Alumnos de Física, ayer, en los Almadenes. / Kamarero
Alumnos de Física, ayer, en los Almadenes. / Kamarero

Hasta el último boom tecnológico, los arqueólogos excavaban —literalmente— los yacimientos, con la esperanza de encontrar bajo tierra restos de interés que les permitieran confirmar sus teorías. Pero, en pocos años, la metodología de las excavaciones arqueológicas ha cambiado de forma radical. Los avances de todas las ciencias han logrado que, a día de hoy, el arqueólogo sepa, casi con seguridad, lo que se va a encontrar en el subsuelo antes de hincar la pala. De hecho, solamente se excava en un punto cuando se tiene la certeza de hallar lo que se busca.

“Ahora vamos sobre seguro”, resume Mariano Ayarzagüena, director de los trabajos en el cerro de ‘Los Almadenes’. Con esa intención, antes del inicio de la décima campaña de excavaciones en este yacimiento ubicado en Otero de Herreros —del 9 de julio al 3 de agosto— ahora se están desarrollando unos trabajos previos, por parte de alumnos de la Facultad de Ciencias Físicas de la Universidad Complutense de Madrid. El objetivo es claro: localizar dónde se encontraban los hornos donde se elaboraba el cobre. Para ello se recurre a un estudio de ‘anomalías magnéticas’, que permite detectar lugares donde el magnetismo es alto, como ocurre donde antaño hubo un horno. “Es la primera vez que se hace un estudio de esta naturaleza en un área de hornos tan grande; es un estudio pionero en muchos sentidos”, sostiene Ayarzagüena.

En los últimos años se han descubierto en ‘Los Almadenes’ dos baterías de hornos, de época tardorromana. En la primera, cinco hornos, alineados; en la segunda, dos. “Antes de continuar excavando —explica Ayarzagüena— queremos saber si la última batería tiene continuidad por alguno de sus dos extremos, y cuantos hornos más hay”.

Mientras los alumnos de Ciencias Físicas realizaban ayer su tarea, el arqueólogo insistía en asegurar que “no hay en toda España ni un solo yacimiento como éste; ni por sus dimensiones ni por la perduración de la explotación”.

En este sentido, recordaba Ayarzagüena que la producción de cobre en el cerro de los Almadenes comenzó en el Calcolítico, hace entre 3.000 y 3.500 años, y continuó hasta la etapa musulmana. Como no podía ser de otra manera, tuvo épocas de apogeo y otras de declive. Entre las primeras, destacaron los siglos I a.C. y I.d.C., y también la época tardorromana.

Con el cobre obtenido en los Almadenes se comerciaba. Los análisis de piezas arqueológicas de cobre halladas en la vertiente madrileña de la Sierra de Guadarrama han confirmado que procedían del yacimiento de Otero de Herreros. Y Azarzagüena da por hecho que la abundancia de yacimientos de época visigoda en el entorno tiene mucho que ver con los Almadenes, de cuyo cobre se suministraban. Una década de investigaciones en el yacimiento ha permitido descubrir que los visigodos “producían cobre a gran escala” allí.

Quienes explotaron los Almadenes tenían amplísimos conocimientos sobre el cobre y sus peligros. Sabiendo que los hornos emitían gases muy tóxicos, estudiaban con mimo dónde ubicar sus casas, para que a ellas no llegara aire contaminado. “Conociendo la dirección del viento aquí y dónde están los hornos se puede inferir el lugar donde se situaban las casas”, avanza Ayarzagüena.

Este verano, las excavaciones se centrarán en la ladera del cerro donde han aparecido lo que se supone que son “estructuras habitacionales”. De momento, es pronto para saber si allí se albergaban los mineros que producían cobre o los administradores de las minas.