actualidad, las redes sociales son la cuna de las noticias falsas?

No son la cuna, pero son el altavoz. La cuna responde más a intereses distintos. El primer interés viene de la propia arquitectura de las redes sociales, que necesita que haya cientos de personas en ese espacio para rentabilizarlas. Cuanto más ruido generen los contenidos (porque son polémicos, polarizan…), significa que habrá más difusión y más ingresos económicos.

—¿Qué se esconde tras las fake news?

La información errónea que, por simplificar, puede ser voluntaria porque hay intenciones tras ella, como posicionar a la opinión pública, o involuntaria, porque la información omite partes o se difunde sin perseguir ningún interés.

Detrás de la información falsa puede haber propósitos intencionales para sacar algún beneficio a cambio, como puede ser posicionar a la opinión pública sobre un tema: esto está ocurriendo en Ucrania, donde ambos bandos están tratando de influir sobre la población.

Cuando esa información no cierta se hace circular buscando un beneficio, estaríamos hablando de desinformación. Pero también cuando se hacen memes, sátiras, parodias… se habla de información que no es exacta, aunque el fin es lúdico, no hay una intención de sacar un beneficio.

— ¿Cuáles son las características de estos contenidos que hacen que la gente confíe en ellos y acaben virilizándose?

En la investigación se recoge que lo que hace la propia dinámica de las redes sociales es viralizar contenidos y, cuando estos se refieren a noticias falsas, esa información se difunde con más rapidez y con mayor alcance.

Los contenidos con una fuerte carga emotiva se difunden mucho más rápidamente, por cuestiones que son sorprendentes, cruentas, catastrofistas, que nos tocan el corazón, la fibra… Es decir, ante cosas que pueden ser amenazantes, nuestra respuesta es mucho más inmediata y menos reflexionada. Esto se difunde y esa difusión hace que se alcance con rapidez a otras muchas personas.

En la mayoría de los casos, ese componente emocional es negativo, que funciona mucho más, aunque también puede ocurrir con emociones en sentido positivo.

— ¿La cultura de la inmediatez influye también en la percepción de la calidad de la información en redes y en su difusión?

Los jóvenes son sensibles a esto, es decir, se dan cuenta de que en las redes hay muchas cuestiones que no son ciertas, que hay mucha polarización, se genera polémica… Cada vez somos más conscientes de esto, lo que es el primer paso, pero no quiere decir que no siga pasando. Los propios algoritmos de las redes sociales hacen que los contenidos más viralizables sean más visibles, por lo que engrandecen más este tipo de respuestas.

Por eso cuando hablamos de la educación en medios, decimos que es importante tomar consciencia de esto para tratar de emprender acciones para actuar o que no se extiendan tanto.

Un acceso crítico

— En los últimos años han surgido muchas iniciativas para combatir la difusión de noticias falsas.

Sí, permiten comprobar las noticias. Algunos ejemplos son Maldita.es o Verifica, de RTVE, que se han ido creando con la idea de tener un sitio en el que, ante una duda, se puedan contrastar y comprobar informaciones.

— Pero la cantidad de información que hay hace que esto no sea sencillo. 

A veces no es tan fácil contrastar porque la cantidad de información que recibimos es ingente. Como usuarios, no podemos ir comprobando cada contenido para ver si es falso o no. En el caso de las imágenes, es mucho más difícil identificarlas y comprobarlas. En un momento determinado, puedo teclear a ver si un contenido es o no falso, pero las imágenes son más fácilmente manipulables y, además, ahora hay técnicas para que sea aún más sencillo hacerlo. Por ello, aunque se hagan ese tipo de acciones, vamos a seguir expuestos a una gran cantidad de información sobre la que es muy difícil saber si es o no cierta.

— Por tanto, es complicado pasar un filtro en redes sociales, es decir, acceder de forma crítica a los contenidos.

Sí. Además, otros trabajos de investigación ponen de manifiesto que, cuando por ejemplo se difunde una información falsa y después se desmiente, los efectos de esa información prevalecen en el tiempo. El hecho de que se desmienta después, no cambia la credibilidad que tú tienes sobre ese contenido.

Muchas veces, el hacerse eco de un contenido aunque solo sea para denunciar que no es cierto, hace el efecto contrario; provoca que se hable sobre ello y que este sea más accesible. Con el paso del tiempo, se separa quién lo dice del contenido y ya no se sabe quién lo ha dicho. Este tipo de efectos se ha visto que perdura con el tiempo.

Factores que influyen

— ¿Se puede concluir que los jóvenes desconfían cada vez más de lo que leen en redes?

Dentro del colectivo que hemos estudiado, los hay que son más desconfiados. Nos hemos encontrado que solo el 17% de los jóvenes había comprobado noticias alguna vez en la última semana.

— ¿Influye el nivel educativo?

En ese 17%, hay un efecto del nivel educativo. A medida que este es mayor, el porcentaje aumenta, es decir, hay más personas que comprueban, son más críticos, tienen más visión de las consecuencias…

— Además, no todos los jóvenes utilizan de igual forma las redes.

La parte más novedosa del estudio es que distinguimos entre dos perfiles de usuarios; mientras que un pequeño porcentaje son muy activos creando contenidos y participando dando su opinión en las redes, la gran mayoría de usuarios los podemos llamar ‘espectadores’, son activos en redes sociales para entretenerse y comunicarse y compartir, pero con su círculo pequeño.

Los que son más activos creando contenidos y dando opinión son más activos también contrastando noticias. Esto es algo que nos sorprendió.

— ¿Qué recomendación se desprende del estudio?

Una de ellas es que se necesita restaurar la confianza en la fuente de información. El entorno informativo y de entretenimiento de los jóvenes está en Internet, no podemos pretender que vayan fuera de la esfera digital, a contrastar la información a los medios tradicionales. Han de encontrar lugares en los que se pueda confiar porque necesitan tener referentes en caso de duda.

El fenómeno de la Infodemia

—¿Por qué proliferan este tipo de noticias y bulos en un momento de la historia en el que el acceso a la información es universal?

Ese es otro peligro. Se habla de la infodemia: hay tanta información, que no sabes dónde encontrarla. Estamos intoxicados de la cantidad de contenidos que hay.

También se habla de la ‘economía de la atención’; si abro una red veo infinidad de contenidos, pero yo no estoy decidiendo dónde voy. Entonces me voy a Twitter a ver qué ha pasado, en lugar de seleccionar yo. Si sigo a cinco personas en Twitter porque las he elegido, sería una dieta mucho más sana, que si me voy al puesto de chuches, que me van a poner cosas muy atractivas pero que no se qué calidad tienen. Si mi tiempo está ocupado viendo las chuches, ya no me queda atención para ir a la comida sana.

— ¿Los medios de comunicación y el clickbait tienen parte de culpa?

También. Lo que hay detrás es una búsqueda de financiación, pero con ese clickbait además se está contribuyendo porque estás creando reclamos que sabes que van a hacer caer a las personas. Esos click van a dar entradas y eso se traduce en dinero para financiar el contenido.

— ¿En la proliferación de los bulos entra en juego el sesgo de confirmación?

Sí, ese es otro de los elementos. Es lo que se ha llamado ‘fenómeno burbuja’; en el fondo de todo están las creencias. Si yo creo firmemente en una cuestión, lo que voy a buscar es información que confirme mi creencia, de tal manera que me voy reafirmando, evito cualquier contenido que vaya en contra de eso y, cuando me lo encuentro, lo desacredito y descarto.

En el caso de la pandemia, los argumentos de la comunidad científica no servían para cambiar la opinión de los negacionistas.

— ¿Qué futuro cree que le esperan a las redes?

Creo que se van a mantener, habrá cambios, surgirán nuevas plataformas, otras se desgastarán… Lo interesante sería ver cómo se van a utilizar en el futuro. Una de las cosas que ha pasado ahora es que las redes se usan mucho porque, sobe todo, son un nexo de interacción social, y también permiten saber que está pasando.

Las redes sociales se han convertido en las fuentes de información de la actualidad y se ha perdido la función puramente informativa de los medios. Pienso que se va a recuperar el utilizar fuentes fidedignas para saber qué está ocurriendo.