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Valentín Bravo junto a su hijo Alosa en la iglesia de San Antón de Madrid. / JESÚS G. FERIA - VN

Valentín Bravo fue el párroco de la iglesia de San Eutropio de El Espinar durante 31 años. En 2018 se acabó su servicio pastoral allí y se trasladó a Madrid junto a su hijo Aleksey, conocido por todos en la localidad como ‘Alosa’. Desde su llegada a la capital ha trabajado codo con codo con el padre Ángel en la parroquia de San Antón, desde donde ahora cuenta cómo se convirtió en el primer sacerdote en adoptar un hijo para la revista ‘Vida nueva’.

“Todo comenzó –recuerda Bravo– en 1998, cuando promoví con varias familias de la parroquia que trajéramos en verano a decenas de niños de Bielorrusia que estaban afectados por el desastre nuclear de Chernóbil, pues aquí podrían disfrutar del aire puro y de un ambiente cálido y cariñoso. Lo hacíamos cada año, llegando a venir algunas vacaciones hasta 75 chavales. Tuvimos que dejarlo en 2010, cuando la mayoría de los chicos eran mayores de edad y ya no podían venir. Nos dio mucha pena, pues fue una experiencia maravillosa para todos y hubo una fuerte implicación de la gente”, asegura en ‘Vida nueva’.

En el año 2000 ocurrió algo que cambió la vida del sacerdote. Conoció al niño de seis años que en 2002 pasó a ser su hijo convirtiéndose en el primer sacerdote al que se le permitía una adopción. Con todo, Bravo destaca cómo su hijo y él no han estado solos en este caminar, ampliando su condición de familia: “En mi parroquia, esta situación tan especial fue aceptada con gran naturalidad por todos y, de hecho, varios matrimonios se volcaron con nosotros para apoyarnos en lo que íbamos necesitando. En este sentido, quiero destacar especialmente a Nati, casada con Juan Manuel. Ella y sus hijos, María y Juan Manuel, son para Alosa como su madre y sus hermanos; de hecho, él los llama así… Los propios María y Juan Manuel están casados y son padres”.

En el año 2018 los caminos de Bravo y de El Espinar se distanciaron. Junto a su hijo, se trasladaron hasta Madrid donde ahora los dos trabajan en el proyecto ‘Mensajeros de la Paz’, del padre Ángel.

En un día a día en el que “ambos nos aportamos cosas el uno al otro, él me regala su alegría y su bondad. En absoluto me ha limitado en el ejercicio de mi sacerdocio. Al revés, me ha enriquecido muchísimo. Ahora, cuando estoy ante unos padres o unos jóvenes, les entiendo mucho más y les siento más cercanos. Sin duda, soy mejor cura gracias a mi hijo”.