El pueblo regaló una capa al párroco, que le entregó el alcalde de Migueláñez. /E.A.
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“Todo pasa y todo queda, pero lo nuestro es pasar… que escribiera el poeta . Y esta ha sido la historia del querido párroco de la localidad Edwing Anaya. Tras unos años en el pueblo ha tenido que hacer las maletas por decisión de la jerarquía (decisión que acatan los vecinos pero que no comparten) para ir a desempeñar su ministerio a tierras valencianas. Se ha ido, pero ha dejado la impronta de su personalidad en todos.

El pasado domingo con gran emoción se despidió el párroco y Migueláñez le tributó un merecido y muy sentido homenaje. Desde el primer momento que llegó al pueblo su labor fue tan cercana y tan humana que se hizo merecedor del respeto, aprecio y admiración de todos. Es increíble que una persona colombiana, ajena al carácter segoviano y costumbres haya sido capaz  de sentirse tan uno más. Cosa curiosa, el Evangelio del citado domingo comenzaba así: “En aquel tiempo solían acercarse a Jesús los publicanos y pecadores a escucharle. Y los fariseos y escribas murmuraban: éste acoge a los pecadores y come con ellos…”. Cuantas veces después de la misa dominical, que era la última que celebraba después de recorrer sus demás parroquias, compartía su alegría con todos tomando una cerveza  en el bar, hablando con todos sin hacer ninguna distinción e igualmente participaba en celebraciones, sorprendiendo siempre por su simpatía y cercanía, transmitiendo alegría o dando ánimo en las preocupaciones.

Siempre recordarán los fieles esas homilías donde sabía aunar  los sentimientos humanos con la espiritualidad más sentida.

¡Qué suerte van a tener los valencianos con este cura colombiano cargado de valores y humanidad!

“Lo nuestro es pasar haciendo camino”, y en ese caminar durante estos años Edwing ha dejado su huella en la parroquia y en el pueblo. Se han conseguido por su mediación importantes logros, entre los que, por citar alguno, se recuerdan las campanas que se han logrado arreglar y electrificar, cuando llevaban años que ya no se escuchaba su voz. La ermita que estaba en un estado ruinoso y que por su mediación se ha logrado restaurar y embellecer, siendo uno de los atractivos del pueblo. Por su mediación se ha conseguido que minusválidos o personas de movilidad reducida puedan acceder a la iglesia mediante una rampa tan necesaria. En estos años se ha hecho un inventario y he aquí que apareció un lignum crucis con su certificación de autenticidad que él decidió que fuera expuesto en una vitrina de seguridad del retablo mayor.

Sin duda ha sido el motor  de las tradiciones que se han reavivado, tales como la Semana Santa, que se ha convertido en una de las más notorias de la comarca; la festividad del Corpus, que ha vuelto a ser, después de años de decadencia, un día grande; la recuperación después de 250 años de la romería de San Isidro, y tantas otras cosas, pero lo importante era la alegría e ilusión que imprimía, y ese saber aunar la tradición y la  devoción popular.

La emoción no pudo contenerse en el sentido homenaje de despedida tributado con una espléndida paella cocinada por el alcalde Frutines, éste  sin duda impulsor siempre de recuperar celebraciones locales que estaban ya en el olvido. Abrazo emotivo sin poder contener las lágrimas del regidor local y de este cura que deja una impronta inolvidable en la localidad y que se lleva  en esa capa española, regalo de todos,  el cariño, respeto agradecimiento y amistad de este pueblo. ¡Suerte Edwing en tu nuevo destino, pero para suerte la de los valencianos de la parroquia donde “aterrices”!