Participantes en el día de 'la mora' de Muñoveros. / Guillermo Herrero
Participantes en el día de 'la mora' de Muñoveros. / Guillermo Herrero

Sábado Santo es el día por excelencia del agua bendita. Al ponerse el sol en todas las iglesias tiene lugar la vigilia pascual, la celebración más importante del año litúrgico para los católicos, pues en ella se conmemora la resurrección de Jesús. Es un momento, pues, de suma alegría, lleno de rituales, entre ellos la bendición del agua por parte del sacerdote. El agua bendita recuerda a los fieles su bautismo, por el que entraron a formar parte de la Iglesia. Y en algunos pueblos, como es el caso de Cabezuela, es llevada después por las personas piadosas a sus casas, para ser esparcida, librándose así de influjo maligno.

Antaño, en numerosos lugares de Segovia —entre ellos, Prádena o Riofrío de Riaza—, los monaguillos se encargaban de ir el día de Sábado Santo echando agua bendita por las casas, recibiendo como compensación a su trabajo un aguinaldo. Llamaban a Sábado Santo el día de “la mora”. Tal costumbre ha ido desapareciendo progresivamente en la provincia, si bien se mantiene con total vigencia en Muñoveros.

La chiquillería de este pueblo se juntó ayer, a primera hora de la mañana, por ser el día de ‘la mora’. El grupo se dividió en dos, para así poder pasar por todas las casas. Y empezó el recorrido. Al llegar a una vivienda ocupada, se llamaba al timbre. Si se abría la puerta, tocaba cantar una breve composición, en la que los intérpretes asumen el papel de soldados de un ejército derrotado, con licencia real para pedir alojamiento, alimentos o “dinerillo”, concluyendo la pieza musical un “Dios les de salud y vida, como a nosotros. Amén”. En el caso de que los dueños de la casa accedieran a la petición y dieran una limosna, entonces (“solamente si nos dan algo”, reiteraba uno de los pequeños) se procedía a dibujar, “con agua bendita”, una cruz en la fachada de la casa, utilizando para ello una rama de romero, una planta considerada sagrada ya por los griegos y los romanos.

En rigor, el agua utilizada en Muñoveros no ha sido bendecida por el párroco (“la hemos bendecido nosotros”, explicaba, con inocencia, uno de los chicos). Pero este hecho no resta ni un ápice de simbolismo a un rito que sorprende por su autenticidad y pujanza, además de por ejercer los niños el protagonismo exclusivo.

Aunque ninguno de los participantes sabía el origen del día de ‘la mora’ (“es una tradición de aquí”, se limitaban a decir), todos conocían a la perfección la canción, sospechosamente parecida a aquellas que entonaban a mitad de Cuaresma, en la fiesta de la ‘Sierra Vieja’, los escolares de un buen número de pueblos segovianos.

Los donativos—sobre todo, huevos y embutidos— eran depositados en sendas carretillas. Y, al final de la mañana, los dos grupos volvieron a unirse, contaron las propinas y, con ellas, fueron a comprar más suministros, para luego ir a comer todos juntos.

“Antes —decía una mujer que veía la última escena— este día de ‘la mora’ solamente comíamos huevos cocidos y escabeche; ahora se ha diversificado”. Habrán cambiado detalles, seguro, pero la esencia se mantiene. Y hay garantías de continuidad…