Poniendo el baile, 2021. Foto P. Gómez.
Poniendo el baile, 2021. Foto P. Gómez.

La Fiesta de Inocentes, celebrada el 28 de diciembre de cada año en Juarros de Voltoya, en tiempos disputaba la condición de fiesta principal a la de la patrona titular de la parroquia, la Asunción, y aunque siempre fiesta de mozos en realidad era la más representativa en la temporada de invierno, cuando las labores agrícolas no eran tan absorbentes para los vecinos. Y se ha mantenido vigorosa a pesar de los movimientos migratorios que ya desde la segunda mitad del siglo XX supusieron una reducción drástica de la población que afectó no sólo a los jóvenes sino a familias enteras. Un fenómeno singular si se advierte que en la mayoría de las poblaciones los procesos migratorios conllevaron la desaparición de tradiciones festivas en las que especialmente los jóvenes estaban implicados.

Existe constancia documental de la celebración de la fiesta de Inocentes en Juarros en el siglo XVIII. Aunque hay razones sobradas para suponer que se celebraba desde mucho antes. En Castilla fueron numerosas las poblaciones con organizaciones de mozos, a veces también llamadas ‘cofradías’ y en ocasiones muy reglamentadas, y con ‘alcaldes’ o ‘reyes’ como dirigentes. En particular en la Tierra de Segovia, incluidos algunos de los barrios de la ciudad, estuvo muy generalizada la figura festiva del Alcalde de mozos, que en Juarros preside la fiesta acompañado de la Justicia, término con el que se designa al grupo de mozos -cada uno desempeñando un cargo- que junto a él protagonizan la fiesta, acompañados de un aprendiz, el Alguacil.

Se reconocían como autoridades efímeras para un periodo corto de tiempo, especialmente durante unos 13 días (doce noches) entre Navidad y Reyes, concretándose o bien en torno a San Esteban o a los Santos Inocentes, o al fin de año o a la Adoración de los Reyes. En todo caso un periodo de tránsito de un año a otro, que algunos autores consideran intersticial pues servían para rectificar en el calendario romano el desajuste temporal respecto a la velocidad de traslación de La Tierra alrededor del Sol. Esta explicación, sin embargo, no se entendería sin la asociación de estas prácticas festivas con las Saturnalia romanas, descritas por Macrobio, Luciano y otros. Sin embargo, sería necesario advertir, como ya lo hizo Caro Baroja, que la asociación de estas prácticas festivas con esas fiestas de la época del Imperio como así postularon en el XIX, J. Frazer y los evolucionistas, no se corresponden estrictamente con aquellas, salvo en determinados aspectos, como la inversión de roles, la elección de un rey ficticio, los regalos o cuestaciones, o las conductas burlescas. La elección de un rey festivo y por un periodo muy breve de tiempo adquirió en el Bajo Imperio y entre la soldadesca gran difusión. Estas prácticas estuvieron más bien ligadas con las organizaciones sociales e institucionalizadas, en las cuales efectivamente la inversión de roles y los reyes ficticios adquirieron carta de naturaleza en las fiestas en torno al fin del ciclo anual pues contribuían decisivamente a reforzarlas. Luego fue decisivo el papel de monasterios y grandes centros religiosos con fiestas en las que el protagonismo lo asumieron los inferiores de la escala jerárquica (y en particular los más jóvenes, los monaguillos o el coro) que reproducían en versión jocosa el ejercicio de roles de autoridad (obispos y abades). Finalmente, las organizaciones civiles y en especial concejiles (el término castellano ‘justicia’ adquiría este sentido, como recoge el Diccionario de Autoridades) adoptaron estas prácticas.

Junto al Alcalde de mozos, en Juarros, hay otra figura, la del Perrero, que también se entendería asociada a otras fiestas, las Lupercalia, consistentes en ritos pastoriles de purificación y de fecundidad, localizadas en febrero. Lo que en Roma se llamó Lupercalia, sin embargo, eran fiestas muy difundidas por diversas partes y no tanto en la Roma Imperial. En Juarros de Voltoya, el Perrero presenta características propias, pues no va enmascarado, aunque sí diferenciado de la Justicia, por un lado, ejerce como protector de las parejas del baile, y por otro lado de perturbador de la liturgia en la misa. (Este tipo de acciones en la iglesia aparecía comúnmente en las celebraciones de los ‘obispillos’ medievales, también llamados ‘reyes de inocentes’, antes mencionados). Desempeña, en fin, un rol ambiguo, de imposible encasillamiento.

Para una comprensión más profunda de la fiesta de Inocentes se requiere en un principio retomar el esquema tradicional de la diferenciación de secciones de la población por categoría de edad y por tanto la adopción de la configuración ritual que se denomina el ciclo de la vida. La segunda transición en ese ciclo la realizaban los varones, e igualmente las mujeres, con la categoría de ‘solteros’, y les llevaba a formar parte del grupo de mozos, -llamado la mozada o mocetada-; comenzaba entre los 14 y 16 años y terminaba cuando llegaban al casamiento, entonces en torno a los 23-25 años. Así es como se percibe que la fiesta de Inocentes tiene ante todo un especial estatus. Participa a la vez del ciclo anual festivo y de las transiciones del ciclo de la vida y de modo muy especial los enlaza. El periodo de mocedad tiene por un lado unos límites de edad -que ha ido modificándose con el tiempo-, pero por otro lado también de condición social, la soltería. La combinación de ambos criterios y la homogeneización del conjunto de individuos que van cumpliendo la edad se logra mediante el ingreso/salida en un grupo que comparte una categoría, la de mozo. La fiesta de Inocentes cada año proporciona a ese grupo, a esa categoría, como decía Vergara y Martín en 1909, un ‘reinado’, es decir, un protagonismo, una visibilidad social. De algún modo, también el resto de las fiestas del ciclo anual distribuye espacios y tiempos de protagonismo para las distintas categorías sociales y para la comunidad como entidad unitaria. Así en Juarros, las mujeres, en Sta. Águeda, los vecinos casados en San Antonio, en buena medida también en sus fechas establecidas los difuntos, y el pueblo como tal el día de la titular, la Asunción. Pero Inocentes sin dejar de ser una fiesta en la que igualmente están implicadas las familias y al fin y al cabo el pueblo en su conjunto conlleva una serie de prácticas que dan fluidez al ciclo de la vida, algunos acceden con ella a la categoría de mozo, otros ejercen y se muestran competentes, dignos representantes de ella y otros finalmente la abandonan, para seguir después como vecinos, como casados. Inocentes en Juarros de Voltoya realiza y a la vez representa el flujo de los individuos que forman una comunidad, el flujo de las generaciones que la perpetúan y el flujo y vitalidad de una sociedad a lo largo del tiempo. Cada año, Inocentes hace fiesta del ser mozo en Juarros y hace fiesta de Juarros como comunidad que se ha perpetuado en el tiempo.

Para la fiesta los mozos que acompañan al Alcalde componen la Justicia y como él visten de la misma manera. Llevan traje y corbata, de tonos oscuros. Y lo que más les caracteriza es el porte de una capa que llega un poco más abajo de las rodillas, también oscura, y un sombrero, igualmente oscuro adornado con alfileres, broches que proceden del entorno familiar y femenino y que se colocan uno delante, otro atrás y los dos restantes en los laterales. El Alguacil, sin embargo, viste ropa de diario, se le distingue por su gorra, porta también una cesta al hombro valiéndose de una barra de hierro en cuyo extremo va insertada una remolacha. Un toque claramente burlesco y atípico que contrasta con la seria vestimenta de los miembros de la Justicia. Y también como contraste el Perrero lleva gorra, zahones de cuero sobre sus pantalones, una bota de vino colgada de su hombro, una mochila de cuero a sus espaldas y un palo o tralla con 6 o 7 tripas de cerdo hinchadas que llaman ‘zambombas’ y tienen forma de globos.

Los preparativos de la fiesta se van haciendo durante casi todo el año. Pero propiamente comienza el 27 de diciembre, la víspera en la que se elige la Justicia. Antes, cuando en el pueblo había más de cien mozos para elegir, y no todos podían formar parte de la ‘Justicia’, la dificultad estribaba en lograr un grupo en el que todos tuvieran una buena relación exenta de conflictos. La elección podía demorarse hasta las 5 o las seis de la madrugada. Hoy, alargado el límite de edad hasta los 35 años, se hace necesario coordinar bien los nombramientos de cada cargo. Los criterios que se toman en cuenta en la elección del grupo son el estado civil, la disponibilidad, la edad y su pertenencia a la comunidad. Ser soltero implica estrictamente no estar casado, es decir, no haber firmado un contrato matrimonial; aunque hoy día se acepta que viva con pareja.  El Perrero obligatoriamente ha de ser el que fue Alcalde el año anterior y el Alguacil se elige entre los de menor edad. Cuando la elección está hecha, el Alcalde saliente proclama ante el conjunto de jóvenes los nombres de la nueva Justicia y los de las chicas con las que ‘pondrán baile’.

La mañana de los Santos Inocentes (28 de diciembre) comienza con la entrega de las varas de mando que alcaldesa de la localidad hace al Alcalde de Justicia y a su Teniente, encareciéndoles que hagan buena fiesta y que alegren el pueblo, pudiendo así comenzar la Ronda. El Perrero va delante y por su cuenta y luego la Justicia con los músicos recorriendo todas las calles del pueblo, visitando las casas y recibiendo de los vecinos una aportación para la fiesta a la que se responde formalmente: “Los Santos Inocentes se lo pagarán”. A mediodía la misa en la Iglesia, a la entrada se coloca el Perrero con la bota de vino y la gorrilla en la mano pidiendo unas ‘perras’. El Alguacil deja la cesta fuera y la Justicia entra ocupando la primera fila. Durante la ceremonia predominan las actitudes formales con excepción del Perrero que en ocasiones puntuales (como los Obispillos de Inocentes hacían en las catedrales antiguamente) hace explotar una de las zambombas y suelta unas palomas dentro del templo. Al terminar la misa, la Justicia invita a un breve refresco. Después de la comida, la Justicia se reúne de nuevo en un local para tomar café y ‘hacer fuerzas’ para salir a la plaza y ejecutar su baile. Las ‘chicas que ponen baile’ les acompañan. Mientras tanto la gente comienza a llegar a la plaza y espera. A la hora convenida, sobre las cinco, la Justicia se coloca junto a la puerta de salida del Ayuntamiento a la plaza en orden. En primer lugar, el Alcalde y su compañera; después el Teniente y la suya; tras ellos los Justicias 1º, 2º, 3º y 4º con el Alguacil inmediatamente detrás todos ellos con las ‘chicas que ponen baile’. Cerrando el grupo va el Perrero con su pareja de baile. Los mozos llevan un puro encendido que ha de mantenerse durante toda la primera parte del baile. El Perrero se encarga de ello. En la plaza rectangular durante el resto del año, esta vez los vecinos y familiares han ‘creado’ un círculo para acoger el baile ritual de la Justicia entrante y otorgarle su aceptación plena como responsables del grupo de mozos. Los músicos van los primeros y comienzan a animar el ambiente. Aparecen entonces al ritmo de la música enfilando hacia su derecha y siguiendo el círculo en el sentido contrario a las agujas del reloj. La salida al baile desfilando es un momento intenso, liminal, que expone de nuevo la estructura y jerarquía del grupo. Ahí no hay bromas y deben recorrer el espacio ritual del baile con paso firme, ellos por fuera y las jóvenes por dentro del círculo, hasta llegar a su lugar en el centro de la plaza. Allí agrupados en el centro del corro terminarán de bailar el ‘agarrao’ con el que salieron por la puerta del Ayuntamiento y las distintas piezas de rigor. Al finalizar, las ‘chicas’ les quitan las capas y se las llevan a sus madres.

El baile continúa y estar en él en ese momento se hace tan deseable que los mozos que no han sido elegidos y por tanto no ponen baile, fuerzan su presencia intentando robar la pareja y molestando a aquellos que sí han logrado entrar en el grupo.  El intento de ‘robar baile’ es constante y castigado por el Perrero con los golpes de las zambombas, castigo que tiene como misión expulsar al intruso y restablecer el orden simbólico. Aunque antes los ‘intrusos’ no llevaban ningún distintivo, en la actualidad van disfrazados de lo que se les antoja o con ‘zarrios’.

También entran a ‘robar baile’ jovencitos que no están en edad de pertenecer al grupo de mozos. Tras la colocación de la capa por sus parejas – que señala en fin del baile- la Justicia, de nuevo en orden jerárquico enfilan directamente hacia la puerta de acceso al local del Ayuntamiento. Allí, ya a puerta cerrada, se despojarán de sus atributos y el Perrero entregará ropa y dinero dando fin a su papel.

Completado el ritual del baile de la Justicia, sigue para todos la fiesta; durante el resto de la tarde acompañados de la charanga se va por los bares o se baila por la calle y al llegar la noche comenzará la orquesta a tocar ya en el local. La barra es atendida por la Justicia entrante, con ayuda de las muchachas, constituyendo una de las principales fuentes de financiación de toda la fiesta. Al día siguiente, día 29 por la mañana, se celebra la misa en honor de los mozos difuntos a la que es obligatorio acudir, y si no se llega a la celebración ha de estarse presente en la puerta de la iglesia para cuando el Alcalde pase lista; si no está, puede ser sancionado. Por la noche de nuevo la orquesta y así el trascurre día 30 como final de festejos, disfrutados por todos. Antes, también era el momento de que los forasteros ‘paguen’ por su estancia y la diversión de la que han disfrutado. Se les pedía una aportación y si eso no sucedía eran manteados.

El reconocimiento de Los Santos Inocentes como Manifestación Tradicional Representativa lo es hacia un Patrimonio Inmaterial vivo que sigue haciendo tradición y en la modernidad pervive enlazando a los que emigraron con los que se quedaron y vuelve a vestir de ‘mozos’ a los jóvenes, durante años eran hijos del pueblo que vivían fuera de él. Hoy son los hijos de estos, muchos ya no nacidos en el pueblo pero que, estando implicados en la fiesta, se sienten tanto o más parte de él.

Paz Gómez, Roberto Fernández y Honorio Velasco