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Son tiempos extraños que pensamos que nunca viviríamos. No sabemos si estábamos preparados o no. Dicen los viejos “que Dios no nos dé todo lo que podamos soportar”. Estos días están sacando lo mejor y lo peor de nosotros. Estamos tomando conciencia de que vivimos en una comunidad, tenemos vecinos, amigos, tenemos familia y… ¡valen mucho!

Mientras los americanos, ante la llegada de la pandemia, se han lanzado a las tiendas para comprar armas, nosotros nos hemos asomado a los balcones para aplaudir y para poner música a toda la gente que está dejándose la vida y la piel en su afán de que podamos superar lo que se ha llamado “la guerra de nuestra generación”. Cada día es más evidente la diferencia entre las voces de los que se suman a este trabajo y los ruidos de aquellos que solo ladran y, como buitres, intentan sacar provecho y réditos de los dolores de toda una sociedad. En estos días, quien no suma, resta. Quien no apoya, hace daño. Así de claro. Por supuesto que hay muchos errores en medio de las improvisaciones para afrontar una catástrofe impensable hace un mes. Pero los ladridos no son ninguna ayuda en los hospitales.

En medio de la tristeza debemos convencernos de que hay salida. De que llegará un día en que volveremos a tomar la calle, a llenar los bares y a bailar el “A por ellos” todos juntos. Y no solo escucharlo desde el balcón. Sabemos que llegará el Día de los Abrazos.