Trabajos de exhumación en la fosa de El Espinar. / E.A.

El pasado 1 de septiembre se llevó a cabo en el cementerio municipal de El Espinar la exhumación de una fosa común de la Guerra Civil en la que los voluntarios de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica buscaban los restos de Eugenio Insúa. Su familia durante décadas buscó e investigó sobre su paradero hasta llegar al cementerio de la localidad espinariega.

En dicha búsqueda aparecieron restos de al menos quince personas junto a una alianza matrimonial de Insúa, por lo que todo hacia pensar que efectivamente sus restos se encontraban allí. Ahora, tras la realización de la prueba de identificación genética se ha podido confirmar al 99,999% que la muestra de los restos de Eugenio Insúa y el ADN de su hija Rosa María coinciden.

Lo que en un principio señaló la aparición de una alianza matrimonial ha sido ahora confirmado de manera científica y pone fin a la larga lucha de una familia que durante décadas investigó y sostuvo que sus restos se encontraban en una fosa sin nombre, junto a los de al menos otras quince personas.

La noticia ha llegado a la familia precisamente el día en el que la hija de Eugenio, Rosa María, cumplió 85 años (el pasado viernes), lo que significará poner fin a las décadas de lucha de su familia para recuperar los restos y poder enterrarlos junto a los de la que fue su mujer, Irene Serrano.

Rosa María Insúa tenía solo seis meses cuando perdió a su padre en la Guerra Civil, que ese 25 de julio de 1936 no había hecho más que empezar. El pasado viernes, cuando llegó a sus 85 años, no podía haber recibido mejor regalo por su cumpleaños: las muestras de ADN han confirmado que los restos hallados en la fosa son los de su padre.

“Es como si mi abuelo nos dijera ‘Estoy aquí, me habéis encontrado’”, explica en una entrevista con Efe una de las nietas del aparecido, Ángela Herrera, de 54 años. Ella, como toda la familia, ha luchado durante décadas para que llegara este momento.

Su abuelo, Eugenio Insúa, era funcionario de la Casa de la Moneda en Segovia y cuando, en julio de 1936, se enteró de que se había producido el golpe de Estado, “no se lo pensó”, según relata ahora su nieta, y fue a la localidad próxima de El Espinar para intentar frenarlo, de forma voluntaria. Esto lo sabe la familia porque un día antes de que las tropas sublevadas lo ejecutasen, Eugenio había vuelto a Madrid, de donde era original, con motivo del cumpleaños de su hijo de cuatro años y había informado de su destino a su mujer, Irene Serrano .