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ALEJANDRO MARTÍN / EL ESPINAR

Había ganas de toros. De calorina, moscas y sudor sobaquero. Se echaba en falta incluso al fantasma de barrera, al trincón de callejón y al Cayetano -no al Rivera- de guayabera a cinco botones desabrochados. A las anas soria, que no son Ana Soria, al taurino empachado de Brummel y al torista intransigente cuyo ojo clínico no permite parches. Su razón nunca guarda un metro y medio de distancia, salvo para él. Hasta la nube de la ‘faria’ viajando por el tendido era ya un lejano recuerdo. Sin puro, no hay toros. Ese humo debe matar cualquier coronavirus. Cerco de seguridad de otra época.

En un verano en el que los gintonics saben a hidrogel, la verdad es que el olé sonaba raro con mascarilla. Más quebrado. Opaco de eco. Obligando al torero a retorcerse en exceso para prolongar el celo -si lo tenía- del animal. En medio de esta inédita temporada, un hombre se propuso echarse todo el peso a la espalda mientras se pasea por su quinta juventud. Hombros de titanio de la mano de una ‘millennial’, en tiempos en los que una ruptura no mira a los ojos y lo hace por Whatsapp.

¡Pero no! No estuvo Enrique Ponce, que sin estar estuvo: era el reclamo y fue el lamento en las colas de las taquillas hasta para los acreditados del papel cuché. “Un esguince postraumático de muñeca y una tendinopatía”, que sufrió el jueves en la corrida de El Puerto de Santa María (Cádiz), le llevó a causar baja en la misma mañana estando ya en El Espinar y todo quedó en un mano a mano. Sin alicientes y la única expectación de que volvían los toros, pero lo que volvían eran ‘zalduendos’ . Ni con el bombo de Simón Casas hubiera caído esa combinación. Como si no hubiera toreros listos para enfundarse el oro. Javier Cortés se quedó soñando su  (no) encerrona en Miraflores de la Sierra.

El ‘Ureña-Toñete’, el brote en ascuas y la tormenta de las cinco no eran a priori mecha para la mejor de las vueltas de una corrida en la provincia. En época de austeridad, mejor esto que nada, pensaban algunos; pero hubo quien encima pidió la baja del hijo de Catalán para ver seis toros al murciano: Ureña y seis de Domecq. El Rosco se libró de un infarto.

Aun así sí hubo Ureña, templado, sereno y con ganas de hacer valer el precio de la entrada con un par de muletazos. Hubo un natural en el primero que fue soberbio. El que abrió plaza desarrolló un punto de genio en banderillas y puso en aprietos a los subalternos hasta el punto que prendió a Azuquita, infiriéndole una cornada en el muslo izquierdo y tuvo que pasar a la enfermería. Fue un buen toro por su nobleza, que propició al murciano un cierre a cámara lenta con reconocimiento en los tendidos. Terminó pinchando y todo quedó en ovación tanto para el diestro como para el animal. En el segundo redondeó lo que no pudo cumplimentar en el primero. Oreja a una faena de poso, con otro toro que su virtud fue la nobleza. Cerró su actuación con  firmeza ante un soso animal ya con la noche caída y el bostezo añurgando caras. Pinchó  y su labor quedó en ovación.

Con más apetito que hambre estuvo Toñete, que podría ser el consejero asesor de la cadena hotelera AC o si no el cantante de un grupo como Taburete o Sinsinati. Pero ahora anda con un look entre lo desabrochado y lo señorial, buscando mayor suerte en este mundo. A lo Julio Aparicio. Su primera toma de contacto le llevó a verse las caras con un antagonista bajo y serio de cara pero cubeto y corniapretado, que metió los riñones con brío en el peto del caballo y, aunque pareció que tenía buen son al inicio de probarlo con la muleta, no tuvo carbón. Tampoco se acopló el torero y no sacó nada de provecho.

En el cuarto se hizo larga la tarde-noche como se le hizo al joven madrileño. Estuvo centrado, tirando de raza para prolongar la embestida de un toro de buena condición. Le valió a Toñete para coger confianza, aunque se estrelló de nuevo a espadas.

Lo mejor de estos mal denominados ‘mano a mano’ siempre es ver a Chapurra. El quite para un sobresaliente es moral para seguir creyendo y una media verónica justifica su entrega a esta profesión. Pero no para eso fue mano a mano. No lo hubo. Como Ponce o el mito del amor eterno caído. No hubo consideración para el quite a Chapurra del mismo modo que el amor eterno es utópico. Muy efímero todo.

Era el último y lo mejor fue un superior par de Sergio Aguilar. Ahí se vino arriba Toñete pero está en la difícil labor de encontrarse con el toro y entenderlo. No son tiempos para prisas, puesto que son muy complicados los que le vienen a este sector, y es ahí donde debe seguir no desistiendo. Cuestión de creer.

Cayó el sexto (o el que fuera). 23.02 horas, y la gente se preguntaba: “Y ahora, ¿dónde nos van a dar de cenar?”.

FICHA

PLAZA DE TOROS DE EL ESPINAR.  Mitad del aforo, manteniendo la distancia entre los espectadores. Segunda de feria -primera corrida tras el confinamiento en la provincia-. Toros de Zalduendo, justos de presentación y descastados. Destacaron por su nobleza el primero y cuarto, que fueron ovacionados en el arrastre.
Paco Ureña,  ovación, oreja y ovación.
Antonio Catalán ‘Toñete’, silencio, silencio y silencio.

Incidencias
La Unión de Banderilleros y Picadores hizo un paseíllo reivindicando sus derechos y se guardó un minuto de silencio en memoria de las víctimas de Covid-19. Saludó en banderillas Sergio Aguilar.