Foto: Lara Padilla

En el teatro de San Nicolás se ha cumplido una vez más el rito del teatro. Andrea Díaz Reboredo nos ha convocado para abrirnos la puerta de su casa. Entramos gustosos porque vemos que la mesa está colocada, mesas y cucharitas perfectamente distribuidas, y una disposición muy buena para que el espectador cómodamente pueda ver cada uno de los infinitos detalles que componen esta maravilla escénica.

Los nombres a menudo constriñen, reducen o no dan fe, pero si algún trabajo teatral merece el nombre por derecho propio de llamarse teatro de objetos, este es sin duda uno de ellos, porque en esta obra, construida encima de una mesa de trabajo, todo lo que aparece está cargado de sentido, capas y capas de maderitas y cajitas nos hablan de una casa familiar. Edificada, habitada y transformada a medida de las sucesivas generaciones, esta casa en la que Andrea nos introduce hábilmente, es su propia casa y la de sus antepasados. La cosa comienza más de cien años atrás y llega hasta hoy.

Andrea, con una presencia escénica sencilla, cercana y eficaz, con movimientos de sus manos y dedos precisos, limpios y seguros, nos atrae hacia ella; y de la misma manera que mete uno de sus objetitos en el bolsillo de su pantalón, nosotros caemos rendidos, y cuando la función termina no queremos salir, y nos demoramos y nos entretenemos porque ella nos invita con generosidad y sin tiempo a remirar todo aquello con lo que ha jugado.

EL punto, el lugar donde empieza todo—, va y dice, y lo dibuja en el papel que cubre la mesa, desde ese punto dibuja una línea y nos pregunta —¿camino o límite? Alguien del público dice camino, y después esparce un puñado de tierra marrón y como un monje zen que dibuja un jardín en la tierra nos hace con los dedos, arrastrándolos por la tierra, un campo arado, y luego un ejército de tierra avanzando, y un rio que desemboca en el M.A.R.

Y con este nombre, marcado en la tierra recogida en un platito, designa el nombre con el que alguien de su familia firmaba sus proyectos arquitectónicos.

Andrea recoge y abraza el papel sobre el que ha puesto el pilar de su espectáculo y su sonido es el del mar, y esto también nos dice cosas de la casa.

La primera casa se construyó entorno a un árbol, y a partir de ese momento suena el violoncelo, parece un homenaje al acierto por introducir el mundo verde desde el principio. Daniel León nos trae esa sonoridad de voz humana, su intervención sonora en M.A.R añade más belleza a lo que se nos muestra, es delicada y absolutamente afín al relato.

En la mesa viva, Andrea nos muestra en sucesivas capas, análogas a las trasformaciones que se suceden en la casa, cambios por los que el hogar, o ella en un recorrido a la inversa, transitan. Constelaciones anímicas y familiares se superponen haciéndose y deshaciéndose, y junto a ellas, nosotros, testigos de algo único y singular en este viaje de ida y vuelta.

Y cuando pensamos que el lecho con el que trasiega en alguno de los momentos es el último, aún hay otro, y otro y otro, como si Andrea escarbara en la tierra escarba en su mesa mientras generaciones de su gente se levantan. La casa que se transforma viene de atrás, avanza y es mordida por el tiempo, cómo el ladrillo roto. La casa en el relato hablado de Andrea se asemeja a esa casa, pero en las acciones se invierte, como si se reflejara en un espejo. Parece, como si la primera casa que construyera su antepasado contuviera ya en ella y desde el origen la semilla de las sucesivas trasformaciones y el paso de las distintas generaciones hasta llegar hasta hoy y hasta Andrea. En retorno.

Qué hace un arquitecto, dibuja un plano en horizontal para después auparlo a la vertical. Con este gesto se construye una casa, o un espectáculo, ¡ahí es na! Se nota que Andrea es de familia de arquitectos, y se nota su formación en Bellas Artes, pero sobre todo lo que se nota es su talento para integrar eso, que ella conoce par coeur, y conectarlo con nosotros.

La vida que prosigue cambia la casa, pero tanto o más el entorno, todo lo que hay a su alrededor se puebla de edificios, de otras construcciones, el mundo cambia, un mundo que en algunas zonas se asfixia de superpoblación y en otras se despuebla y desaparece, sabemos que Andrea trabaja en esos lugares vacíos y que le gusta hacer pequeñas muestras de su trabajo en la casa de la gente que lo solicite. Esto no solo nos tranquiliza, además nos alegra, porque sabemos que de todo esto solo puede salir cosa buena.

Ficha artística

Autora e intérprete: Andrea Díaz Reboredo.
Mirada externa: Xavier Bobés Solá.
Construcción objetual: Andrea & Pablo Reboredo.
Música original: Dani León.
FUNCIONES EN TITIRIMUNDI: Teatro de San Nicolás, 2, 3 y 4 de septiembre.