SERGIO DEL MOLINO 2
Sergio del Molino dirigió el cinefórum organizado por la Fundación Villa de Pedraza este fin de semana. / FVP

En su biografía de la red social Twitter se define como “juntaletras y ogro”. En la realidad, Sergio del Molino (Madrid, 1979) es escritor de más de una decena de monografías y colaborador de medios nacionales como El País y Onda Cero. Aunque la mayor parte de su vida la ha pasado en la ciudad, uno de sus logros ha sido abrir una nueva mirada sobre la despoblación en su ensayo La España vacía, precursora del concepto que ahora constituye un movimiento ciudadano de dimensión nacional, mejor conocido como ‘La España Vaciada’. Precisamente, ayer visitó la provincia para dirigir el cineclub El éxodo rural español, organizado por la Fundación Villa de Pedraza, que consistió en la proyección de las películas La Aldea Maldita, de Florián Rey, en sus versiones de 1930 y 1942, para posteriormente comentarlas, analizarlas y debatirlas.

— ¿Por qué es importante tratar la cuestión del éxodo rural?

— Es uno de los grandes temas de discusión no solo de nuestro tiempo, sino también de la cultura española contemporánea. Está en el centro de las preocupaciones del país desde hace más de cien años y merece que vuelva una y otra vez, para revisarla y examinar los discursos que se han hecho, pues han ido evolucionando.

— Usted despertó el gran debate sobre la despoblación con su obra La España vacía.

— El salto que se da en mi libro es que se altera la mirada que tiene la sociedad española sobre la despoblación. Deja de percibirse como un fenómeno folclórico, natural, nostálgico y no político para convertirse en una fuente de conflicto.

— ¿Y qué sucede a partir de eso?

— Ahora, hay un consenso amplio de que la despoblación no es solo un problema económico y político, sino uno de los rasgos más definitorios que explican el país por encima de otros que hemos tenido más en cuenta, como la Guerra Civil o los nacionalismos.

— Este año ha publicado Contra la España vacía. ¿Ha cambiado en algo su mirada?

— Sigo creyendo lo mismo, pero me he vuelto más escéptico respecto a la deriva política del concepto ‘España vacía’, luego mutado en ‘Vaciada’. Ha habido cierta banalización de un discurso que era muy complejo y, con ello, hemos perdido muchas oportunidades. Han proliferado un montón de sobreentendidos e ideas vagas que giran en torno a la despoblación, los cuales van por caminos indeseables.

— ¿A qué se refiere?

— Se han extendido discursos sobre culpables y una conspiración política que se han confabulado para vaciar el país. Ciertamente, sí que ha habido acciones que han favorecido la despoblación, pero no es la causa ni se puede reducir algo tan difícil de entender y abarcar en un discurso tan simplista.

— A eso se suman los tópicos.

— Sí, se ha creado una barrera de oposiciones entre un campo idílico y una ciudad corruptora, lo que no ayuda a entender la realidad y solo añade ruido a la discusión.

— ¿A qué se debe la despoblación?

— Las causas son inexplicables, es imposible hacer un repertorio. Se remontan a los albores de la Historia de la Península Ibérica. Simplificándolo mucho, provienen de las repoblaciones que se hacen en la Edad Media, así como del fenómeno de la industrialización. Y más que vaciarse el campo, se abre un abismo demográfico cada vez mayor entre la España rural -que permanece estable- y la urbana -que triplica su población- .

Segovia

— ¿Me podría dar algún apunte sobre la situación de la despoblación en la provincia?

— Comparte la maldición y bendición que tienen las provincias cercanas a una metrópoli: se aprovecha de la cercanía a Madrid, pero a la vez la sufre. Es una dialéctica muy difícil de resolver, hay un flujo diario de personas enorme, lo que incentiva el turismo. Pero eso, a su vez, es un lastre. Sin embargo, no puedes plantearte una vida al margen de tu condición geográfica, sin tener en cuenta esa dependencia a Madrid. Es a su vez tu maldición y tu salvación.

— En el confinamiento aumentó el número de personas que se refugiaron en las zonas rurales de Segovia. Es la llamada población flotante que sobrecargó los servicios de los pueblos.

— Eso es un problema administrativo. Y ahora mismo España, tal y como está organizada, no es capaz de resolverlo. Tendríamos que tener un estatuto especial para provincias como Segovia que tienen esa peculiaridad.

— En cuanto a la pandemia, ¿ha supuesto un aliciente o un impedimento para las zonas rurales?

— En principio, ha sido una catástrofe para todos. Había un optimismo infundado acerca de que se iba a producir un cambio de mentalidad o de forma de vida que iba a revitalizar muchos pueblos. Pero no ha sido así y no parece que vaya a ser así. En todo caso, pondrá de manifiesto mucho más las contradicciones que veníamos arrastrando sobre la despoblación, se le van a ver las costuras de una forma más evidente.

— Muchos confiaban en el teletrabajo.

— Hay varios mantras de los que se esperaba muchísimo. Hace unos años, el turismo iba a ser un motor de desarrollo rural, pero eso no ha sido así en la mayoría de las zonas rurales. Ahora, se cree que la conexión y la banda ancha va a atraer un montón de negocios. Pero los profesionales que pueden permitirse vivir del teletrabajo son muy pocos. Y repartidos por todo el territorio, no tienen un efecto considerable.

— En relación con esto, ¿hay alguna línea de actuación para resolver esta problemática?

— Hay mucha gente trabajando en el Ministerio de Transición Ecológica y Reto Demográfico, con una gran dotación. Si ellos no logran dar con una solución, va a ser muy difícil que alguien la encuentre, la oportunidad que hay ahora es inmejorable. Y yo soy escéptico, creo que no vamos a vivir una repoblación en ningún momento o la reversión de los éxodos.

— Entonces, ¿qué cabe esperar?

— Lo que me gustaría es que, a pesar de los desequilibrios demográficos, desapareciera la sensación que tienen los ciudadanos de la ‘España Vaciada’ de ser ciudadanos de segunda. Es decir, que no influyera el lugar donde vive uno. Para ello, se necesita un rediseño del Estado que nos lleve a eso, que se acaben las guerras de reproches. Y eso más que un reto demográfico, es democrático. Esa sería la verdadera revolución de la España vacía.