Un grupo de narradoras abrió el festival oral del El Espinar. /JOSÉ REDONDO
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El pasado miércoles, en el XX Festival de Narradores Orales de El Espinar, Simone Negrín mostró como todo es susceptible de convertirse en historia narrada si se sabe cómo realizar ese proceso alquímico. Este italiano, que lleva media vida en España y cuya formación como narrador pasa por Galicia, tiene la enorme capacidad de fijar su atención sobre cualquier acontecimiento o detalle y transformarlo en material de contada; da igual que sea una noticia de hace cuarenta años, una carrera de unos mundiales de atletismo, un documental sobre un equipo de prebenjamines de fútbol o el microrrelato publicado en una cuenta de Internet. Su mirada plástica y analítica dibuja a los protagonistas de las historias con metáforas, comparaciones y ocurrencias, mientras que, al mismo tiempo, va creando la expectativa en el público sin prisa, con un ritmo calmado y gesto sosegado. Después, cuando ya ha creado el clima adecuado desarrolla la historia –un suspiro en comparación con todo lo anterior– que, gracias al terreno tan meticulosamente preparado, estalla en el público en forma de sonrisa. Así, con unas apuestas muy atrevidas y temerarias, consigue que los materiales reales funcionen como cualquier cuento o relato, pues, sus historias están llenas de humor y ternura, e incluso de delicada crítica social.

Negrín llena el espacio con su cadencia y acento italianos, espera la respuesta del público (aunque este año la mascarilla la hace más difícil), busca la sonrisa inteligente, no se conforma solo con la risa fácil del chiste estereotipado. Los valores velados que aparecen en sus historias y, sobre todo, el afecto que despiertan sus personajes construidos con tanta delicadeza y mimo lo alejan de espectáculos como el monólogo y lo acercan a la esencia misma de la narración primigenia del “docere e delectare”. Cuando aparece la bondad o la crítica desde el humanismo, Simone Negrín se hace grande por sí mismo y no necesita apelar a la “escuela gallega” como en la historia de los carnavales de Verín ni enredarse en largos circunloquios como al inicio de la contada, porque él tiene su propio estilo: desmontar las historias, reales o ficticias, trocearlas e írselas ofreciendo al público para que saboree cada detalle hasta que al final todo encaje con gusto y armonía.

La arquitectura de las historias de Simone Negrín llega a ser harto compleja, pues utiliza técnicas más propias de la literatura escrita como contar dos historias paralelas e ir saltando de una a otra, lo cual es tremendamente difícil; no importa, el italiano consigue realizar estas piruetas enlazando objetos y elementos coincidentes en ambas historias. Este planteamiento estructural sería del todo desastroso si Negrín no narrara con tanto sosiego, con tanta calma y sin prisa, seguro al conducir al público sorprendido, expectante y deseoso por saber al punto exacto al que quiere llegar: la ternura o el humor.

Todo está muy pensado, ya que para llegar a este punto hay que tener una mirada sin prejuicios, con la mente abierta y la idea de que se puede encontrar una buena historia en cualquier momento; a esto hay que sumar un arduo trabajo de análisis y reelaboración para apropiarse de las historias de manera que se tenga la seguridad de que dichos materiales, transformados ya en repertorio, causarán la misma emoción en el público –hasta las lágrimas, si es menester– que causaron en el narrador cuando se topó con ellos. En este sentido, Simone Negrín es un claro ejemplo de cómo solo se puede contar aquello que fascina al que cuenta, porque de no ser así, no puede fascinar a quien escucha. Aquí estriba la clarividencia de Negrín: sabe que hay historias que deben ser contadas, por eso las prepara y las cuenta.