Anima a los jóvenes a seguir su ejemplo. Y a apostar por el medio rural. No solo cree que se pueden hacer las mismas actividades que en una ciudad. Va más allá. En su opinión, la calidad de vida es mayor. Irene Fernández tomó una decisión que llevaba tiempo esperando: decidió trabajar como cocinera en el restaurante de su familia en Riaza. Esto le hizo declinar la oferta de un hotel de cinco estrellas de la capital. Pero su apuesta por su pueblo es firme. Más aun cuando piensa que así está contribuyendo en la lucha contra la despoblación. Lo hace de la mejor forma que sabe: entre fogones. Entiende la cocina como algo romántico. Escucha con cariño al puchero. Considera que cada plato tiene sus claves.

La recuerda con cariño. Se llamaba Maruja. Era viuda. Iba todos los días a comer a ‘El Fogón de Riaza’. A ella le tomó sus primeras comandas. Fernández “hacía que practicaba”. Pero lo cierto es que estaba iniciando su camino en el mundo de la hostelería. Cuando tenía 12 años, hacía frecuentes visitas a la cocina: ayudaba a su madre a pelar patatas. Le gustaba hacer las masas. Estaba cada vez “más a gusto” en el negocio. Tal es así que, una vez que cumplió los 16, empezó a ir todos los fines de semana. Dos años después, le dio a sus padres una “mala” noticia: no quería estudiar una carrera universitaria. Sabía que lo que de verdad le haría feliz era cursar un grado de Formación Profesional de Cocina. “¿Dónde te vas a meter? No sabes lo que es esto”, le dijo su padre. Pero acabaron entendiéndolo. Y se volcaron con ella.

Estudió en la Escuela de Hostelería de la Casa de Campo de Madrid. En ella cosechó “buenos recuerdos”. Poco después, pasó por el hotel ‘The Westin Palace’ de la capital. “Era un ambiente muy agradable”, afirma. Estaba “contenta” con sus compañeros. A pesar de que acababa de concluir su formación, le hacían sentirse una más. Cada día, cuando se iba, le agradecían su trabajo. Esto lo ha trasladado ahora a su negocio. “Cuando se van mis chicas, siempre les digo gracias”, cuenta. Al igual que le ocurrió a ella, quiere transmitir a sus empleadas que su trabajo se reconoce. Y se valora.

En el hotel le pagaban “muy bien”. Pero esto no fue suficiente para que se quedara. La vida en Madrid era “agobiante”. Con los 24 años que tenía en aquel momento, ya “sabía lo que era” la capital. Tenía la necesidad de volver a su pueblo. Para disfrutar de “su gente”. No se lo pensó dos veces. Aunque, de nuevo, a su padre no le resultó fácil asimilar esta decisión: prefiere que su hija sea asalariada, no autónoma. “Hay que luchar para ser lo que se quiere en la vida”, declara.

No escogió un sector sencillo. Antes lo llevaba “peor”: el trabajo le ha hecho perderse muchos momentos con su familia y amigos. Pero hace años que se acostumbró. Y aprendió a priorizar lo que de verdad importa. “Es tiempo de disfrutar”, asegura. No quiere perder el hilo de la vida.

La cocina lo es “todo” para Fernández. Es una forma de vida que, en ocasiones, “quema”. Aunque no tiene quejas. Suele toparse con gente agradecida con su labor. Que le felicita. Siempre ha sentido el respaldo de los riazanos: sobre todo, al comienzo de la pandemia.

Le gustaría continuar en el restaurante. Para mantener el legado familiar: es la segunda generación. A su vez, sueña con poner en marcha su propio proyecto: una posada. Mientras tanto, tratará de mantener la “química” en cada uno de sus platos. Está convencida de que, cuanto más tiempo se les dedica, “mejor” es el resultado.