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Josete y Benito García Polo, de Tapicerías García, en su taller en Cuéllar./C.N.

Josete y Benito García son cuellaranos, conocidos, y de los pocos tapiceros que quedan en todo el país. Su oficio, pura artesanía, es tan detallista como escaso, y verlos trabajar en su pequeño taller, una tapicería de las de toda la vida, retrotrae al trabajo más manual y personal que se ha hecho en la historia. Grapas, martillo tapicero, tijeras, máquina de coser, espumas, telas y mucha mano hacen verdaderas virguerías en sillas, butacas, sofás y, últimamente, en asientos de vehículos. Devolver valor a lo que normalmente se sustituiría es un arte que estos hermanos explican en su taller, Tapicería García Polo, en Cuéllar.

— ¿Cómo empezasteis en el oficio?
Josete—Empezamos con mi padre en la iglesia de El Salvador, en la sacristía. Cuando no había misa, donde ahora comen los hermanos de la Virgen de la Palma en su fiesta, en ese cuarto tapizábamos. No tenía nada que ver con cómo está ahora, teníamos dos bombillas y vale. No había compresor ni nada… todo con puntas. Yo iba a ayudar a mi padre a Muebles Las Heras con 14 años; poníamos los galones a las sillas.
Benito—Solo hacíamos sillas y butacas, no sillones;algún sofá y como no había coche, se llevaba en un carretillo.

— ¿Quién enseñó a vuestro padre?
Benito—Él mismo en Muebles Las Heras, desarmando y volviendo a armar.
Josete—No hay directrices. Se aprendía desarmando y volviendo a armar por piezas. Se quita, se plancha, se saca un patrón idéntico, se corta y se cose. A coser nos enseño mi madre, pero después, es la práctica. De todas maneras, el trabajo de antes no tiene nada que ver con el de ahora; antes todo se fijaba con puntas y el martillo tapicero, puntas que comprábamos en Madrid. Después pasamos a las grapas, pero hasta que no llegamos a este taller, no trabajamos así.

— ¿Cuándo llegasteis a esta tapicería?
Josete—En el 85 nos fuimos de El Salvador, en el 86 vinimos aquí, cuando hicimos obra, para empezar de verdad en el 87.
Benito—Yo empecé en el 92, más tarde, pero son 35 años de oficio como tal.
Josete—Esta es una tapicería antigua, de las que nos dicen los comerciales que ya no quedan.

— No quedan aquí, ni en la comarca, ni prácticamente en España.
Josete—No hay nadie. Alguna en las ciudades, ligadas a tiendas de telas.
Benito—Cuando vienen los comerciales nos dicen que somos cuatro o cinco en España, no hay más; poquísimo.

— De momento estáis vosotros, pero a pocos años de la jubilación, cuando os toque, ¿quién continuará?
Josete—Cuando nos jubilemos, nadie.
Benito—No va a quedar nadie.
Josete—Es cierto que nos han preguntado alguna vez si necesitamos gente, pero nadie como para continuar con el oficio. Hace poco nos preguntó un chaval, pero solo por mano de obra.

—¿Si alguien se interesara?
Josete—No creo que nadie se ponga a trabajar de esto. Se echan muchas horas. Es mucho trabajo en una época en la que no se entiende que desmontes un sofá para volver a montarlo nuevo. No se entiende cuánto vale tapizar porque nuevo vale menos.

—Entonces, sois otro oficio, como lo fue el sector de la madera en Cuéllar, al que afecta la cultura de usar y tirar en la que vivimos.
Josete—Totalmente. Es que nosotros de menos de 40 años, no tapizamos a nadie, a no ser que sean asientos de coches o motos, porque hoy en día no se entiende. Nuestro público es más bien mayor.
Benito—Los jóvenes ven que si esta silla en dos años se rompe, me compro otra. Un sofá, igual. Lo que se tapiza son muebles de 30 años para atrás; 30, 40, 50… Lo de ahora, además, no vale nada. Hay gente que ve lo que hay dentro de un sofá, que viene prácticamente hueco, y se sorprende. Hoy en día se tira y vale más lo que la gente lleva al punto limpio que lo que se compra.
Josete—Además, tapizamos mucho a la misma gente que ya hemos tapizado. Tan curioso como que este verano hemos tapizado unos tresillos que tapizamos hace 15 años.

—Clientes mayores, y ¿de dónde proceden?
Josete—De Cuéllar y bastante de los pueblos, de la comarca. También de Madrid, pero todo derivado de los pueblos: madrileños con casa en los pueblos de alrededor. En las capitales, Valladolid y Segovia, también, y suele ser porque proceden de Cuéllar.
Benito—Este año hemos tapizado bastante en Cuéllar, pero principalmente de la comarca, y gente mayor, esos sobre todo. Aquí cuando vienen los jóvenes, sabemos que es a tapizar el asiento del coche o de la moto.

—Así que ahora el mercado se abre a vehículos. ¿Desde cuándo?
Josete—Puede ser desde hace quince años. Ha subido mucho. Trabajamos para prácticamente todos los talleres de Cuéllar y de los pueblos cercanos. Se empezó a hacer cuando decayó la industria del mueble aquí en Cuéllar, para la que dedicábamos hasta tres días a la semana.
Benito—Como nadie lo hace, igual que los techos de los coches, lo traen aquí. También hacemos muchos coches antiguos.

—Como muchos negocios, habéis saltado a las redes sociales hace un par de años. ¿Ha sido beneficioso?
Josete—Sí. Mucha gente ahora conoce lo que hacemos porque lo ve en redes.

—¿Se ha traducido en más volumen de trabajo?
Benito—Sí, creo que algo de lo que viene, tiene que ser por eso. Sobre todo de coches, porque lo ven y vienen expresamente a ello.

—Como todo trabajo artesano, tiene un precio. ¿Se valora adecuadamente ese trabajo por el cliente?
Benito—Sí, la verdad que cuando ven cómo queda, lo valoran y te lo dicen: “qué bien me ha quedado”.

Josete—Normalmente gusta el resultado.

—¿No os da pena que nadie continúe?
Josete—Sí, pero el problema es que no hay juventud, en Cuéllar ni en los pueblos, pero mercado existe, no cabe duda.