El pequeño museo de Julián Martín es fruto del esfuerzo y dedicación personal. /A.P.
Publicidad

Fuera de los circuitos populares y oficiales que marcan los museos propiamente dichos, existen otros pequeños reductos de coleccionistas personales, amantes de las antigüedades, de las curiosidades, del valor del recuerdo en lo personal y en lo social, en lo entrañable; una percepción especial de los elementos ya intangibles para muchas personas, pero con un resorte emocional e histórico, que no merece la pena dejar ir, desaparecer.

Y así lo vio nuestro protagonista, Julián Martín, desde hace unos diez años. Como albañil, se le encomendaban trabajos en casas y desvanes, de los que en muchos de ellos, debían salir sus trastos y pertenencias, por encargo de sus dueños. Y en estas, Martín, empezó a diferenciar entre lo que es tirar escombros y lanzar vida al contenedor, empezando a coleccionar y reunir distintos útiles, enseres y artilugios de gran valor etnográfico.

Para reunir su colección, eligió su nave de aperos situada en la calle San José. En cuyas paredes la mirada vacila de un lado a otro, ante la inmensidad de objetos que penden de sus paredes.

Para Julián, el lugar es fraternal. Por eso, pisar primero el suelo del museo supone el plano sentimental de lo que viene después. Sobre su adosado, labrado, y acuñado, con trabajo y paciencia, se despliega su amor familiar. Como si quisiera trasmitir, que ese tesón va unido también a las emociones familiares, cuyas iniciales modela en el pavimento; las suyas, las de su mujer Pilar, y las de sus hijos, Rebeca y Martín.

En primer lugar, apadrina su capricho, como Museo Cochaca, en homenaje al apodo de su abuelo, natural de Monterrubio(Segovia). Después los dibujos  geométricos, van dando proporcionalidad al espacio, con inserciones en latín, que atañen a la libertad y incluso al gusto por fumar. También, se despliega, el nombre de su localidad de origen, Monterrubio; y en la que vive, Hontanares. Y en el centro un portón, que da un tono al espacio de mausoleo de la cultura.

Pero son las paredes, las que rebosan. Sobre ellas, se distribuyen cerca de mil piezas, originales de los siglos XIX y XX. El merito es recopilar, apreciar, y valorar, por eso a Julián Martín, se le nota orgulloso, y no es para menos, pues a través de su trabajo, ha conseguido reunir su pequeño tesoro emocional, que enseña con fruición.

“De todos las cosas que tengo,  la mayor parte han sido donaciones, comprar, he comprado muy poco”, afirma. En su recorrido aleatorio por las paredes, nos muestra, una bicicleta procedente de Marugán; una preciosa cabezada de cuero con incrustaciones de metal; una cañiza, un reclinatorio, braseros, vasijas, radios, un precioso crucifijo de escayola procedente de Segovia de un gran valor; un curioso toma-vistas de 1976, uniformes militares de General, confeccionados en Zaragoza, todos llegados al lugar, con una historia detrás.

Destaca que el hecho de ser albañil, le ha ayudado mucho a la hora de limpiar, y reconoce, “haber tirado muchas cosas”. Subraya, que la pieza más antigua documentada, “es una hoja de espada labrada en Toledo del año 1796”. Entre los artilugios, asoma una bascula, “fui al Escorial a por ella, y pertenecía a una tienda”. Una guitarra y cuerdas de esparto ofrece el tono musical, “adquirida por 500 pesetas en su momento en Hontanares”. Y una corneta de alguacil, “que me donó una persona de Valseca, y era del señor Víctor, antiguo pescadero”. También objetos artísticos, como dos cuadros de la Última Cena adornan las paredes. Y como no, aperos y artilugios agrícolas, como una máquina de desgranar el maíz, bieldos, palas, rastrillos, trillos, ubios, angarillas, aguaderas, serones, y dediles y zoqueta, todo ello limpio y en buen estado de conservación. Un conjunto que pone de relieve el carácter agrícola del municipio.

Como también característico de la población, es la antigua centralita de la Estación de Hontanares, toda una joya del patrimonio y del carácter ferroviario que tanto identificó a Hontanares de Eresma, de la que asoma un listín telefónico.

En la letanía de nuestro encuentro, Julián Martín, confiesa, “aquí me paso muchas horas, entre cambiar y colgar cosas, y como entretenimiento. Cuando me jubile, –le faltan dos años– haré más cosas”. De momento enseña con cariño y apego su colección a sus amigos,  a la gente mayor y a las personas que lo deseen; así como a los niños del colegio, o cediendo alguna pieza para alguna demostración de siega u otra utilidad”. Un hermoso resorte de vida y cultura como muestra a las distintas generaciones.