Los organizadores se encargaron de quemar el pelo del animal con bálago y centeno. /E.A.
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Casla ha celebrado la tradicional ceremonia de la matanza de un cerdo, oficiada por un grupo de amigos, recuperando así una costumbre ancestral, que hasta pasada la mitad del siglo XX servía como principal fuente de alimentación para cada familia rural durante casi todo el año.

El primer día, el sábado, después de haber muerto el cochino, cuyo peso era de 190 kilos, el grupo de hombres allí reunido se encargó de quemarle el pelo prendiendo bálago de centeno, para después rasparlo hasta dejar la piel lisa y limpia. Luego se comenzó a despiezar el animal para dejarlo colgado del techo, ya vacío de vísceras.

Tras la preceptiva consulta al veterinario, se comentaron las anécdotas de la mañana en el curso de una comida, celebrada en el restaurante Las Eras, compuesta por judiones guisados con oreja y otros tropezones.

Al día siguiente, se terminó de destazar el cerdo, de manera que quedaron separadas distintas partes de su cuerpo, para ser utilizadas en la preparación de cada uno de los ricos productos resultantes: lomo y costillares adobados, chorizo, torreznos, panceta o tocino, etc. Por último, la fiesta de la matanza concluyó en buena armonía con una comida.

Además. a lo largo de varias semanas, las personas que han intervenido de alguna manera en este rito ancestral tendrán la oportunidad de participar en sucesivas comidas, en las que se irá dando buena cuenta de las restantes partes y de los productos derivados de este generoso animal, del cual, como bien se sabe, “todos se aprovecha”.