La Peña rodadera

En la tarde del día de San Antón esta piedra servía como tobogán a los chicos del pueblo que, de mano de sus abuelos, acudían al lugar a probar la 'cata' de longaniza

En el término de Valseca, cerca del pueblo, en el lado izquierdo del antiguo camino a Bernuy de Porreros existe un paraje que se denomina ‘El Berrocal’. Como sembrados al azar, diseminados, existen unos bolos de piedra de granito de diferentes formas y tamaños que dan al paisaje una fisonomía peculiar.

Uno de estos bloques grisáceos, el mayor quizás, adopta la forma de un plano inclinado por cuya hipotenusa es fácil deslizarse arrastrando el trasero con solo dejarse llevar por la gravedad. Se le conoce como –Peña rodadera–.

Todos los años, el día de San Antón, era costumbre que los abuelos acompañasen a sus nietos a deslizarse a dicha peña; bien andando o en algunos casos a lomos de un borriquillo. Y por tradición, de merienda se llevaba la ‘cata’. La cata era un sobrante de completar la última tripa de longaniza cuando se –llenaba– la carne triturada de la matanza. Era pequeñita y se ataba por ambos extremos; después se colgaba, curvada, en los tenderetes de orear la matanza que cada familia tenía en su casa. El nombre de cata se debía a que servía para conocer –catar– el grado de curación del resto de longaniza, sin necesidad de encentar una sarta entera.

Pues eso, con la cata en un talego de trapo, una rebanada de pan de hogaza, algún torrezno y vino de cosecha aguado, junto a sus abuelos o parientes, en jolgorio, se iba la tarde del día de San Antón a disfrutar de la Peña rodadera. Eso sí, a sabiendas de que la parte trasera del pantalón corto terminaría algo más que desgastada.

Y así, guardando cola para deslizarse desde lo alto de la peña y respetando las costumbres de ‘mayores quitan a menores’ se pasaba una tarde muy agradable. La merienda daba fin a esta ancestral tradición; y no faltaban anécdotas que después se recordaban todo el año.


F. Hernando Manso