Museo del Pastor, Gomezserracín

En pleno corazón de Gomezserracín se encuentra el Museo del Pastor de Cruz Nieto, que vuelve a las páginas de este diario tras hablar en una entrevista sobre su profesión y el oficio tanto de pastor como de agricultor. No se trata de un museo oficial ni registrado como tal, pero por lo que alberga en su interior, sí podría serlo. Recibe alguna visita concertada, sobre todo de cara al público más joven, que encuentra dentro multitud de objetos que describen una forma de vida que ellos no han conocido, y casi tampoco sus padres. En apenas unos siete u ocho metros cuadrados se encuentra una ventana al pasado más rural, a maneras de vivir y trabajar que es necesario recordar para entender cómo se vivía antes y cómo se vive ahora.

Una de las cosas que Cruz cuenta y muestra es cómo se ataba el vencejo con paja de centeno, antes de que llegara el hatillo. Se cortaba el centeno, se ponía en manojos y se  pegaba contra una tabla para que saliera el grano. Cómo se anudaba, se mojaba para que no partiera la paja, cómo se tapaba con una manta para que “no se oreara” son algunas de las peculiaridades que describe. Muestra también el bieldo, un instrumento tallado completamente a mano, como se hacía todo. Era todo tan manual que hasta la compra del pan se “apuntaba” en una “tarja”: un listón de madera con el nombre del antiguo panadero en el que se hacía una muesca por cada hogaza comprada. Al completar todo un lado, se “echaba la cuenta”, para pagar.   

Entre todos los aperos del campo conserva también un arado romano, que se colocaba en los yugos. Con ese arado no había prisa, porque todo era absolutamente manual, surco a surco. Y a su lado, los yugos; uno de los que más llaman la atención es el de oso: a un lado la vaca o el buey, al otro, un macho, una mula o un caballo. Y de ahí su nombre, porque para parar a la vaca se utiliza el “O”, y para parar al macho “so”.  A su lado está el yugo de corredera, para elegir el espacio entre surcos, todo de la manera más artesanal que hoy en día se pueda imaginar.

El recorrido continúa contemplando unas aguaderas, que se usaban para transportar encima de los machos: era propio para la basura que se echaba por las tierras como abono. A su lado, la albarda: al subir al burro “la gente hacía culera”, así que  para no clavarse la columna del animal e ir más cómodo, se usaba esta pionera silla de montar; se utilizaba sobre todo para ir a las fiestas, también para que no se manchara el traje. Con más de dos siglos hay dos utensilios que servían para orear la tierra de achicoria, maíz o remolacha; la tierra dura, con las tormentas, se quedaba apelmazada, y era necesario usarlo para facilitar que salieran las raíces, por supuesto, surco por surco. Entre todos estos aperos están las “medias”, que eran un instrumento de medida por volumen, no por peso. “Tres medias hacían fanega y media: se llenaba de grano y se pasaba una tabla para rasarlo”, porque antes, se pagaba en medias.

Guarda Cruz en este su particular museo utensilios de lo más singulares, como uno para esquilar que también es la muestra del esfuerzo que tenían que hacer antes, y lo que hoy se hace en la mitad de tiempo, tan solo con enchufar la esquiladora. Un metro de madera de los albañiles, tablas de lavar, planchas de todas las épocas y un sinfín de recuerdos, hasta un boletín de las notas. Botijos, tinajas de todos los tamaños, porrón, platos, maletas de madera, cubiertos de la época, y hasta una colección de monedas en las que se puede ver “la perra gorda”, son otras de las curiosidades de este museo.

Queda también una talega hecha de cáñamo, porque en la zona antes se sembraba en gran cantidad. Con otro utensilio de madera hilaban estas talegas, que poco tienen que ver con los sacos de ahora, por su resistencia. Igualmente, se puede encontrar una colección de diferentes “ceazos” (cedazos), lo que se conocería como cribas. Por ahí pasaba la harina para quitar las impurezas; según la forma y tamaño de los agujeros o la tela, también se limpiaba el grano de cebada, trigo o centeno.

Por supuesto, no faltan todos los instrumentos necesarios para realizar la matanza del cerdo, que era el sustento de la familia en los meses más duros. La artesa de madera para adobar la carne y las costillas, el tajador para hacer picadillo o embutido, y los ganchos para curar los chorizos son parte de esta singular y única colección.

EL LUGAR

El museo es un antiguo pajar hecho completamente de adobe, y calcula Cruz que la construcción tenga más de 400 años. Tanto su mujer como él lo han conocido como pajar toda la vida, hasta que se fue convirtiendo en este rincón que es hoy. Está todo hecho de adobe, y esos adobes realizados con el “mencal”, el molde, que también está expuesto. Explica Cruz que se cogía terreno duro, arcilloso, y se amasaba bien con los pies; se metía en los moldes y se dejaba secar un tiempo para después utilizarlo en la construcción. En otros lugares se incluía paja en esta fórmula ancestral, e incluso roñas pequeñas para que absorbiera la humedad. “Con esto no entra ni calor ni frío”, cuenta Cruz. En el pajar antes había un bocino, que era el agujero por el que meter la paja por lo alto. Hoy en día está tapado, pero aún se ve dónde estuvo, como otra marca más de la historia de este particular lugar.

Para visitar el museo es necesario contactar con Cruz, que suele pasar tiempo en este, su refugio, donde el tiempo ha permanecido impasible entre sus paredes, guardando un trozo del pasado.