Una de las tres cruces actuales, alguno restos y el friso de la portada de la iglesia.

La Cuaresma es el tiempo de cuarenta días desde el miércoles de ceniza, antes de la semana de la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo. Es un tiempo de ayuno y abstinencia, de oración y penitencia. Y sobre todo, la penitencia pública de los pecadores (entrarían por la Puerta del Perdón del templo), y la preparación para el bautismo de los catecúmenos, que se les administraba el Domingo de Pascua.

En otro tiempo durante la Cuaresma, todos los viernes, se hacía el Vía Crucis en el paraje denominado El Calvario, sito a las afueras del pueblo, a la entrada del Camino Real que venía desde Segovia, pasado el Puente Mantible (de tanto arraigo en esta Villa con su canto considerado himno oficioso de esta localidad). Aquí estaban enclavadas las catorce estaciones cada una de las cuales con su cruz sita en su pedestal.

Fueron los dominicos quienes eligieron el lugar que tiene cierto paralelismo con el que recorrió Cristo. Y es que a principios del siglo XV tuvo mucha importancia la Pasión de Cristo en el seno de la Orden de Predicadores. El primer Vía Crucis de Europa se hizo en el convento observante cordobés de Santo Domingo de Escalaceti por parte del beato Álvaro de Córdoba, confesor de la reina Catalina de Lancaster y protegido de la reina María de Aragón, y uno de los principales reformadores de la Provincia de España. No hay que olvidar que la primera reina mencionada, Catalina, fue quien fundó esta villa y entregó la custodia del templo de la Soterraña a los dominicos, y María de Aragón la siguió en el patronazgo regio y apoyó la edificación del claustro dominicano de este pueblo.

Este Vía Crucis (camino de la Cruz) es la devoción que realizan los cristianos para recordar y representar la pasión y muerte de Jesucristo a lo largo del camino que recorrió hasta el Calvario. Participaba todo el pueblo a través de sus distintas cofradías que eran 17, destacando sobre todo la de Nuestra Señora de la Consolación, el Cristo de las Cinco Llagas y de la Vera Cruz. También estaban presentes los religiosos dominicos, tanto frailes como novicios. Fue en el siglo XVI-XVII cuando se esculpieron las catorce estaciones con las cruces en sus pedestales de granito. El itinerario se puede seguir en un croquis de 1978, hoy en día algo desdibujado por las edificaciones posteriores. En ese año aún existían seis cruces (estaciones 2-6-7-8-10 y 14), trece pedestales y los restos del otro (estación 4ª). Hoy se conservan tan sólo tres cruces en sus pedestales y otros movidos de su sitio (2-7 y 10). Pero el trayecto en lo esencial no ha variado, teniendo un recorrido de medio kilómetro aproximadamente.

La finalidad de esta Vía Crucis era dar un mayor realce y solemnidad a la Cuaresma y Semana Santa. Las cruces estaban dispuestas de tal forma que sus brazos indicaban la dirección de la siguiente. Es decir, servía a su vez de guía. Además, las distintas estaciones estaban localizadas en sitios estratégicos para la representación de cada una. Así, por ejemplo, la tercera estación se situaba en un cruce de caminos y debía pasar una cacera. La cuarta, el encuentro de Jesús con su Madre, se sitúa a la salida de la calle Miguel Ibáñez. La quinta se sitúa en el camino que puede venir cualquier labriego a ayudar a Jesús con el peso de la cruz. La octava es la tercera caída de Jesús y está en una subida y paso de cacera. La última estación, con su cruz estaba dispuesta en un doble basamento para destacar la de Cristo en la cruz a una mayor altura. La cúspide del calvario está sita en un pequeño montículo pizarroso, donde se situaban las estaciones 11, 12, 13 y 14, pero a la vez recordando la 12 y la 13 a los dos ladrones crucificados a ambos lados de Jesucristo.

Este tiempo de cuaresma, de ayuno y penitencia, también tenía sus recompensas, pues varias cofradías tenían a su bodeguero que preparaba sus limonadas y dulces para los cofrades y penitentes. Algunas también tenían a su muñidor o mullidor que se encargaba de avisar a los cofrades o hermanos para que acudieran a las juntas, procesiones y otros temas de interés. Y en algunos casos hubo alguna que tenía un escribano. Estos cargos u oficios tenían su compensación económica.

Otra curiosidad a destacar es que el recorrido de esta Vía Crucis tiene forma de las letras Alfa y Omega, primera y última del alfabeto griego, y son el atributo de Dios Padre y de Jesús, expresando la eternidad e infinidad, el principio y el fin, según el libro del Apocalipsis, letras que usaron los primeros cristianos en cruces y anillos y que aún se conservan en el arte litúrgico católico.

Este Vía Crucis aún era utilizado los viernes de Cuaresma hasta casi mediados del siglo XX según nos manifestó alguna vecina. Lamentablemente este rico patrimonio histórico, religioso y cultural ha sido maltratado a lo largo del último siglo, desapareciendo parte de él y estando en peligro de extinción no muy lejano el resto.

En otras ocasiones he hecho referencia a la Semana Santa en esta villa, con sus distintos pasos, y sus representaciones, así como el friso corrido de la portada de la iglesia (monumento nacional desde 1920) donde se recoge, según el evangelio de San Mateo, diecisiete escenas, desde el alquiler de la habitación para la última cena, pasando por la última cena, lavatorio de pies, oración del Huerto de los Olivos, beso de Judas y prendimiento, Cristo ante Caifás, negación de Pedro (algo deteriorada), Cristo ante Poncio Pilatos, Cristo atado a la columna, Cristo con la cruz a cuestas y a continuación clavado en la cruz, Cristo junto a los soldados y los ladrones, Nicodemo bajando el cuerpo muerto de Cristo de la cruz, Cristo resucitado, las mujeres recibiendo la noticia del sepulcro vacío, y Cristo triunfante sobre el mal (Leviatán).

Delante de esta portada, los dominicos a la vez que predicaban sobre la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesucristo, utilizaban las imágenes del friso para que a los fieles les quedará mejor la enseñanza, utilizando ya la consigna que “una imagen vale más que mil palabras”.


(*) Cronista Oficial.