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Una de los clavi caligarii o tachuelas de sandalia de legionario romano halladas durante la intervención. /E.A.

Como si de la aldea de Astérix se tratara, el municipio de El Espinar, localizado entre las urbes de Segovia, Ávila y Madrid, se ha convertido en un baluarte ejemplar contra el imparable abandono que asola al mundo rural. Su poción mágica: la arqueología.

Y es que este territorio declarado ‘Reserva de la Biosfera’ desde el descubrimiento en 2016 del asentamiento prerromano de Canto-Los Hierros, no deja de sorprender al propio vecindario de la mano del programa Atajo y su empeño por mantener vivo al paisaje serrano, mediante cualquiera de los recursos arqueológicos que alberga, ya sean estos molinos harineros, explotaciones mineras o trincheras del frente del Guadarrama.

Ahora, al mencionado poblado protohistórico, de por si excepcional al situarse en pleno Sistema Central a mas de 1.700 m.s.n.m., las herramientas digitales de observación remota y las técnicas de prospección intensiva le han encumbrado donde le correspondía por derecho.

Así pues, desde el pasado otoño, se presenta ya como un paradigma en el estudio a nivel europeo sobre la llamada Edad del Hierro y, según afirma I. Aguilera, técnico del proyecto sobre este complejo arqueológico, “como una nueva oportunidad para revisar la expansión de la civilización clásica desde el Lacio, de aquel fenómeno que pondrá los cimientos mas distintivos de la vigente cultura occidental”.

Para este arqueólogo y promotor del programa Atajo, así lo pone de manifiesto la investigación en curso tras unos resultados iniciales que no solo subrayan la envergadura sin paralelos en la península del citado asentamiento, sino que además permiten corroborar la existencia junto a sus dos principales accesos de sendos campamentos de legionarios romanos. Si por un lado se ha desvelado para la ciudadela de Canto-Los Hierros los restos de hasta cuatro líneas de muralla, abarcando una superficie en la que cabría íntegramente el actual casco urbano de la villa de El Espinar, por otro se han identificado varios emplazamientos entre los cuales, dos, ofrecen ya materiales fechados a mediados del siglo I a.n.e. y estructuras enmarcadas en los modelos castrenses tardorepublicanos.

Unas fortificaciones de campaña cuya trascendencia reside en ser los únicos castra documentados hasta el momento en el mediodía del valle del Duero y, por tanto, un claro antecedente a las afamadas guerras asturcántabras acaecidas escasas décadas después.

Al señalado alcance de estos recientes hallazgos, se suman las interpretaciones valoradas por el equipo del proyecto y su posible relación con la presencia de Cayo Julio César como propretor en la Hispania ulterior. Sitúa entonces el historiador como punto de partida el año 61 a.n.e., cuando para pagar las crecidas deudas de su carrera política, se bate el mundo lusitano bajando al llano a los últimos de los llamados oppida, los altivos poblados indígenas dotados de imponentes defensas artificiales.

Unos hechos cuya huella correría en paralelo a recintos militares como los localizados, con la típica entrada cesariana de cuarto de circunferencia, y dentro de una difusa geografía donde se incluye también el territorio vettón, al cual delimitaría hoy la subcomarca de Campo Azálvaro o, dicho de otro modo, una parte importante del presente término espinariego.

Todas las piezas parecen pues encajar entre sí y el relato histórico, a través nuevamente de la arqueología, cobra su sentido. Ciertamente no se puede saber aún cuales serán las otras sorpresas que esconde esta iniciativa del programa Atajo en la que participan miembros del grupo de investigación Antea, de la sociedad de ciencias Aranzadi y de la empresa Dolabra Arqueológica. Sin embargo, no cabe duda de que en El Espinar de Segovia se ha comenzado a recuperar el pasado con rigor para no perder más el futuro entre las quimeras del progreso.