‘Guti’ cerró el festival de El Espinar. /JOSÉ REDONDO
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El pasado jueves, José Luis Gutiérrez, más conocido en el mundo de la narración y el folclore como ‘Guti’, clausuró el XX Festival de Narradores Orales de El Espinar con una sesión, que, gracias a su generosidad, en la práctica fue doble. Guti quería contar, quería contar muchos cuentos y conversar con los escuchadores de El Espinar –a los que tiene en gran estima–; por eso tras los aplausos del primer cuento, pidió que no se aplaudiera más durante la actuación, que así ganaría tiempo para poder contar mucho más. Este detalle revela su calidad humana y profesional: ‘Guti’, con admirable humildad, entiende que lo verdaderamente importante son las historias y las voces de quienes las aprendiera –recuerda todos los nombres de los informantes–, porque en los cuentos vive la memoria de lo que fuimos y la de quienes lo contaron. Por eso no podía perder tiempo con aplausos, por eso contó hasta bien pasadas las once y media; por eso y porque tenía ganas de contar en cuerpo presente, porque este nefasto 2020 hay un déficit de contadas a personas de carne y hueso.

‘Guti’ tiene una libreta negra que no duda en consultar, allí lleva apuntado qué contó en cada lugar, no quiere repetir y tampoco tiene necesidad de hacerlo, pues maneja más que un repertorio, todo un territorio de la memoria colectiva. La libreta, tan poco teatral, nos recuerda que ‘Guti’, además de narrador, es folclorista porque busca los cuentos y los testimonios por los pueblos y por las memorias de los mayores. Busca los cuentos porque explican la vida que fue, pero también lo que todavía somos y aunque los cuentos que relata son ficciones también son, a la vez, tremendamente reales. Y para que sean todavía más reales, para que el encuentro con esa memoria perdida sea todavía más profundo y determinante, Guti utiliza las palabras precisas. Esas palabras que en cualquier libro estarían anotadas al margen o en el glosario, en la boca de ‘Guti’ se convierten en sólidas herramientas de oficios perdidos, porque las palabras materializan los objetos y renunciar a las palabras exactas supone renunciar a una parte de la realidad que fue.

“Guti” cuenta sentado, como las “viejas “de las que ha aprendido a contar, sin alardes teatrales, con poco movimiento, pero contundente y oportuno; movimiento, que más que actuar le lleva a dibujar en el aire lo que es menester: ya sea un telar o el mecanismo de un molino. Solo alguna vez juega a “ser poseído” por los gestos, la voz y los giros léxicos de “sus viejas”, en otro homenaje a esas mujeres que mantuvieron viva la cultura popular. Posiblemente, por ser cuentos contados por voces femeninas encontramos protagonistas salerosas, ingeniosas y ocurrentes que lo mismo se burlan de los hombres que de la muerte; mujeres –y algún hombre– que hacen reír, reír mucho y que dejan un poso de sabiduría cotidiana, práctica y ancestral. Pero, por si todo esto fuese poco, ‘Guti’ ama la música y no duda en cantar o recitar en algunos pasajes claves de los cuentos, mostrando esa característica manera de cantar catellanoleonesa que más que canto, parece gorjeo des ave vecindera.

Y ‘Guti’ cuenta sonriendo, regodeándose en las reacciones que provocan sus palabras y sus vocablos olvidados, que pasa a explicar con el sumo gusto de quien se sabe artífice del milagro de trasladar en el espacio y en el tiempo a más de cien personas de una vez. ‘Guti’, en su suprema humildad, ha conseguido algo tremendamente difícil: es capaz de ver las sonrisas del público tras las necesarias y castrantes mascarillas. Tampoco es de extrañar, porque él está acostumbrado a escuchar y la capacidad de escuchar es una de las virtudes fundamentales de un buen narrador: le nutre de historias y le permite conversar con el público a través de las miradas.

Así, con uno de los grandes, se cierra la vigésima edición del Festival de los Narradores Orales, una cita imprescindible en el verano de El Espinar y uno de los grandes acontecimientos en el calendario de la profesión, pues este festival, que cada vez parece más olvidado institucionalmente, es de los más longevos, queridos y prestigiosos precisamente por la calidad de su público. Ojalá en 2021 se puedan celebrar sus veinte años de vida con alguna actuación más y sin las terribles y muy dañinas sillas de metal, resarciendo, así, a un público fiel que cada año va aumentando su número y su franja de edad y que se ha quedado con ganas de mayor celebración tal y como esperar para una fecha tan redonda si no hubiese sido por las dudas, temores y precauciones derivadas de la situación sanitaria.