La larga historia de este animal en la provincia de Segovia

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Desde tiempos prehistóricos hasta hace escasos siglos, la cabra montés recorrió las cumbres más altas de la provincia de Segovia. Durante miles de años, los habitantes de estas tierras se sintieron seducidos por esta especie. Con el nacimiento del arte, en el Paleolítico Superior, el hombre plasmó representaciones de cabras monteses en Domingo García (unos 17.000 años de antigüedad) y, probablemente, también en la cueva de La Griega (Pedraza). Era una liturgia mágica, para propiciar la caza. Creían que hiriendo simbólicamente sus perfiles se facilitaba la captura de ejemplares.

Milenios después, la cabra siguió siendo apreciada por los reyes castellanos. Alfonso XI, en su Libro de Montería, destaca la posibilidad de cazar cabras monteses en la Sierra de Guadarrama. . Y una crónica de época de Enrique IV, firmada por Alonso de Palencia, dice lo siguiente: “En las dilatadas selvas de altísimos pinos, de encinares y robledales que la rodean (a la ciudad de Segovia)… nadie se atrevía a cortar la más pequeña rama, a fin de que los jabalíes, osos, ciervos, cabras monteses y gamos vivieran en la mayor seguridad”.

Hace unos cuatro siglos, la población de cabras monteses comenzó un brusco descenso, hasta desaparecer definitivamente de los parajes segovianos. Sin embargo, la toponimia nos ha legado multitud de nombres que revelan la presencia de este animal en toda la sierra, desde El Espinar a Ayllón. Como ejemplos, el arroyo de la Cabra (El Espinar), el arroyo de las Cabras (Real Sitio de San Ildefonso), el paraje de las Cabrerizas (Santo Domingo de Pirón), el arroyo de las Cabrerizas (Sotosalbos), la Sierra de las Cabras (Madriguera) y el collado de las Cabras (Grado del Pico).