Una lección de vida de una cantimpalense

La sanitaria olga matarranz ha vivido en el hospital de getafe algunos de los momentos más duros e intensos de su experiencia laboral con la covid-19

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Olga Matarranz Álvarez, sanitaria del hospital de Getafe, en Madrid, recordará durante mucho tiempo sus vivencias en primera persona luchando y ayudando a sobreponerse a la pandemia de la Covid-19.

“Se ha puesto ante nosotros un escenario que nunca pudimos imaginar… Hablar de Covid 19 era algo hasta ahora desconocido. Un día ves como tu lugar de trabajo cambia, para dar cobertura a esta dura batalla contra a un monstruo invisible que tanto daño estaba haciendo”, relata.

Según Olga su unidad cambió varias veces de denominación para converse en una UCRI (unidad de cuidados respiratorios intermedios). “Nunca antes en el hospital hubo una unidad así. Fue creada en tiempo récord para esta pandemia dando apoyo a las UCIS”. “Fuimos capaces de trabajar coordinados de forma multidisciplinar como si estuviésemos preparados para ello. La UCRI ha permitido el cuidado mediante soporte ventilatorio de forma no invasiva a muchos pacientes graves y ha evitado en muchos casos la entubación en una UCI.

Las puertas cerradas, paredes separando enfermos infectados, trajes herméticos que hicieron perder la identidad de los sanitarios “para convertirnos en seres que cuidaban (como recién llegados de marte o de algún lugar extraterrestre), pantallas, monos, mascarillas, guantes… un sinfín de protección para no ser infectados”, relata. “Se podía percibir nuestras miradas asustadas, con incertidumbre, pero con corazones unidos; vulnerables a veces invencibles, a veces rotos”.

Cuenta esta joven cantimpalense que al principio de comenzar todo este gran problema se vio inmersa en un caos: “Sabíamos que había mucho que hacer pero no por dónde empezar”. “La sensación de incertidumbre era nuestro día a día, desde ese momento pensábamos que había mucho que aprender y sacar conclusiones positivas…había que hacer equipo entre todos y demostrar nuestra profesionalidad”.

Los pacientes llegaban graves, muy graves había que cuidarlos y mimarlos, pues “formamos parte de su familia”. A pesar de todo el esfuerzo, de largas jornadas de trabajo, carreras hacia monitores y timbres y con los recursos que había “en algunos casos pasaba lo peor; también había que aprender de eso. Incluso estando malos nos demostraban su cariño y generosidad aunque fuese nuestro trabajo. Sentir impotencia y angustia era una realidad, cuando se iban solos sin un solo beso y el cariño de su familia”.

Olga dice que desde el comienzo de la pandemia han aprendido a valorar su profesión y a los compañeros que, estando cansados, sin fuerzas sacaban la mejor de las sonrisas. “Errores siempre habrá, y aunque fuimos denominados ‘héroes’ ante todo somos seres humanos y grandes profesionales capacitados para rectificar y aprender”.

Ella reconoce que han estado  muy presionados. “Espero que esto sirva para darnos cuenta de nuestros logros. También nos quedamos con cosas bonitas: ver a pacientes muy graves de la UCI que se iban recuperando; los aplausos cuando se marchaban a casa, la solidaridad de la gente…”.

Matarranz destaca sobre todo el compañerismo, trabajar codo con codo, sentirse orgullosos de pertenecer al gran equipo de la 3A que ha sabido crecerse ante la dura adversidad a la que han tenido que enfrentarse. “Hemos llorado de pena, de impotencia, hasta de alegría incluso; hemos luchado hasta el final en esta guerra sin armas”.  Toda una lección de vida.