Panorámica del cerro del Tormejón poco antes de iniciar la subida al promontorio. Jorge Esteban Molina.
Panorámica del cerro del Tormejón poco antes de iniciar la subida al promontorio. Jorge Esteban Molina.

Nos encontramos en la antesala de las vacaciones de Semana Santa, unos días que para muchos vienen a significar un alto en la rutina diaria y la recarga de pilas de cara a un verano que a estas alturas del año todavía se antoja lejano. Sobra decir que hasta hace dos años, este breve periplo de asueto constituía el marco tradicional para la celebración de procesiones en la mayor parte de los pueblos y ciudades de nuestra geografía amén de servir de justificación para una escapada de varios días, tanto hacia la costa como hacia destinos de turismo interior, todo ello con permiso del clima, imprevisible a comienzos de la primavera.

La situación sociosanitaria inducida por el COVID-19 ha llevado a que en este año, aunque sin llegar a las circunstancias de confinamiento severo vividas en el anterior, continúe siendo imposible llevar a cabo la mayor parte de las celebraciones religiosas y que las actividades de ocio antes citadas sean limitadas y en absoluto programadas para largas distancias. No en vano, sigue vigente toda una panoplia de restricciones destinadas a la contención de la pandemia, de manera que nuestros movimientos no esenciales quedan limitados al ámbito autonómico.

Afortunadamente, disponemos de la comunidad autónoma más extensa de todo el territorio nacional, con nueve provincias y una superficie que supera de largo los 94.000 km2, mayor incluso en extensión que nuestro vecino Portugal. Huelga decir que Castilla y León atesora un abundante patrimonio histórico-artístico y una gran variedad paisajística que tiene su reflejo en una extensa red de espacios naturales, sin perjuicio de una rica y sugerente gastronomía. En suma, pese a las limitaciones, tenemos la suerte de residir en un auténtico museo, en parte al aire libre, que en esta época del año ofrece al viajero un variado abanico de posibilidades de cara al disfrute y el esparcimiento, por supuesto respetando las correspondientes indicaciones en materia de higiene y distanciamiento social.

Teniendo en cuenta estas consideraciones previas, a través de esta colaboración traigo a colación una interesante propuesta de arqueoturismo, idónea para llevar a la práctica durante esta Semana Santa por el viajero de cercanías en el que todos nos hemos convertido por mor de las circunstancias. Esta propuesta se circunscribe incluso a un ámbito aún más reducido, al localizarse en el propio territorio segoviano. Ni que decir tiene que la provincia de Segovia, con la capital a la cabeza, es un verdadero referente del turismo de interior por ventajas competitivas similares a las ya apuntadas para el ámbito autonómico, lo que permite proporcionar a nuestros visitantes una experiencia altamente satisfactoria, hasta el punto de convertir a una gran mayoría de ellos en turistas recurrentes.

Dicho esto, la propuesta en cuestión, si bien tiene al patrimonio arqueológico como hilo conductor, no desprecia en absoluto el argumento paisajístico, e incluso me atrevería a decir que tampoco el geológico. Se sitúa en concreto en el valle medio del Eresma, en plena campiña segoviana y a escasos 35 km de la capital. Allí es donde se erigen tres cerros ciertamente elevados sobre la planicie circundante, conformando un triángulo casi perfecto en el que los caprichos de la geología y la historia han dejado su impronta de una forma más que patente. El acceso a esta zona, independientemente del origen del viajero, se puede realizar fácilmente tanto desde la autovía A-601 como desde la carretera autonómica CL-605, conocida como carretera de Arévalo.

En primer lugar me voy a referir al cerro de San Isidro, siguiendo para ello un criterio cronológico en función de la antigüedad de sus primeras manifestaciones históricas. El cerro se localiza en la localidad de Domingo García, a escasos 40 km de la capital provincial. La visita a este paraje es libre y gratuita, pudiendo acceder a él tras pasar el desvío hacia Domingo García desde la carretera SG-P-3411 que une Santa María la Real de Nieva y Bernardos.

Nos encontramos ante un afloramiento de pizarra y cuarcita que emerge de la planicie de manera impetuosa, conformado por la Cuesta Grande y el propio cerro de San Isidro. Los materiales metamórficos del cerro, especialmente la pizarra, han servido a lo largo de la historia de soporte para la representación de grabados que van desde el Paleolítico hasta época contemporánea, grabados que la disciplina arqueológica denomina petroglifos. Del amplio muestrario presente en San Isidro, quizá el conjunto más interesante sea el perteneciente al Paleolítico Superior, que conforma una de las mejores manifestaciones de arte prehistórico en la provincia. Mediante la técnica del piqueteado allí aparecen representadas escenas de caza, con figuras humanas esquemáticas además de especies ya presentes en la fauna del Paleolítico Superior, como équidos y cérvidos.

Junto con los petroglifos, el cerro de San Isidro cuenta con una pequeña muestra de arquitectura medieval, la ermita románica homónima, situada en lugar privilegiado a modo de vigía de excepción. El edificio se encuentra hoy día totalmente en ruinas y muy afectado por la erosión eólica, un deterioro que, sin embargo, permite examinar con detalle su peculiar aparejo constructivo a base de lajas de pizarra y esquisto. En torno a su perímetro exterior se dispone además una necrópolis conformada por sepulturas antropomorfas de diversos tamaños talladas en la propia roca.

Otro enclave de gran valor geológico y arqueológico en esta zona es el cerro del Tormejón o de la Virgen del Tormejón, en el término municipal de Armuña, donde nuevamente nos encontramos con el binomio cerro-ermita. Para llegar al cerro se puede utilizar la vía verde del valle del Eresma, que aprovecha el trazado de la antigua vía ferroviaria Segovia-Medina del Campo. En este caso el tramo de acceso da comienzo en el antiguo apeadero de Armuña, junto a la carretera SG-V-3311 que une esta localidad y Bernardos.

En las inmediaciones del cerro, poco antes de iniciar la ascensión, ya nos topamos con el arroyo del Tormejón, curso fluvial que da nombre a este promontorio de calizas y margas además de ser el causante del modelado de los cortados de sus caras occidental y meridional. En este caso nos encontramos con un cerro amesetado con una marcada basculación hacia el sureste. Si bien hoy día su superficie es un baldío, hasta mediados del siglo XX fue objeto de aterrazamientos por mor de su aprovechamiento como tierra de cultivo. De hecho, todavía es visible sobre el terreno calizo la impronta de esta práctica agrícola y lo es aún más en fotografía aérea.

Desde el punto de vista arqueológico el cerro cuenta con vestigios correspondientes a varias fases de ocupación. Los más antiguos se remontan a la Edad del Bronce, si bien los periodos mejor representados son el celtibérico, con abundantes restos de la conocida cerámica a torno pintada y, sobre todo, el tardoantiguo, que también ha proporcionado evidencias en forma de cerámica, especialmente estampillada, hasta el punto de constituir este yacimiento un auténtico referente de esta tipología, en lo que algunos autores han denominado el ‘horizonte Segovia’. Es en esta época tardoantigua, entre los siglos V-VI, cuando al parecer la ocupación del cerro alcanzó su mayor extensión. De hecho, en la zona oriental se advierte una larga hilera de material pétreo, ciertamente desvencijado, que tiene los visos de haber conformado su perímetro amurallado por una zona que, por otra parte, es la de más fácil acceso y menos defendible del cerro.

El yacimiento ha sido objeto de excavaciones arqueológicas en dos ocasiones. La primera se llevó a cabo en 1977, dirigida por Francisco Gozalo Viejo. La segunda afortunadamente se ha ido desarrollando en sendas campañas en los dos últimos años bajo la dirección de Raúl Martín Vela, dentro de su encomiable proyecto Eresma Arqueológico, una intervención que cuenta además con la colaboración del propio Gozalo Viejo en base a su acreditado conocimiento arqueológico del enclave.

Finalmente, el tercer cerro, y no por ello menos interesante, es el denominado cerro del Castillo o de la Virgen del Castillo, en el término municipal de Bernardos, donde nuevamente nos encontramos con la consabida asociación cerro-ermita. Aunque el acceso se realiza a través de un camino terrero, resulta más sencillo de lo esperado, ya que dicho camino se encuentra en un aceptable estado de conservación y además constituye la continuación recta y natural hacia las afueras de la calle Castillo, con inicio en la propia plaza Mayor de Bernardos.

Tras 3 km de recorrido se llega al cerro, que se erige majestuoso casi al pie del Eresma, curso fluvial que a su paso corta y serpentea el macizo pizarroso conformando un espectacular valle. El material que constituye esta forma de relieve, fundamentalmente pizarra, ha sido desde hace siglos objeto de extracción en las canteras de la localidad, revelándose aún como un sector clave en el tejido económico local. Desde la cima algo amesetada del cerro se dispone de unas esplendidas vistas panorámicas de buena parte la provincia, evidenciando así su variedad paisajística. Así, al norte se divisa la mancha verde continua que caracteriza a la cercana Tierra de Pinares, al este el espectacular valle que genera el Eresma al cortar del macizo pizarroso, y al sur y oeste la amplia extensión hacia el horizonte de la campiña segoviana, con la Sierra de Guadarrama como telón de fondo.

En la cima del cerro también se encuentra la ermita que le da nombre, cuya imagen mariana es objeto de gran devoción popular en Bernardos. Cada diez años, en una periodicidad que se remonta a 1940, la localidad celebra la Subida de la Virgen del Castillo, en un ritual que da comienzo el domingo de Pentecostés con la subida de la imagen a la ermita, seguida de una larga procesión el martes siguiente (la de 2010 duró casi veinte horas) en la que la Virgen hace el recorrido inverso hacia la iglesia parroquial. El pasado año esta arraigada tradición tuvo que ser suspendida por primera vez a causa de la pandemia.

Pero si por algo destaca del cerro de la Virgen del Castillo para el viajero es por sus vestigios arqueológicos. A partir de varias actuaciones loables, aunque más esporádicas de lo que hubiera sido deseable, se han podido establecer varias secuencias de ocupación, especialmente concentradas durante la Antigüedad Tardía y la Alta Edad Media. Las evidencias más tempranas en el cerro se remontan a comienzos del siglo V, coincidiendo con una etapa de inestabilidad surgida a partir del declive de la administración romana en Hispania, una etapa especialmente convulsa que llevó al abandono de las villae del entorno por parte de sus ricos propietarios y a la concentración de la población en lugares de altura bien defendibles, en una dinámica similar a la detectada en el Cerro del Tormejón. Es en este periodo cuando se levanta a base de grandes lajas de pizarra el recinto amurallado que corona el cerro, visible en un buen trecho en la actualidad gracias a los trabajos de restitución arqueológica.

La ocupación debió mantenerse durante el periodo visigodo hasta la dominación árabe. Ya en la Alta Edad Media se tiene constancia de un nuevo uso durante el periodo emiral (entre finales del siglo VIII y comienzos del X) a tenor de los restos cerámicos hallados. En ese momento el cerro debió ser reaprovechado debido a su carácter defensivo posiblemente por una pequeña guarnición musulmana.

Y hasta aquí la parte que a mí me toca a través de esta colaboración que gentilmente me ha brindado El Adelantado de Segovia, que no es otra que exponer a través de unas breves pinceladas los atractivos presentes en esta zona de provincia, en la que por otra parte este geógrafo e historiador no tiene ascendencia alguna. La otra le corresponde al viajero, esta vez más que nunca ‘de cercanías’, quien como partícipe (si lo desea) de una visita de hondo contenido cultural y paisajístico, y en unos días tan propicios (espero) como los que se nos avecinan, debe ser plenamente consciente de hallarse en tres enclaves dotados de una magia especial, en los que la Historia más que contarse se masca en el ambiente.


(*) Licenciado en Geografía e Historia, Diploma de Estudios Avanzados en Arqueología y autor del libro ‘La villa romana y la necrópolis visigoda de Santa Lucía, Aguilafuente (Segovia). Nuevas aportaciones para su estudio’.