Raquel López Casales hizo una sutil reivindicación sobre las mujeres maduras y su forma de contar. /JOSÉ REDONDO
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El pasado miércoles 7, la lluvia perdonó al Festival de Narradores Orales: dejó de lloviznar poco antes de que comenzara la sesión familiar en La Estación de El Espinar y esto permitió que Raquel López Cascales pudiera contar en el patio de la escuela.

Raquel López Cascales viene de Alicante (“de la playa” como le gusta decir a ella) y ha elegido dos metáforas de creación y narración para armar sus espectáculos: cocinar y tejer. Las fronteras entre la narración oral y otras artes son poco nítidas, por lo que en muchas ocasiones cuando se cruzan se pierde la esencia de la narración, mientras que otras veces las técnicas ajenas ayudan y potencian el difícil y austero arte de la palabra. En el caso de Raquel López Cascales, la apuesta arriesgada es acertada y su pasado actoral la lleva a construir un personaje que cuenta historias. Durante la sesión familiar aparece como una madre que cuenta mientras cocina —con sus ingredientes y con su horno delante del público—. O que cocina mientras cuenta un repertorio tradicional (incorrecto, escatológico, con canciones y con niñas devoradas) que asusta, divierte y seduce a los más pequeños. El personaje nocturno es una vecina que hace ganchillo al tiempo que comenta las peripecias de sus amigas y conocidas en materia de amantes. El estar haciendo ganchillo y las respetuosas interpelaciones —así como sin venir al caso— al público crean un clima de complicidad en el que las historias toman forma, con calma, respirando. En La Estación, la narradora no tenía prisa, disfrutaba contando, pues eran sus historias (que también ofreció en forma de libro) y funcionaban muy bien como confidencias en una fresca noche verano, en las que las mujeres de cierta edad volvieron a hacerse visibles pese a las tendencias sociales.

La intimidad que se construía a vuelta de ganchillo, de ademanes que interrumpían súbitamente la labor, asertivos movimientos de dedos, miradas profundas y  sonrisas variadas, chocaba con la visión del micrófono en la cara, necesario aunque incómodo para la narración. Sin embargo, pese a esto y pese a algún hilo suelto en los cuentos y en su entramado,  Raquel López Casales consiguió dar calor a un público que recordó lo frescas que pueden ser las noches de verano en el municipio, arropándolo con una entretenida velada y sutil reivindicación sobre las mujeres maduras, sus posibles amantes y su forma de contar.