valseca paja
A lo largo del tiempo, la paja ha servido de sustento a la agricultura como autoabastecimiento o venta. / ÁLVARO PINELA

Cada estación nos proporciona un olor. El verano y su adelantada cosecha nos proporciona el olor a paja recién segada, una de nuestras señas de identidad para los que somos de aquí y vivimos en nuestra tierra. Es un placer inmenso y, si se ve refrescada o mojada por algunas gotas de agua, ese fragor se multiplica aún más. Nos devuelve al verano, y a la recogida del fruto de nuestros agricultores, quedando las montoneras sinuosas y esparcidas en largas hileras sobre los rastrojos, sueltas primero y después en grandes alpacas prensadas, hace dos décadas más pequeños.

Valseca siempre contó con una notable abundancia de paja que en tiempos pretéritos se exportaba a la sierra segoviana y madrileña, a Galicia y Asturias (Ribadesella, Incierto, Sama de Langreo, Lugones, Cangas de Onís, Mieres o Luarca), entre otros.

Los pajares daban cuenta de las tareas de prensar esos paquetes, con trazas puramente manuales y artesanas, con paja acumulada en caja, pisada y prensada para acabar siendo atada. Estos pajares que muchos fueron casas labriegas del siglo XIX anteriormente, almacenaban la mies durante todo el año en sus altos y amplios vanos. Asimismo en otros tiempos como mucha de la despensa valsequeña decenas de carros iban dirigidos a llenar los graneros de la nobleza de Segovia poseedora de sus rentas y haciendas en este valle, sobre todo con más usufructo en el siglo XIX.

Tez ennegrecida

Algunas personas y segadores norteños se refirieron a Valseca como ‘El pajar de Asturias’. Orgullo de tierra de jornaleros y labriegos que trabajaban con sudor, muchos días y jornadas, y una tez ennegrecida por los soles y las horas en las tierras, saciadas por la comida al pie de los haces, compartiendo muchas veces el cocido con los rapaciños gallegos, familiares o obreros castellanos. También los sacos de paja mullidos hacían las veces de colchón para los segadores gallegos que dormían en los pajares, en sus estancias temporales en cada pueblo, donde junto a ellos, además de mimar la hoz, (foucín), el hocín, y la zoqueta, silbaban sus gaitas y flautas típicas.

En muchos pajares penden todavía de las vigas aquellos hatillos trenzados y ásperos que servían para su recogida, así como las mallas del mismo esparto que envolvía al carro con la carga de paja, con destino a su morador. ‘Paja de Valseca’ para posadas, vaquerias, carreteros, Ventas, o camas para el ganado, que más tarde en los años 50 y 60 del siglo pasado se transportaba en camiones por valsequeños dedicados al oficio y al negocio de pajeros.

El campo de Valseca como el de Castilla, despierta unos olores adosados a la esencia de la tierra , que durante el año se van alterando estacionalmente, como el olor al salitre del garbanzo a comienzos del mes de julio, el de la tierra húmeda y mojada propiciada por la reja del arado en otoño, medida por el tempero, o la de las calles del pueblo inundadas de la fragancia del cereal madurando a comienzos de junio.