Carlos del Junco, en su alternativa en Boceguillas, junto a Joaquín Bernadó. / P.P.
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El destino, aunque a veces también se equivoca, es caprichoso. Se entrecruza en los albores del pasado. Como el efímero recuerdo que no regresa a la realidad o la distancia que no se posa en la rama por miedo a volver. El olvido se cierne en las agujas del reloj y nadie tropieza por accidente ni por casualidad. Los pasos del 2.0 pasan -que no caminan- ajenos al mundo que dio nacer, e incluso dan la espalda a lo que un día fue esta sociedad. Ganadera y agrícola. El bastión de lo que somos y de la evolución, al que ahora se tapan méritos. Los tiempos van cambiando y lo que antes era vivir en familia y con el grupo de amigos, ahora son prisas, autofotos, gimnasio y trap. Una forma de subsistencia urbana que se aleja de la coyuntura tangible. De la empatía y de la sensibilidad.

La principal seña de identidad de España viene de la mano de la tauromaquia. Un patrimonio precisamente lanceado por ser costumbre y tradición de un país que diseca su pasado. A pesar de que no corren los momentos más lúcidos para estos espectáculos, a día de hoy, no sobreviven sino viven. No resisten sino mantienen la entidad de un pueblo. Y es ahí, en los recónditos lugares de la orografía nacional, donde los festejos taurinos cubren la necesidad de sus paisanos. El ver su oficio representado en los días grandes de su municipio es la honra al linaje familiar. El tributo a las generaciones que dieron paso a la actual. La herencia.

Los rincones de la provincia segoviana están plagados de historia taurina. Actualmente son pocas las localidades que acogen festejos mayores, pero un nutrido número de poblaciones siguen celebrando encierros, capeas y sueltas de reses. Otras, en cambio, no lograron mantener el arraigo o simplemente dejaron al olvido que olvidara. Un ejemplo es la villa de Boceguillas que, tras un carrusel de años poniendo en liza el valor de los toros, ya lleva 25 años huérfana de pitón.

Casualidades de la vida o del destino, el último festival que acogió esta plaza, el 1 de octubre de 1994, contó con un por entonces joven Manuel Jesús ‘El Cid’ (Salteras, 1974), que justo este mes se despide de los ruedos. Hoy lo hará de Madrid y la próxima semana pondrá punto final a su carrera en Zaragoza. Un adiós y una efeméride. En la tarde en la que el olor a toro se marchitó por el arroyo Seco, compartió cartel con Joaquín Díaz ‘Cuqui de Utrera’, Óscar Roberto Yangüez ‘El Millonario’ y Víctor Manuel Farelo, con novillos de Fernando Peña Catalán.

A lo largo de los años, por el coso pilongo pasaron diestros como el recordado José Cubero ‘Yiyo’ en 1978, acompañado por Lucio Sandín y Julián Maestro en la denominada terna de ‘los príncipes del toreo’. Entre las peculiaridades de este escenario, la retina guarda una esperpéntica alternativa, que traspasó los límites de lo imaginable. Fue en 1989 cuando el colombiano Carlos del Junco cayó en Boceguillas para cumplimentar el salto al escalafón superior, sin todavía estar vigente -lógicamente- el actual reglamento de espectáculos taurinos, publicado en el BOE el 2 de marzo de 1996, en su artículo 4 en el que se determina que “para adquirir la categoría de matador de toros, el interesado habrá de acreditar su intervención en 25 novilladas picadas”.

Para la ceremonia tomó labores de padrino el torero español que más paseíllos trenzó en Barcelona (243) y en México (155), Joaquín Bernadó, en una tarde en la que también comparecieron los rejoneadores Rafael Sañudo y Vicente Magro. Sin embargo, la cita de gala se convirtió en una pesadilla que pasaron despiertos. El primer toro, del hierro de Hipólito Díaz, sembró el pánico y lesionó a todos los actuantes y a los integrantes de las cuadrillas, menos a uno. Finalmente el astado tuvo que ser devuelto a los corrales con las dificultades que ello supuso.

Momentos más agradables entrañan aquellas becerradas en las que los protagonistas eran los vecinos de la villa. Con las fiestas del Rosario como pasarela, daba igual las condiciones climatológicas que sacudían al mes de octubre. Así reza el cartel de 1977, en el que evidencia las ganas de la celebración de este tipo de festejo frente a cualquier adversidad, anunciando de forma clara: “Aunque el tiempo lo impida”. Entonces el frío y la lluvia no necesitaban filtros. Se cumplen 25 años de recuerdos, que archivan aquellas personas que lo vivieron. Y es que recordar es vivir dos veces. Hemeroteca e historia de Boceguillas.