El apasionado romance de Pablo Albo y el público

El pasado sábado, Pablo Albo, con un despliegue de talento, humor surrealista y alarde léxico, cerró el XIII Festival de Narradores Orales de El Espinar arrebatando a los asistentes y atrapándolos a una espiral de sonrisas, risas, carcajadas, lagrimones y desencajamiento de quijada generalizado.

Todo empezó en la presentación del narrador, que para sorpresa de los que no lo conocían fue introducido por sí mismo. Con esta ocurrencia heterónima, Albo se metió al público en el bolsillo. Y en el bolsillo del alicantino hay todo un mundo paralelo, llamado Matamala (no confundir con la localidad segoviana), donde puede suceder de todo y a la vez (puro «anacronismo mágico» inventado por Albo), desde que se construya un puente de papel de aluminio por falta de presupuesto, hasta que unos chiquillos jugando a las canicas encuentre un auténtico romano hablante de latín.

Si las historias de este afamado y premiado escritor infantil y juvenil rebosan fantasía, absurdo e ingenio lingüístico, su forma de contar también, pues se fundamenta en relaciones insólitas entre conceptos que le llevan a enloquecedoras digresiones e historias al margen. Cualquier elemento sirve para despertar la ocurrencia en Pablo Albo, lo que está viendo -ya sea el público, un objeto en la sala- o bien un recuerdo traído por el propio argumento o por un vocablo sugerente. Después, con la misma facilidad con que ha salido de la historia vuelve a entrar, y en ese ir y venir por la imaginación va tejiendo en cada contada de un modo diferente sus historias: buscando en cada instante la palabra mientras hace gala de una enorme riqueza léxica, echando mano del cuerpo para acentuar la trama allá donde hace falta, jugando con la mirada y disfrutando como un niño mientras cuenta. Y cuando él disfruta, el público lo hace más.

Lástima que la de Pablo Albo fuera la última sesión del festival, porque después de la gran calidad que se ha visto estos días -y este es el momento de felicitar al Ayuntamiento de El Espinar, pero sobre todo a su director Ignacio Sanz por su buen ojo en la programación-, parece que falta algo, quizá un par de días más.