Jorge Bunes, subido en lo alto de un pino de 20 metros. / Guillermo Herrero
Jorge Bunes, subido en lo alto de un pino de 20 metros. / Guillermo Herrero

Cuando los pastores, cuya vida transcurría alejada de la comunidad por culpa de su duro trabajo, invadían antaño, en vísperas de Navidad, las calles de los pueblos, se erigían en protagonistas, hasta el punto de convertirse en imprescindibles en los ritos de ese momento. Algo similar ocurre ahora en El Espinar con los gabarreros, un oficio casi oculto durante siglos en sus montes, de incierto futuro, pero al que una fiesta creada hace 20 años ha logrado encumbrar.

Recordaba ayer Cipriano Dorrego, el presentador de los actos celebrados en la Plaza de la Constitución de El Espinar, las penalidades sufridas por los gabarreros a causa de las inclemencias del tiempo. Quizá por ello, el cielo se apiadó concedió una tregua durante las horas centrales del domingo, uniéndose así al público reconocimiento a los gabarreros. Solo el rebelde dios Eolo se dejó ver por El Espinar; eso sí, con fuerza.

A pesar de que los pronósticos meteorológicos anunciaban lluvia durante toda la mañana, en El Pinarillo lucía un sol espléndido cuando comenzaron las exhibiciones de algunos de los quehaceres de los gabarreros en el monte. Allí se pelaron varios pinos, procediendo a continuación a atarlos a mulas, para su arrastre. Y, de igual forma, también se cargó con leña a unos cuantos caballos.

Con alegre música, la comitiva fue hasta la Plaza de la Constitución. Era el momento de los gabarreros, el de hacerse presentes en el centro de El Espinar para explicar a todos quiénes son y a qué se dedican.

Petronilo Díez y Ángel Martín recibieron este año el título de ‘Gabarrero de Honor’. Sus historias son diferentes. Petronilo, con 93 primaveras, fue carretero desde pequeño. “Yo ya acompañaba a mi padre a subir con los bueyes; cargábamos los pinos en los carros y bajábamos a la fábrica”, rememora. La construcción de la carretera de La Estación a la Fuente de la Plata modificó su trabajo. “A partir de entonces comenzamos a arrastrar los pinos hasta donde podían llegar los camiones; los carros se eliminaron”, agregaba.Por su parte, el casi nonagenario Ángel ejerció de gabarrero durante casi una década, “desde los 15 años a los 24”. Ganaba dinero, “mucho”, pero “había que matarse a trabajar”. Y comprendió que en la gabarrería “no había futuro”, así que optó por un empleo en Renfe. Ambos, Petronilo y Ángel, recibieron un fuerte aplauso de todos al recoger su galardón.
El Ayuntamiento espinariego quiso conceder en esta edición el simbólico ‘Pino de Plata’, al Centro de Iniciativas Turísticas de El Espinar, cuyo presidente, Juan Andrés Saiz Lobo, consideró que el premio reconoce “los muchos años de esfuerzo del colectivo” apoyando la fiesta. “Yo —acentuó— no tengo méritos suficientes para recibir este reconocimiento, pero sí los distintos equipos directivos del CIT”. A ese respecto, subrayó que “primero hubo que inventar la fiesta, luego mantenerla vida contra viento y tempestades, reinventarla cada nueva edición o llevarla a Madrid, a Segovia, a El Escorial”. No olvidó citar la “generosa colaboración de los verdaderos protagonistas”, en referencia a cortadores, muleros, gabarreros, dulzaineros de San Rafael o grupo de danzas de El Espinar…, además de empleados municipales, empresas colaboradoras e instituciones públicas. Y, para acabar, dedicó unos minutos a la memoria de su hermano Tatán, “guardabosques eterno”, fallecido en plena juventud.

Los cortadores de troncos tenían sus hachas afiladas y, como era de esperar, ofrecieron un magnífico espectáculo. Juan Rodríguez padre y Juan Rodríguez hijo se las apañaron para, en un santiamén, partir un hermosísimo tronco, de tres metros y medio de circunferencia, sin dar sensación de esfuerzo. Hubo también una competición de corte de leña —como se llama en El Espinar a la corta de troncos—, de la que resultaron victoriosos Jesús Bunes y Emilio García. Y al tablado de la Plaza de la Constitución subieron también las promesas de este deporte, esto es, los integrantes de la Escuela de Cortadores de Troncos, quienes dieron muestras de su valía y se llevaron como recompensa una camiseta con su nombre. Entre ellos estaba Javier Muñoz, de 13 años de edad, al que entre su padre y su abuelo le están enseñando a manejar el hacha. “A mí me gusta esto”, se limita a decir él. Aunque no habla demasiado, los tres años que lleva ejercitando este deporte demuestran que va en serio.

Quedaba el momento estelar de la mañana, el de ascenso de un gabarrero —Jorge Bunes— a un pino de más de 20 metros de altura, para cortar la coguta del árbol. La mayor dificultad se derivaba del viento. Soplaba con ganas. Pero Bunes no tuvo problemas. Con ganchos atados a sus botas y la ayuda de una cuerda subió arriba como si de una ardilla se tratara, sacó un hacha, se sentó en una rama y cortó con aparente tranquilidad el tronco, mientras el público contenía durante un breve rato la respiración. La coguta cayó, y entonces dos veteranos gabarreros echaron mano del tronzador para aserrar por su base el pino, de más de una tonelada de peso —en concreto, 1.297,8 kilos—. Hubo premio para el espectador —este año, una mujer— que más se aproximó, sin pasarse, a ese peso.

La alcaldesa, Alicia Palomo, se relajó cuando vio que había pasado el momento de mayor peligro. Junto a ella estaban los componentes de su equipo y un montón de políticos de Segovia. Entre ellos, la diputada de Cultura, Sara Dueñas; el portavoz del PSOE en la Diputación, Alberto Serna; el delegado territorial de la Junta, Javier López-Escobar; o el senador Félix Montes.

La fiesta parecía cerrarse, pero no. Una de las novedades de esta edición era una comida popular, en La Corredera. Se trataba de una ‘olla gabarrera’. Y, por la tarde, el siempre inquieto pastelero Antonio Yagüe pretendía dirigir un taller para que los niños aprendieran a elaborar un penúltima creación, el ‘tronco gabarrero’, que no es sino un delicioso brazo de gitano cubierto con chocolate y decorado con las herramientas propias de los esforzados del monte.

La Feria de Muestras, situada en una carpa cercana al Ayuntamiento, aguantó hasta la caída de la tarde. El público podía comprar los más diversos productos agroalimentarios o artesanía. E incluso, adquirir la nueva edición del famoso libro de Juan Andrés Saiz Garrido sobre los gabarreros. Parece mentira, pero han pasado más de 20 años desde que la obra salió a la luz, en 1996. Por aquel entonces, el escritor espinariego también escribió un artículo periodístico donde relataba su sorpresa al descubrir, en un banco público, una pintada, posiblemente infantil, con la frase “¿Pero qué coño es un gabarrero?”. Hace 20 años, había quien no sabía qué era un gabarrero. Hoy seguro que en El Espinar nadie se hace esa pregunta.