El título del último libro de la cantalejana Corona Zamarro ‘Casi veinte años 1945-1965. Desde Cantalejo’ indica un periodo de tiempo. La escritora habla de su vida privada, una vida peculiar, plagada de hechos originales y grandes contrastes, de su familia, y de otras familias muy diferentes a la suya. Es también una memoria colectiva de aquellos años.
En la primera parte, ‘Antepasados’, no aparece la autora. Surge de conversaciones con su madre a lo largo de muchos años. Son costumbres de épocas antiguas, formas de vivir de una España rural de secano, con economías de subsistencia.
Parte del título es ‘Desde Cantalejo’. Desde allí salen las cuatro carreteras por donde los cantalejanos se dispersaban por todos los puntos cardinales, a vender y arreglar los trillos que se hacían en la localidad segoviana. Podían vender 30.000 trillos al año, y arreglar todos los que se iban estropeando. Corona Zamarro explica que la historia de Cantalejo es única, distinta a la de otros pueblos, al ser el único dedicado a la construcción de trillos, su venta y reparación. La autora pertenece a una estirpe de mujeres fuertes, emprendedoras y valerosas, que recorrían los caminos trabajando a la par de los hombres; mujeres que daban a luz a sus hijos en los pueblos donde se encontraban vendiendo o arreglando un trillo.
Después de la primera parte, el libro se divide en ‘Cinco Casas’, las cinco en las que la escritora vivió hasta los 20 años. En la primera vio a los hombres de su pueblo trabajar como en la Edad de Piedra, con una piedra de sílex en la mano, arrancando los trozos adecuados al destino que fueran a darle, sentados al abrigo de sus portadas, que los resguardaban del viento o de la nieve. Aquella niña vio construir los trillos y salió a venderlos y arreglarlos con sus padres en los primeros años de su vida.
El que al padre de Corona Zamarro le faltara la mano derecha ella lo veía normal, porque ya le faltaba cuando nació. La perdió en la guerra, a causa de un obús. La familia aumentó rápidamente, cinco hijos en siete años. Vivían con su abuela, que se quedaba con algunos niños para que los padres pudieran salir con los trillos en el buen tiempo. Como tantas otras mujeres, la abuela Feliciana cuidó de sus nietos hasta los 80 años, justo hasta que murió.
Con cinco niños tan pequeños, la mayor de siete años, los padres no podían salir con un carro y un burro por los caminos. Pero el padre, por su condición de caballero mutilado de guerra por la patria, podía conseguir una portería en Madrid. La portería fue la segunda casa donde vivió la autora. Pero vivió en cinco casas hasta los veinte años, con cambios muy significativos en su vida, llenos de contrastes, en circunstancias traumáticas a veces.
La vida es una interpretación de la vida. Los hermanos de Corona Zamarro contarían una historia diferente a la suya, aunque con los mismos hechos externos, las mismas fechas de los traslados, los mismos lugares. Pero no es lo mismo ser la mayor de cinco hermanos, como ella, cargada de obligaciones desde pequeña, desde demasiado pequeña, al ser considerada responsable, que la hermana tercera, traviesa y distraída. No es lo mismo ser chico que chica, y menos entonces. No se viven las cosas de la misma manera. Tampoco es lo mismo la adaptación a Madrid de los niños que la de los padres. Y el padre no se adaptaba. Era un hombre de bar, un ser absolutamente libre, irresponsable, que no aceptaba obligaciones ni horarios, un hombre inmaduro y feliz.
A lo largo del libro se mezcla lo difícil con lo amable, la normalidad con lo extraño y hasta con el humor, las cualidades de las personas con los defectos y egoísmos. La autora encontró también personas generosas y afectuosas que la ayudaron en los momentos duros del camino, que pagaron sus estudios.
Todo el proceso está ilustrado con 127 fotos de la época, en blanco y negro. El tono de la narración es amable, con la comprensión y la distancia que dan los años.
