Mari Cruz Gil y Antonio Liberto López, junto a su vivienda y panadería en Torreiglesias. / E.A

La panadería de Antonio Liberto López y Mari Cruz Gil en Torreiglesias era más un hogar que un negocio. La tienda estaba en el piso inferior y su vivienda, en el superior. “Aquí no había horario; cuando le hacía falta a la gente, venía a por ello y se acabó. Fuera la hora que fuera. Pero ese servicio ha desaparecido”, explica Antonio. Lo mismo ocurría con el asado en las fiestas populares; por sus hornos pasaba medio pueblo. Su panadera cerró en otoño tras casi 70 años en marcha y más de cuatro décadas en la plaza del pueblo. Bajada su persiana, Torreiglesias ha perdido sus dos panaderías en apenas dos años. “Es una pena porque el pueblo se queda muerto. Antes, aquí había coches y gente a todas horas, pero estos pueblos pequeños poco a poco van agonizando”.

La última panadería de Torreiglesias la abrió el padre de Antonio en torno a 1950. Él se incorporó al negocio en la adolescencia en cuanto terminó la escuela y vio que su futuro se desarrollaría entre hornos. Cuando murió su progenitor, el matrimonio movió la panadería a la plaza del pueblo aprovechando unos terrenos que tenía Mari Cruz. Allí abrieron en 1978. Desde entonces, han sido un referente, un pulmón para los vecinos y un centro de información. “El pueblo ha pegado un bajón de población terrible en los últimos años y el sitio en el que te enterabas de todo era la panadería. Era el centro social. Allí nos enterábamos de cuándo fallecía alguien. Allí ibas sin prisa, a charlar un rato, sobre todo con Mari Cruz”, subraya la teniente de alcalde de Torreiglesias, Yolanda Lucía.

Aún con el gusanillo en sus recuerdos, Antonio habla de una vida muy sacrificada: la costumbre reciente de escasos días al año sin pan (Reyes, Viernes Santo y Navidad) no existía todavía en sus inicios. “Antes no podías cogerte un día siquiera. Es la vida del autónomo; no puedes ni ponerte malo”. Él se levantaba a las cuatro de la mañana y hacía el pan hasta las 9 o 10 en función del calendario; en los tiempos álgidos, de aquel horno salían al día unos 250 panetes y 200 barras. “Al principio se hacía mucho pan. En los últimos tiempos hemos ido reduciendo”. Después, empezaba el reparto. Su hijo iba a Veganzones, Turégano, Aguilafuente o Lastras de Cuéllar; él iba a Torrecaballeros, Losana de Pirón, Peñarrubias o Caballar.

A eso de la una de tarde acababa el reparto y volvía a casa. “No faltaban cosas que hacer. Había que preparar leña y hacer bollos y otras cosas. Nunca faltaba faena”. A las 10 y media de la noche, a lo sumo, ya estaba en la cama para volver al día siguiente. En el camino, unos pocos ratos libres. “Me gustaba ir a tomar café al bar y echar una partida al mus o al tute”. Con la pandemia, esos hábitos han quedado reducidos a la nada. “¡Ahora tiempo nos sobra!

Sin relevo generacional

Antonio, que ahora tiene 81 años, se jubiló con 66 años y ha ayudado lejos de la primera línea. Su mujer, Mari Cruz, siguió con el negocio y retrasó su jubilación hasta los 76. Pero no hubo relevo generacional. “Él solo no podía continuar y si tiene que contratar a otra persona, no daban los números. Era imposible”. Y el hueco no lo ha llenado nadie. “Antes se cerraba una cosa y alguien lo cogía, pero ahora sabes que cuando un negocio lo deja ya no hay quien lo abra. Carnicerías, bares…” Torreiglesias tenía casi medio millar de habitantes en los años 80; cuatro décadas después, apenas supera los 250 censados. Ahora viven un pueblo sin panaderías. Con los hornos apagados.

El pan, desde Turégano

Tras el cierre de la última panadería de Torreiglesias, el pan lo sube ahora un panadero de Turégano, encargado de surtir a ese pueblo y a otros a través de la venta ambulante a través de su furgoneta. Llega a las 12 de la mañana y hace tres paradas en el pueblo. Los vecinos están pendientes o le encargan a alguien que recoja su parte. “Esto nos ha costado mucho. Yo he visto toda la vida a las dos panaderías y en dos años, no tenemos ninguna. Si en un pueblo no tienes los servicios, al final te toca irte”, subraya la teniente de alcalde. “Cuando dicen que invierten en los pueblos… aquí se nota poco. Ha nacido una niña hace poco, pero es mucha más la gente que se va que la que nace”. Mientras, el matrimonio mantiene la esperanza de relevo. “Tenemos todavía aquí un horno por si a alguien le interesara. Está estupendamente y fastidia tirarlo”. El de leña acabó en la chatarra. El pan lo recoge Mari Cruz todas las mañanas: con una barra basta.