Amador Marugán y Gil de Biedma durante la entrevista en agosto de 1988 en el Jardín de los Melancólicos. / D. r.
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Amador Marugán. De todo hace ya casi veinte años solía decir Jaime Gil de Biedma siempre en tono de cierta nostalgia sobre los tiempos vividos en la juventud. Hoy ya han pasado 31 años desde que realizara su última visita a Nava de la Asunción, en agosto de 1988. Fue una última visita para decir adiós a la Casa del Caño, al Jardín de los Melancólicos, donde pasó los días más felices de su vida y donde forjó su mitología con la Nava a través de sus sentimientos y experiencias aquí vividos, donde gestó poemas importantes de su obra poética y escribió parte del “Diario del artista seriamente enfermo”, publicado en 1974, en el cual da cuenta de gran parte de su sentimentalidad y experiencias con la Nava en su regreso a Ítaca.
Mediados de agosto de 1988 y nada se sabía de la enfermedad mortal que 16 meses después acabaría con su vida. Durante la entrevista mantenida en esa fecha la sensación fue estar ante un hombre físicamente vigoroso, muy saludable, que al verlo de perfil con ese corte de barba y calvicie a uno le parecía estar en presencia de un emperador o senador romano.

Se encontraba en Nava de la Asunción por asuntos familiares relacionados con la venta de la Casa del Caño y toda la finca que ocupaba el jardín, ya destinado a la construcción de una mole de viviendas. Fue una ocasión que aproveché para solicitarle una entrevista para el Adelantado de Segovia, atendiendo también a la donación de su obra que un año antes había realizado con dedicatoria íntima para los naveros. Una tarde del 15 de agosto fue algo especial para quien la ocasión brindaba la oportunidad de poder conversar con uno de los poetas más representativos de la generación de los cincuenta, cuya poesía ha transcendido a poetas de generaciones posteriores.

La entrevista tenía como objetivo hablar del personaje, su figura literaria y su vínculo con la Nava. De lo primero no fue posible porque a la primera pregunta zanjó el tema diciendo que no hablaría de ese tema por que ya le aburría, con lo que me dejó descolocado y todo quedó a la improvisación en torno a la Casa del Caño y sus experiencias con la Nava.
No hubo por medio grabación de la conversación, tan sólo tomé algunas notas. Me dio la sensación de que el personaje se sentía más cómodo así y hoy pasado el tiempo estoy convencido que tanto por la donación de su obra a la biblioteca municipal como por esta entrevista, Jaime Gil de Biedma quería dejar constancia de su presencia en la Nava, de su obra y de la mitología creada entorno a los lugares emblemáticos que le cautivaron, donde siempre se sintió a salvo al abrigo de los pinares y de la Casa del Caño, a los que inmortalizó en sus poemas, como en “Ribera de los Alisos”, afirmando que un fracaso en hacer este poema hubiera representado el fracaso en su poesía para representar la sentimentalidad y los recuerdos que más quería de su experiencias vividas en la Nava de niño y adolescente.

De sus estancia en La Nava, comentaba los años de la guerra civil, los juegos con sus hermanas en el jardín y las travesuras camino o de vuelta al colegio, salpicando en los charcos para mojar a los chicos. De joven los paseos a caballo, cuyo trotar de salida y de llegar a la Casa del Caño, llamaba la atención de los vecinos, y los atardeceres de caza al paso de las palomas en otoño. Escuchaba interesado las anécdotas sobre aquel perro llamado Gallo, del viejo pastor republicano que su padre D Luis quedó prendado y quiso comprarlo y contestaba hablando de las cualidades del que él tuvo llamado Belarri.

Amistades

Aquel pastor republicano apodado “Linares”, junto a su compañero José “El sordo”, se convirtieron en amigos ocasionales de conversaciones políticas durante su estancia en la Nava de 1956 recuperandose de una enfermedad pulmonar contraída en Filipinas. Recuerdo que decía que al principio ambos republicanos se mostraban reticentes de los comentarios del señorito de la Casa del Caño, pero poco a poco se abrió la confianza porque hablaban el mismo lenguaje político. y no es de extrañar ya que el autor de “Moralidades” se encontraba en su etapa más politizada, incluso quiso pertenecer al partido comunista. Algo que el PC español no aceptó, dicen que su condición aristocrática y de homosexual resultaba poco de fiar.

En relación con el compromiso antifranquista, Gil de Biedma señalaba que se encontraba en Nava en compañía del escritor, y amigo personal, Gabriel Ferrater y el pintor filipino Fred Aguilar, cuando se produjeron algunas revueltas universitarias en Barcelona y con ello determinadas detenciones , entre ellas las de algunos amigos comunes. La policía de la Brigada Social tenía información de que un destacado dirigente comunista se encontraba en Nava de la Asunción y mandaron a varios jeeps de la Guardia Civil en busca del político rodeando la Casa del Caño, esa noche del verano de mediados los años cincuenta. Ninguno de los tres amigos ya se encontraba en Nava y esta curiosa historia que empezó con un artículo del filosofo Manuel Sacristan, firmado con el seudónimo de Ferrater, y la palabra “reponer vodka, que los de la brigada social interpretaron como una clave de conspiración monárquico-marxista, terminó con la detención del inocente Ferrater en los calabozos de la Puerta del Sol y con Jaime recibiendo en el suntuoso salón de ilustres invitados de su casa de Barcelona, a un inspector de policía inquieto por estar molestando a gente importante por su posición económica.

Una historia que al escuchar su relato me pareció sacada de una novela de Vàzquez Montalban, pero con el tiempo contraste que era cierta y que Carlos Barral la recoge en sus memorias. Por contra no encontré respuesta en las gentes de Nava sobre la presencia de la Guardia Civil rodeando la Casa del Caño. Un hecho así parece raro que pasara desapercibido.

Tierra gentilicia También Gil de Biedma habló de sus estancias en la Nava, su tierra gentilicia como le gustaba nombrar, en compañía de la inmensa mayoría de sus compañeros de viaje y las noches en el bar “Castropol” compartiendo whisky y ginebra con ellos o vasos de vino al pie de la piscina del Jardín de los Melancólicos. Recordaba aquella visita donde Juan Marsé le leyó, junto al poeta Ángel González, el último capítulo de su libro “Últimas tardes con Teresa” y como le recitó a Marsé los últimos versos del poema “Después de la muerte de Jaime Gil de Biedma”.

Fue sin duda un regalo conversar o, mejor dicho, escuchar a una mente brillante con una dialéctica perfecta de la lengua castellana, la lengua materna. Se quejaba de su mal uso y lo mal que se hablaba, culpando por ello a los medios de información, que en su criterio contribuían a deformar el lenguaje. De la entrevista, publicada el 26 de agosto, me pidió que le enviara un ejemplar del periódico y las fotos del momento. Guardo la carta que me envió agradeciendo el detalle del envío y del reportaje, que valoró más viniendo de alguien de Nava, según decía.

culQuedamos emplazados para continuar en su próxima visita, pero ya la sentencia del tiempo hizo que fueran sus cenizas las que regresaran una mañana del 12 de enero de 1999, cuatro días después de su muerte.