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En medio de las polvaredas mediáticas, de los aplausos, las cazuelas y las banderas, intento adivinar posibles faros para ir tirando, simplemente ir tirando, en los tiempos duros que se adivinan. Y de repente he vuelto a encontrarme la noticia  del record de la venta de armas en EEUU, motivado por la pandemia. Hubo record en marzo y vuelve a haberlo en abril. Más de tres millones de armas compradas en un país que ya disponía de más armas que habitantes. Los responsables lo justifican: “Los americanos saben que su única defensa en una crisis son las armas”. Cuando leo esto me alegro de vivir donde vivo, de que mis vecinos se fíen de mí y de los otros vecinos para no tener necesidad de comprar un arma. Y me alegro de que todos confiemos en una cultura y unos valores que nos permiten mantener la confianza y extender la solidaridad cuando llegan tiempos de crisis.

Comparo esta mentalidad de un pueblo de Castilla con otro de Texas, por ejemplo, y mi estima crece, como mi orgullo por pertenecer a una comunidad, como tantas otras, que está dando muestras de solidaridad desde el primer día de la catástrofe. En un pueblo todo es más cercano, incluso los aplausos y las cacerolas. Por eso es aquí donde hay que defender con más ahínco la capacidad de entenderse. Hay oscuros intereses en enfrentarnos, en crear un clima tenso, en despertar los viejos odios, porque solo en ese ambiente crispado pueden crecer los partidos más beligerantes con la democracia. La historia así nos lo ha contado. Mejor que no empecemos  a repetirla.