Romería hacia 1925. Benito de Frutos. Monasterio del Henar.
Romería hacia 1925. Benito de Frutos. Monasterio del Henar.

De misericordia, mar,
causa de nuestra alegría,
amparadnos noche y día
Madre de Dios del Henar
(Gozos del S. XIX)

En los cuatrocientos años que han pasado desde que se otorgara esta fiesta en el Santuario de Ntra. Sra. del Henar autorizada desde Roma -muchos años antes se constata la devoción- ha dado tiempo más que de sobra a que florezcan mil y una gracias que configuran los detalles humanos de nuestra historia cercana, la riqueza de expresiones de nuestro patrimonio tanto material como inmaterial -ahora que está de moda la susodicha palabra- habida cuenta de la facilidad de los resineros, pastores, labradores y paisanos comarcanos a la hora de crear y componer su propia identidad.

Todo ello ha ido conformando el amparo religioso y vital en el que hombres y mujeres se refugiaban. Al margen de la idea artística presentada, la arquitectura, la propia antigüedad y belleza de la talla de Nuestra Señora, los cinceles de los escultores de los retablos o la obra pictórica, muchos otros elementos patrimoniales y tradicionales -que como siempre pasan desapercibidos ante los ojos eruditos y cultos-se cobijan bajo su manto milagroso y constituyeron la esencia y el sentido de los devotos. Las joyas, vestidos de la imagen, tonadas, bailes y costumbres constituyen el entramado de la tradición del Henar. Algo de ello, como la parte musical que adornaba algunos actos litúrgicos, trató el padre Miguel María Arribas O. Carm. en su historia del santuario (1984) como rico trasunto de la obra de 1955 de Fr. Manuel Mª Ibáñez O. Carm. donde se recogían salves marianas propias, plegarias, gozos y otros himnos de las novenas que desde el siglo XVIII se adquirían en el santuario o en venta de los copleros de media España. Entre ellas, y a manera de curiosidad que sin embargo nos habla de la gran expansión de la devoción, destacamos por su singularidad la novena editada en lengua indígena cebuana, impresa en Filipinas en 1903 o el grabado en seda de la imagen de 1750 conservado en el Archivo de Indias de Sevilla.

También los periódicos del XX, tras la renueva de 1924 del Santuario, hablaban de la riqueza de manifestaciones en estas romerías y citaban como uno de los momentos más populares y ansiados el canto de ‘La salve de los caldereros’ que en la víspera de la fiesta resonaba por la pradera y en el interior del templo con el eco del cobre y latón y los martillos repiqueteando en el asa llevando el son como recogen los diarios:

El desfile por el santuario era incesante y entre aquella concurrencia que se postraba ante el altar de la Virgen, se abrían paso trabajosamente algunos devotos que marchaban de rodillas. Millares de velas encendidas daban fantástica iluminación al santuario y había momentos en que el ambiente se hacía irrespirable.

A las diez, con acompañamiento de gaita y tamboril, entonan la salve los caldereros y al final los gritos de entusiasmo y los vivas a la Virgen, a la ‘morenita’, eran ensordecedores (…) a las once de la mañana salió la solemne procesión precediendo a la imagen como de costumbre numerosas parejas de danzantes, que infatigables bailaron durante las tres horas en que la procesión tardó en regresar al templo (El Adelantado de Segovia, 22 de septiembre de 1925).

Grande era también la producción de objetos de consumo para unos visitantes deseosos de llevar de vuelta a su tierra, aunque tan solo fuera por aquello de “¿quién va la feria y ¿no compra en ella?”. Objetos iluminados con la iconografía de la Virgen, postales del santuario, pequeñas tallas de estuco para las capillas de las alcobas o rosarios que bendecían la casa todo el año se llevaban de regalo a los enfermos o a quienes por otras circunstancias no habían podido acompañar en la romería. Pero entre las piezas más populares e interesantes en nuestros estudios acerca de la tradición recogemos algunas particulares piezas de cerámica que se destinaban solo a la feria del Henar siendo los alfareros de Peñafiel especialmente los encargados de su factura. Entre estas piezas destacaban las cantarillas ‘del Henar’, la botijilla de dos asas vidriadas en un atractivo amarillo que servía de recuerdo a los curiosos y devotos que esos días se acercaban a la pradera. Los alfareros peñafielenses hacían su agosto vendiendo además multitud de pequeños juguetes y huchas, al margen de jícaras o tacitas para el chocolate que se despachaban a espuertas en la madrugada de la fiesta, en las que se desayunaba el personal. Fabricaban además unos grandes platos engobados en amarillo o vidriado trasluciendo el rojo del barro. Agustín García Benito en su estudio más que loable de la cerámica antigua de Peñafiel (2009) describe los gentiles motivos de estas piezas, dalias, margaritas, rosas y claveles, pájaras, el santo sacramento, la M virginal y sobre todo la imagen sencilla de la Virgen reducida a los mínimos trazos pero claramente reconocible.

Muchos otros objetos se mercaban en la romería, insoportables pitos para los niños, cazuelas, calderos y sartenes, pañuelos de seda llamados de cuarterón que lucirían el resto del año las mozas en sus bailes, estampitas de la Virgen en mil papeles de colores junto a las coplas de cordel del último crimen ocurrido a saber dónde y las clásicas avellanas y turrones. Otros sí, los puestos de los plateros -y los propios del mismo santuario- desde siglos atrás facilitaban a las mujeres las medallas de plata caladas que luego se ensartarían como realas en las exuberantes collaradas de las churras, salpimentadas de cuentas de cristal de La Granja, corales, granos de aljófar, perlas, bollagras sobredoradas o en su ser, cruces, patenas, relicarios, corazones de la novia y ‘cristos triperos’ que definieron durante siglos el adorno de estas tierras reconocido como emblemático de la identidad segoviana y que hoy se arma con baratijas y plásticos, en triste pena de nuestra majeza.

Otro de los tiempos fundamentales donde se reflejaban los rasgos de identidad, la clara tradición segoviana y vallisoletana, era en la danza de la procesión. Las tonadas de la entradilla -precedida de la Marcha real al salir del templo la imagen- y las danzas pinariegas constituyen algunas de las piezas etnomusicológicas más destacadas de los repertorios castellanos de dulzaina. Aquí acudían los gaiteros collarinos como el popular Casadero o Lorenzo García. Tal vez fuera ahora el momento de reivindicar con claridad la figura de la saga de esta familia de dulzaineros originada en el siglo XIX con Lorenzo García y continuada por su hijo Gregorio García (y a su vez por los suyos), excelentes dulzaineros, músicos y compositores de piezas tanto tradicionales como bailables. Su figura apenas se ha ensalzado en justa medida meritoria tanto por su calidad instrumental como por su labor durante todo el siglo XX: la dirección de la Banda Municipal de Cuéllar, la recuperación de la dulzaina como instrumento, el registro de muchos repertorios e incluso su trabajo en el movimiento folk de los años ochenta con el grupo ‘Resurgir’.

Volviendo a las manifestaciones de la procesión, cuya danza antaño estaba reservada en exclusividad a hombres, casados, mozos o niños, junto a estas melodías no faltaban vivas, vítores y expresiones sentidas que increpaban a los romeros a seguir en danza tras las varias horas que podía durar el recorrido. De vez en cuando alguien alzaba el cuello y exclamaba en emocionado grito: -¡Alante churros, que la virgen es nuestra!, genuina expresión de la propia comarca de La Churrería. De algunos de estos detalles dimos cuenta en la obra de 2015 que publicó el Instituto González Herrero que recogía el estudio fotográfico del Padre Benito de Frutos con las impagables placas de cristal que quedaron conservadas en el inmenso archivo del santuario. Aquí es donde observamos el tipismo del momento, el ambiente, la llegada de las carretas (el padre Luis LLop escribió acerca del día de la primera misa en 1924 que los autos ascendían a un centenar y los carros a más de dos mil) y la ingente cantidad de romeros que hacían noche en la pradera aguardando la misa matutina. A la procesión acudíael tamboril, los danzantes del Niño de la Bola que festejaron estas primeras procesiones de 1924 y 1925 junto con los de Fuentepelayo, las mozas churras ataviadas de sus mejores galas -las antiguas- en las muestras y concursos folklóricos de ese tiempo admiradas por tanta majeza casi irrepetible. A la par de la gran labor documental de Benito de Frutos, los ocasionales fotógrafos y minuteros nos dejaron otras joyas de la indumentaria en las que los devotos se retrataban con las galas de ese día y ofrecían en el camarín de la Virgen bajo su protección como exvotos, toda vez que fueron desapareciendo los pintores locales que en genuinos óleos decoraban los milagros obrados por la patrona y que se guardan en el museo.

Todo ello belleza y riqueza de expresiones populares que han sido, insistimos, la esencia henarense que emana de la devoción sentida a Nuestra Sra. del Henar ¡Viva la Morenita!