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La Cueva de los Enebralejos sorprende por sus pinturas rupestres. /E.A.

La Cueva de los Enebralejos de Prádena está más cerca de ser declarada Bien de Interés Cultural (BIC) con categoría de Zona Arqueológica. En base a la Ley de Patrimonio Cultural de Castilla y León de 2002, la Consejería de Cultura y Turismo ha abierto un periodo de un mes de información pública, para que cualquier persona pueda alegar cuanto estime en orden a la declaración que se pretende.

El yacimiento arqueológico de la Cueva de los Enebralejos, según se explica en el expediente publicado, corresponde a una necrópolis de inhumación colectiva calcolítica, cuyo inicio habría que situar en un momento relativamente antiguo de ese periodo. Se pueden distinguir hasta tres momentos, al menos, de utilización, mediante el estudio de las piezas arqueológicas asociadas a ella y las superposiciones y diferencias técnicas de las grafías rupestres que existen en sus paredes, en su mayoría reiterados motivos geométricos junto a figuras antropomorfas típicas del periodo esquemático.

Como ocurre en otros yacimientos de tipo similar, la cueva sepulcral estuvo asociada durante su etapa de utilización a un poblado en superficie, localizado en la misma loma en la que se abre la boca actual de la cueva y conocido solo por la documentación de excavaciones antiguas, sin que en la actualidad se dispongan de datos objetivos sobre la conservación de posibles estructuras pertenecientes al mismo.

La espeleometría de la cavidad alcanza los 3.670 metros de galerías, en tres niveles. Se han identificado y documentado elementos arqueológicos solo en los primeros 300 metros del recorrido, y localizados en su mayoría en la galería principal de la cavidad.

En la gruta se reconoce la existencia de un yacimiento arqueológico adscrito a los primeros momentos de la Edad de Bronce y el inicio de la metalurgia en la zona, que la investigación arqueológica describe como una necrópolis de inhumación colectiva a la que se asocia un extenso e importante conjunto de arte rupestre. Está compuesto por un elevado número de grabados y, en menor medida, de pinturas negras, encuadrable en los desarrollos generales del arte esquemático, pero con una personalidad propia que le distingue de otras concepciones plásticas diferentes, aunque próximas en el tiempo y en el espacio, como son las pinturas esquemáticas del barranco del río Duratón.

Las dataciones radiocarbónicas obtenidas en el yacimiento fijan por ahora el periodo de utilización de la cavidad como necrópolis entre los años 2.120 a.C. y 1.850 a.C., en los primeros momentos de la utilización de la metalurgia del cobre y el bronce en la región.

En lo que se refiere a la cueva en sí, a partir del acceso actual se desarrolla un primer tramo de galería incurvada que conduce a la primera sala con contenido arqueológico, que se une a su vez por un corto corredor a otra gran sala en la que se localiza el núcleo principal de grabados y pinturas rupestres, que comparten espacio en este caso con enterramientos y pozos esferoidales y ovoides excavados en el suelo de la cueva.

Fuera de este sector, que constituye el núcleo central del yacimiento, se localiza un importante número de conjuntos artísticos menores dispersos en galerías secundarias, algunas de ellas de difícil acceso, junto con otras evidencias de las prácticas funerarias realizadas en la cueva durante la prehistoria reciente. Resulta evidente la relación espacial que existe entre los grafismos y una zona perfectamente delimitada de la cueva en la que se podido comprobar una intensa y repetida utilización de tipo funerario.