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La imponente estampa del pinsapo evidencia los signos del deterioro que obligan a su tala. / JAIME GUERRERO

La plaza de la Reina Victoria Eugenia perderá la próxima semana uno de sus elementos naturales más singulares, como es el imponente pinsapo situado frente a la fachada del Alcázar, plantado en la década de los 50 del pasado siglo. El irreversible estado de conservación del árbol ha obligado al patronato rector de la fortaleza a ordenar su tala controlada, que se concretará la próxima semana, tras resultar infructuosos los tratamientos fitosanitarios realizados en los últimos meses para intentar salvarlo.

En una nota de prensa, el patronato señala que en el segundo trimestre del presente año, se detectó la “posible decadencia” de la conífera, cuyo principal y más visible síntoma fue la afección foliar en la copa del ejemplar, con la necrosis de las acículas. De esta manera, se puso en marcha la adopción de medidas para el diagnóstico del estado real del árbol, así como para tratar de revertir la afección que padecía, evidenciada ya en el transcurso de las obras de remodelación de la plazuela que concluyeron el pasado año.

A tal fin, se consultó con expertos en árboles singulares de la Comunidad de Madrid, desplazados expresamente a Segovia, así como con una empresa especialista en la diagnosis del estado de este tipo de árboles. Las consultas derivaron en medidas específicas como la realización de tomografías sónicas tanto del tronco como de las raíces para conocer su estado interno y detectar problemas estructurales que pudieran afectar a su estabilidad.

Las pruebas determinaron que el pinsapo tiene un “escaso” sistema radicular, atribuido por los expertos a “la pobreza y compactación del suelo en el que se asienta”, lo que ha provocado una situación de anoxia –disminución de aporte de oxígeno- que dificulta la pervivencia del ejemplar.

La precaria radicación del pinsapo fue constatada por el hecho de que en el análisis no se apreciaron apenas raíces que sustentaran el árbol a más de cuatro metros de distancia del tronco, cuya madera presentaba también un estado deficiente.

A pesar del diagnóstico definido por el patronato como “desesperanzador”, se emprendieron una serie de tratamientos fitosanitario con el objetivo de tratar de conservar el árbol; basados en la monitorización del agua de riego, la aireación de la capa superficial del terreno y el aporte de fitohormonas con contenido en auxinas para potenciar la regeneración del sistema radicular.

Pero el esfuerzo no ha fructificado, y en la última monitorización del árbol realizada en agosto se ha constatado “la ausencia de cualquier brote foliar con actividad fotosintética y la aparición de una grieta en el eje de una raíz en la zona de tracción del árbol, que ha incrementado su inclinación natural”, por lo que se decidió de forma inmediata acordonar la zona más próxima en evitación de cualquier contingencia y posteriormente la tala controlada de esta conífera.

La tala se llevará a cabo en la próxima semana, y los trabajos han sido comunicados al Ayuntamiento de Segovia y al Servicio Territorial de Medio Ambiente de la Junta de Castilla y León, ya que la eliminación del árbol implica la retirada de un nido de cigüeña ubicado en la copa, para lo que es preceptiva la autorización regional.

Un jardín proyectado sin grandes árboles

Según consta en la historia reciente del monumento, las primeras plantaciones de árboles en el recinto datan de mediados del siglo XIX, con la creación de dos paseos arbolados paralelos a las murallas norte y sur, tal y como recoge el plano de Francisco Coello de 1848.

Tras el incendio del Alcázar en 1862, el arquitecto Odriozola planteó un nuevo diseño para la plazuela basado en un jardín central y un paseo elíptico circundante, que originalmente no contemplaba la introducción de grandes árboles, sino de setos y arbustos de porte bajo para no ocultar la visión del Alcázar y del monumento a Daoíz y Velarde obra de Aniceto Marinas.

A mediados del siglo XX, se planteó la posibilidad de introducir coníferas en los parterres de la plazuela, en la línea de plantaciones llevadas a cabo en la misma época por el ingeniero de montes Joaquín María de Castellarnau. Así, fueron plantadas especies como cedros del Líbano, abetos del Cáucaso y abetos blancos y un pinsapo, de los que se conservan a fecha de hoy varios ejemplares, entre los que se se incluye el próximo a desaparecer.